Para olvidadizos

Fernando Santiago Muñoz | 16 de mayo de 2018

  • Alba Molina

    NO ESTAMOS PARA BROMAS
    LAS MUJERES ANDALUZAS
    _

    Hemos protagonizado, sólo en los
    últimos meses, demasiados titulares en
    los medios de comunicación que lo atestiguan:
    episodios de ataques a profesoras en El Ejido,
    en Guadahortuna, en Lebrija, en Barbate, en
    Algeciras, en la Rinconada… Desde el caso de
    otro coche incendiado hasta el de un profesor
    retenido en el aula por sus alumnos antes de ser
    atizado con un tarugo de madera en la cabeza.
    Sin embargo, son muy pocos los casos que saltan
    a las páginas de los periódicos y muchísimos
    los que quedan silenciados por la vergüenza,
    la humillación, la soledad absoluta en que se
    encuentran las víctimas y, lo que resulta más
    indignante, el mirar hacia otro lado tanto del
    sumiso cuerpo zombi de inspectores como de
    las Delegaciones Territoriales y nuestra inefable
    Consejería de Educación. No hay una sola
    voz en toda la administración andaluza, ni un
    solo politiquillo, ni un comisario político, ni un
    liberado total de la tiza apesebrado – que sí,
    que son representantes del Régimen -, ni un
    correveidile de Canal Sur, que no se apresure a
    repetir, cuando a un profesor le parten la crisma,
    el consabido mantra institucional: “se trata de
    hechos puntuales”. Y con estas mágicas palabras,
    el Susanato constata nuestra paz y celebra feliz
    su gloria.

    ¿Será que exageramos las profesoras? Pues
    no parece. Faltarían periódicos para publicar
    los casos de ruedas pinchadas, rayones en los
    coches, insultos de niñatos malcriados, presiones
    humillantes de padres de niñatos malcriados,
    llamadas telefónicas ofensivas a domicilios
    particulares, amenazas, empujones, gritos
    salpicantes a la cara, linchamientos en grupos
    de WhatsApp, lanzamientos acertadísimos de
    bolas de papel, libros, mochilas, piedras, mesas,
    tarugos, escupitajos y actitudes, individuales o
    en grupo, orquestadas para reventar las clases y
    ningunear al profesor. Una violencia descomunal
    instaurada en nuestras aulas.
    ¿Podría ser peor? Lo es. esta espiral
    de barbarie AFECTA SOBRE TODO a las profesoras. Sí, a las mujeres. Y EN LA ESCUELA PUBLICA.

    B2 Consultores Marketing Estratégico, destapa una realidad hasta ahora, oculta; aterradora. El tratamiento profesional de
    los datos obtenidos a través de una encuesta
    entre el profesorado, con una muestra muy
    representativa de los docentes de Andalucía,
    desvela que 9 de cada 10 profesores varones
    encuestados tiene constancia de alguna
    agresión a alguna compañera. Y que el 84% de
    las profesoras encuestadas ha experimentado
    personalmente alguna agresión. El 20% de ellas
    verbal y física simultáneamente.

    _

    O sea, de entre todos los encuestados – hombres
    y mujeres -, nueve de cada diez han tenido
    conocimiento de agresiones a profesoras en el
    ejercicio de la docencia y también son – casi –
    nueve de cada diez las profesoras participantes
    en esta encuesta que reconocen haberlas
    padecido directamente. Una proporción que
    convierte esta modalidad de la “violencia de
    género”, entiéndase contra las mujeres, en algo
    intrínseco al ejercicio de su profesión para las
    profesoras.
    _

    Lo más triste de todo, la vergüenza más
    absoluta para esta administración podrida de
    tanta prebenda para sus acólitos y tantísima
    propaganda masturbatoria, es que todo su
    interés consista en negar la realidad. En presionar
    a las directivas de los centros para ocultar las
    agresiones, en amenazar veladamente a las
    víctimas si manifiestan su propósito de denunciar
    ante la Policía o la Guardia Civil la vulneración de
    sus derechos civiles; su integridad moral y física.
    Lo más repugnante de todo es que esta Junta de
    Andalucía sea culpable por omisión de su deber y
    por interés electoral – ya saben, todo funciona de
    cine en la California imparable del sur de Europa
    -, de consentir la violencia sistemática contra las
    mujeres entre su funcionariado.
    Temor, impotencia, falta de confianza,
    desmotivación, miedo, frustración, estrés,
    depresión, humillación, agotamiento nervioso,
    ansiedad, culpabilidad, desamparo, disminución
    de la autoestima, pérdida de autoridad, sensación
    de desprotección, resignación, angustia vital,
    rabia, desmoralización, desencanto, insomnio,
    inseguridad, tristeza, pesadillas, deseos de
    abandonar la enseñanza, somatización del
    malestar, irascibilidad, angustia, burnout,
    ganas de llorar, decepción y apatía laborales,
    situaciones de fobia… son el variadísimo elenco
    de términos empleados por las encuestadas.


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