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La tierra de la grasssia. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 9 de mayo de 2014

Albero, sudor, farolillos, moscas, boñigas de caballo, incienso. La primavera es la  peor estación del año en Andalucía. El folklorismo sevillí elevado a la enésima potencia. Vamos de Semana Santa a feria pasando por los toros y las romerías de turno al ritmo del tamboril, la flauta, la guitarra y  “España cañí” “donde las moscas abrevarán sangre bajo el flamear de la bandera española” que escribió Manuel Vicent. Un rasgueo de guitarra, unas palmas, una banda de cornetas y tambores al son de “La Madrugá”, una orquesta tocando “El gato montés”. Duquesas, toreros, gente de chaqueta y corbata con su pasador y su brillantina bajo el polvo del albero. Al final vamos a desear que llegue el verano porque aunque es tiempo de playas al menos no nos dan la brasa con la Tierra de María Santísima. Lo único que nos faltaba es una presidenta folklórica con traje de gitana, rociera, aficionada a los toros, bética  y amante de la Semana Santa. La repanocha. Para que alguien quiera vender Andalucía a las empresas del Ibex 35 con un clavel reventón en la melena.

Nos quedó por un tiempo el refugio gaditano, esa satisfacción de que Cádiz era algo aparte y distinto en Andalucía, una isla ajena a las costumbre folklóricas andaluzas ,una ciudad sin aristócratas ni casetas ni sevillanas ni toros ni rocieros. Donde nadie osaba ponerse un traje de gitana (lo que los finos llaman faralaes) ni se le ocurría algo tan grosero como atravesar el Coto de Doñana en medio del calor y las moscas. Cádiz no tiene aún plaza de toros pero tiene Hermandad del Rocío para nuestro oprobio y los gaditanos llenan las ferias de la Baja Andalucía como si fueran vendedores de turrón.

Termina uno extenuado de ver en televisión lo graciosos y los simpáticos que somos, cómo nos gusta la buena vida y el barroco. Luego nos quejamos de la imagen que damos en España  cuando algún dirigente político madrileño o catalán dice cualquier topicazo sobre Andalucía si somos nosotros  mismos los que promovemos el paradigma. Tenemos lo que nos merecemos, la imagen de indolentes y festeros que vivimos del esfuerzo del Norte de España mientras gastamos nuestro dinero en rebujito. Un millón de parados es poco. Ni Cádiz ya es Cádiz ni Andalucía tiene futuro mientras sigamos con los botos de Valverde y el mantón de Manila. Una verdadera desgracia. Qué tiempos aquellos en que Cádiz era una ciudad cosmopolita.

Fernando Santiago


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