La democracia humillada

Fernando Santiago Muñoz | 2 de septiembre de 2011

Como dice Iñaki Gabilondo. Aunque todas las normas del articulismo aconsejan lo contrario, empezaré con una obviedad: en democracia las formas son importantes. No se pueden despreciar los procedimientos porque estaría saltando por los aires el propio sistema. Por eso creo que la reforma constitucional no ha podido hacerse de peor manera: en una semana del mes de agosto, negociada de madrugada y obligada a tragar a los propios diputados como si fuera aceite de ricino. Es cierto que la Constitución no obliga a someterla a referéndum pero no es menos cierto que si los partidos políticos quieren que los ciudadanos sintamos la Constitución como si fuera nuestra, tienen que darnos la oportunidad de expresarnos. Ya no se podrá decir esa majadería que repiten los políticos simples, “la Constitución que nos hemos dado”. Se la han dado ellos. Nos han robado el debate para regalarle a “los mercados” una ofrenda que no servirá más allá de dos o tres semanas en la prima de riesgo. Y mira que estoy seguro de que si hubiera referéndum hubieran ganado los dos partidos mayoritarios. De hecho, yo mismo, sin ir más lejos, he perdido los dos en los que he defendido una postura (el 28-F y el de la OTAN), lo cual no quita que una decisión de tal calibre tenía que haberse adoptado por referéndum. Decía Rubalcaba, el día de su presentación, que tenían que hacer “lo que nos piden”, es decir, la reforma de la política que pedía el movimiento del 15-M. También dijo que tenían que hacer “lo nuestro, la igualdad”. Pues que alguien me diga ahora cómo se garantiza la igualdad si ya se fija en la Constitución un criterio político que antepone el ajuste de las cuentas públicas a la política social.

Porque este es el fondo de la cuestión: se ha trasladado a la Constitución una determinada manera de hacer política que defiende la derecha europea. Es como si los que somos ateos quisiéramos que así lo dijera la Constitución. Lo normal es que se haga una norma para todos y lo más que se pudiera pedir es la neutralidad de la Constitución frente a la religión. Con respecto a la política económica es lo mismo. Si el PP y el PSOE defienden una determinada política fiscal, pues que lo lleven a las leyes ordinarias y allí se establezca para que el día que una mayoría de españoles quieran otra política tan sólo haya que reformar una ley. Ahora nos hemos declarado fanáticos de la religión de los mercados (como cantaba la chirigota ‘Las Vocales’, “mi niño sólo hace caso a los mercados”) y lo hemos consagrado para siempre.

Ya la Constitución no es de todos, sino de unos pocos que creen que la política la hacen entre dos a los que el Nobel de Economía Paul Krugman llama “fanáticos del dolor”: que sufra la gente, que es por su bien. El PSOE no puede ahora escandalizarse porque Esperanza Aguirre o María Dolores de Cospedal hagan recortes en Educación. Lo hacen por nuestro bien y además está consagrado en la Constitución, como ellas mismas han dicho.

¿Qué se creían, que el nuevo artículo 135 no significa que para equilibrar las cuentas hay que recortar? No conviene llamarse a engaño. Nos vamos a pique, como el Vapor.

Con la venia


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