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El Manzanares desemboca en Lisboa

Fernando Santiago Muñoz | 22 de abril de 2014

1ff11cc7b571764366ed07b7d42b8a42BlwvegeIYAADDnp.jpg_largeBlwwC-OIYAAKArh.jpg_largeBlwwVUsIIAAwku4.jpg_largeEL AÑO DE KATSCHE. POR ENRIC GONZÁLEZ

El gran año de Georg Schwarzenbeck, llamado Katsche, fue 1974. Por aquel gol, el famoso zapatazo de último minuto que empató la final y forzó (no se usaban los penaltis entonces) un segundo partido. Aquel gol absurdo, marcado casi desde casa, que condenó al Atlético. El gol cambió la vida de Katsche y la de miles de aficionados rojiblancos. La oportunidad del desquite aparece tan puntual, tan redonda, 40 años después, que resulta difícil imaginar una final en Lisboa que no sea Bayern-Atlético.

Vayamos con Katsche Schwarzenbeck. Era un central alto y cargado de hombros, con una de esas narices grandes y rotas que caracterizan al boxeador sufrido. Nació en Múnich, jugó en el Bayern desde juvenil y se retiró en el Bayern: un auténtico producto de la cantera. Pero nunca fue un futbolista excepcional. Su fortuna consistió en ganarse la amistad del ‘Kaiser’ Beckenbauer, que a principios de los 70 ya había abandonado el centro del campo y retrocedido a la posición de defensa libre. Quizá Beckenbauer no fuera realmente su amigo, pero valoraba su fidelidad absoluta: Katsche miraba al jefe casi más que al balón, cubría sus espaldas y, como marcador, asumía los fallos de la defensa. Cada vez que se criticaba a Katsche, el Kaiser fruncía el ceño y la discusión quedaba cerrada. El gol imposible contra el Atlético le aportó un plus de prestigio que su protector utilizó a fondo para que Katsche fuera incluido en la selección alemana que iba a disputar el Mundial, en territorio propio, pocas semanas después de la final de la Copa de Europa.

Helmut Schoen, el seleccionador, no era quien decidía las alineaciones y las tácticas del equipo. Eso era cosa de Beckenbauer, que por talento, historial y carácter (su arrogancia y su testarudez eran y son material para un ensayo psicológico) desempeñaba el mando de forma casi natural. A pesar de ello, Schoen no capituló en lo referente al central: tenía que ser Hans-Dieter Hötgess, el contundente marcador del Werder Bremen al que apodaban Eisenfuss, pie de hierro. Curiosamente, el Kaiser simuló ceder. Y Hötgess jugó hasta el rarísimo partido que enfrentó en Hamburgo a las dos Alemanias, la RFA y la RDA. Se ha especulado en múltiples ocasiones con la tesis de que la RFA se dejó ganar, para que el emparejamiento con la temida Holanda de Cruyff no se produjera hasta la final. El caso es que aquel partido condenó a Hötgess y a Netzer, los dos futbolistas a quienes Beckenbauer quería en el banquillo o, en el caso de su enemigo Netzer, mejor en la grada. En la segunda fase, el centrocampista de referencia fue Overath y el escudero del Kaiser, Schwarzenbeck.

Katsche fue ese año, 1974, campeón de Alemania, de Europa y del mundo.

Luis Aragonés y los suyos se quedaron a un paso de la Liga y a menos de un paso, a unos dedos, de la Copa de Europa.

Evidentemente, el Real Madrid hará lo posible por ganar al Bayern. Y puede conseguirlo. Al Atlético de Madrid no debería serle nada fácil dejar en la cuneta al Chelsea de Mourinho, previsible pero peligroso. Falta mucho para Lisboa. Esta historia, sin embargo, no puede tener un mejor final que un Bayern-Atlético. Lo exigen el guión, la memoria y la justicia. Y Katsche ha de estar en la tribuna para verlo.

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