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La memoria de las derrotas. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 10 de febrero de 2014

La frase de Albert Camus ha sido citada muchas veces: «Lo que sé con mayor certeza sobre la moralidad y el deber del hombre se lo debo al deporte, y lo aprendí en el Racing Universitaire de Argelia». Hay quien piensa que Camus fue un gran portero de fútbol, pero solo jugó como juvenil en un oscuro equipo argelino y tuvo que dejarlo a causa de la tuberculosis. La frase, por otra parte, pertenece a un breve artículo que el escritor francés envió a una revista deportiva hecha por estudiantes. Resulta más que probable que el nazismo, la guerra, el colaboracionismo y el estalinismo proporcionaran a Camus una educación ética (por la vía de los ejemplos negativos) más amplia y compleja que la recibida en el fútbol. Pero es cierto que el fútbol puede enseñar cosas importantes. Cosas como la solidaridad, el juego limpio, la elegancia en la victoria y la dignidad en la derrota. Con eso se puede ser una persona decente.

Sobrellevar la derrota colectiva es relativamente fácil. Ocurre que las derrotas también son a veces individuales. El fútbol profesional posee una memoria absoluta y guarda para siempre los peores estropicios cometidos por un jugador. Cardeñosa, un gran interior zurdo que destacó en el Betis de los años 70, vale como ejemplo. Será siempre recordado por aquel gol contra Brasil en el Mundial de 1978; un gol que no marcó, pese a tener la portería libre. Más que los jugadores de campo, suelen ser los porteros quienes cargan con el lado más oscuro de la memoria: nadie escribiría un artículo sobre Arconada sin citar su fallo en la final de la Eurocopa’84. Y no se puede hablar de Gary Bailey sin hacer referencia a su mayor logro personal, que coincidió con una de sus jornadas más negras.

Bailey, sudafricano, ocupó durante muchas temporadas la portería del Manchester United. El 1 de marzo de 1980, con sólo 21 años, paró tres penaltis. No correspondían a una tanda de desempate, donde los nervios dan cierta ventaja al guardameta, sino al propio partido. Y en ningún caso el balón fue fuera. Los tres (cuatro, en realidad, porque uno se repitió) fueron lanzados a su izquierda, y los tres los detuvo. Gary Bailey, hoy comentarista televisivo, procura no recordar aquella hazaña, porque el partido en cuestión, contra el Ipswich Town, concluyó con una de las peores derrotas sufridas por el Manchester: 6-0. Bailey, aquel día, sólo paró los penaltis.

Y no se puede merodear por la memoria oscura sin que aparezca el pobre Moacir Barbosa, el mejor portero de su época. Barbosa defendía la meta brasileña el día del Maracanazo, la inesperada derrota de Brasil frente a Uruguay en la final del Mundial de 1950. Aunque no tuvo mucha culpa en el primer gol y se dejó engañar en el segundo, jamás fue perdonado. Más de tres décadas después, Barbosa quiso visitar a la selección brasileña que se preparaba para el Mundial de 1994. No le dejaron pasar porque se le consideraba gafe.

Daniel Aranzubia es ya muy veterano. Es posible que la edad y la experiencia le ayuden a sobrellevar el desastre del sábado. La derrota del Atlético hay que atribuirla al equipo entero, pero Aranzubia bajó casi hasta el infierno: se tragó los dos goles y le expulsaron. Aranzubia puede consolarse pensando en el pobre Barbosa. O en el árbitro, que logró hacerlo aún peor que él.

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