Frankenstein. Por Julio Malo

Fernando Santiago Muñoz | 16 de marzo de 2019

FRANKI%20artículoConocía a Yayo Herrero a través de sus agudos textos críticos sobre ecología y feminismo. No le costó mucho a un amigo convencerme para asistir a una conferencia de esta antropóloga, que fue coordinadora estatal de Ecologistas en Acción. El acto tuvo lugar el pasado lunes día 11 de marzo, en la Facultad de Ciencias Económicas de Cádiz, instalada en el antiguo Hospital Mora, un edificio noucentista del arquitecto francés Lucien Vicent (1903) acertadamente rehabilitado por Rafael Otero para su uso docente. El título de la intervención “Frankenstein y los monstruos del desamor” sugería  una lección de literatura, la reputada profesora explicó la crisis económica y la crisis ecológica como el monstruo generado por un sistema político global en el cual la producción y los beneficios que genera prevalecen sobre las necesidades y los derechos de las personas, estableciendo  una inteligente relación con la novela “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley, según su primera versión de 1818, en la cual se relatan los experimentos del científico Victor Frankenstein, así como sus fracasos y las terribles consecuencias que generan, porque en palabras de Goya “el sueño de la razón produce monstruos”. El investigador intentó crear un nuevo ser vivo a partir de restos humanos, sus esfuerzos culminan en un desenlace tan portentoso como aterrador, pues su criatura presenta un aspecto monstruoso que produce repulsión y rechazo. Atemorizado le abandona, de modo que el sujeto así creado reconoce su situación de desamparo y desamor, e interioriza su propia monstruosidad, por la cual castiga a su creador. Yayo Herrero usa esta obra pionera de la ciencia ficción como metonimia de ese modelo económico monstruoso en el cual todo valor humano merece ser sacrificado para la obtención de lucro privado.

 

Mary Shelley escribió una de las obras mas geniales de la literatura universal con tan solo dieciocho años. Era mujer en la Inglaterra previctoriana y no pudo firmarla con su nombre, por eso se atribuye a su marido Percy Bysshe Shelley. En la villa de Lord Byron en Suiza, la joven autora respondió al reto que su anfitrión lanzó a sus invitados, para que cada uno escribiera un relato de terror, y así ella redacta la primera obra de un género que luego conocimos como ciencia-ficción. El consejo de su padre, “Libérate y busca tu propia voz” acompañó a esta joven criada en un ambiente familiar marcado por la pasión por los libros y la filosofía. Su madre había muerto diez días después de nacer ella, tal vez Mary Shelley traslada su sentimiento de orfandad y soledad al desvalido monstruo que crea, un personaje que ha inspirado a escritores, dramaturgos y cineastas. De entre las muchas películas dedicadas a Frankenstein destaca la de James Whale (1931), protagonizada por Boris Karloff, que se considera por los especialistas una de las mejores cintas de la historia. En 2004 el periódico New York Times la incluyó en una selección de las mil mejores películas de todos los tiempos. Mary Shelley no solo fue pionera de la ciencia ficción, también se distinguió como feminista radical.

 

Digna sucesora de Mary Shelley, Yayo Herrero, que se define como ecofeminista, interviene con frescura y brillantez en distintos foros. Así, critica la sumisión de la universidad pública española a los intereses empresariales privados, con ejemplos como las cátedras adscritas a sociedades del IBEX 25. También participa en el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático que es un ejemplo del buen hacer investigador.

  • hartodetodo

    Quizás estoy equivocado, pero a mi me da la impresión que los intereses privados a los que está sometida la Universidad Pública son los de la endogamia de los claustros y a la partitocracia que gobierna las autonomías más que a los del Ibex.
    Por cierto, hay una película reciente sobre Mary Shelley -y titulada simplemente así- que narra, entre otras cosas, el proceso de creación y publicación de su Frankenstein así como las dificultades que representaba, siendo mujer y brillante, vivir entre los dos genios más histrionicos y narcisistas de aquella época y con una protagonista, Elle Fanning, de la misma edad que Shelley cuando escribió la obra.

  • Julio Malo de Molina

    Muy acertada la recomendación de hartodetodo, excelente la película MARY SHELLEY, dirigida por Haiffa Al Mansour, estrenada el 13 de julio de 2018:
    http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-230645/?fbclid=IwAR2Tj6vxpEHvMf0K919rsqjDEUj1hs-eWNpmGbNqFWTB866hvOVrZ5W-ygU

  • Diego Gadir

    Con la venia, don Julio: interesantísimo artículo con estimulantes derivaciones. Asunto que atrapa, enreda, absorbe… Le dejo aquí algunos hilvanes tangenciales o dentro de lo “concomitante” al asunto Frankenstein, término -el entrecomillado- muy propio del tan recordado Bernardo Víctor Carande.
    Mary Shelley fue hija de la pionera autora feminista Mary Wollstonecraft y del politólogo William Godwin. Como bien dice el señor amigo de todos los hartazgos, vivió, durante unos años, absorbida por los rotundos egos de grandes poetas, los del Golfo bellísimo de las “Cinque terre”.
    Pobre Mary, ahogada por el individualismo atroz que ondea en el pecho del hombre de arte, del hombre en sí, generalmente. Afortunadamente, sus padres fueron para ella una presencia positiva en su desarrollo como escritora, limbo espiritual al que terminó regresando. En pocos años, los últimos del XVIII, su progenitor había pasado de ser sacerdote calvinista a adalid del anarquismo, inspirado en la Revolución francesa tras haberse desengañado de la monarquía. Sus postulados políticos, radicales en su día, tienen vigencia en la sociedad actual. Su “anarquismo” blandía grandes principios democráticos. Este su ideal fue la mayor inspiración para Percy Bysshe Shelley y Lord Byron.
    En el bando contrario estaba Edmund Burke, anglicano, que había fundado el Liberalismo conservador británico, y era el mayor rival del padre de Mary Shelley. Burke se declaraba enemigo acérrimo de la Revolución francesa y la falta de consideración de ésta hacia los intereses individuales. Con el tiempo, inspiraría a intelectuales como T. S. Eliot, los conocidos como Burkeans, radicales antiliberales, puritanos, detractores de la Revolución francesa aunque partidarios de la norteamericana por cuestiones de índole legal (búsquenlo que es interesantísimo, aunque no llegue al tirón de un pregón de Sabina).
    Como sabemos, Mary Shelley tuvo cuatro hijos con el poeta Percy B. Shelley, de los que solo sobrevivió el último. No fue su trecho junto a Percy una aventura de rosas, aunque una aventura, al fin y al cabo. Romántico ultramoderno y temido por los editores a causa de su polémica liberalidad, Percy chocaba con el Lord, George Gordon Byron, cuyo aristocrático linaje detestaba. Pero Byron, un hombre de buen corazón y sin ideales políticos, le perdonó todos los desaires.
    Con respecto al famoso monstruo del doctor Frankenstein -pariente del golen medieval squenazí al que da vida el rabino Judah Loew, como Dios se la dió a Adán-, parece ser una metáfora perfecta del desamor, como usted, don Julio, nos cuenta en su texto al reportarnos la conferencia de doña Yayo Herrero. En el caso del ser al que se infunde vida a partir del barro -Golem-, en la tradición judía, la criatura obedece sin chistar, pues carece de inteligencia y alma. En cambio, la metáfora de la criatura recosida está abierta a todo despropósito.
    Dando por hecho que la obra fue escrita por Mary Shelley, me gusta contrastarla con el poema más conocido de Percy B. Shelley, Ozymandias, escrito y publicado justo a la vez que el Frankenstein de Mary, allá por 1818. Bellísimo y definitorio soneto de corte político, heterodoxo en la forma, afín al espíritu rebelde e innovador de Percy. Aquí, también hay un ser en pedazos, un otro monstruo sin vida. Ozymandias, “Rey de Reyes”, fue un tirano de Egipto, el famoso Ramsés II. El cuerpo desmembrado de lo que fue su gran efigie escultórica yace esparcido en el desierto infinito. Ozymandias es la antítesis de Frankenstein. El que fuera tirano omnipotente termina descuajaringándose hasta disolverse entre los pliegues feroces del tiempo. Su estatua sufrió igual suerte en la arena del desierto. Del poderoso y su imperio, nada queda. Si al monstruo hecho de despojos se le otorga la vida, a Ozymandias, el tiempo lo unge de olvido. Es el implacable retorno de la historia que ocupó el interés de Carlos Rojas del Ampurdán y Atlanta. También Julian Schnabel lo llevó a la plasmación pictórica, en un lienzo de turpaline y cuero de 3 por 5 metros.
    En la literatura como técnica, hay agradables ejemplos de creaciones frankestéinicas que, partiendo de precedentes entumecidos o rigurosos -caso de la novela decimonónica-, una vez deshechos y recosidos los miembros estructurales y temporales, y arreglados los esquemas narrativos, otorgan vida a un nuevo ser literario: la novela moderna, inopinado reflejo de la vida misma. O el caso del poema moderno en prosa, que diluye la culpabilidad de estar haciendo belleza en base al sufrimiento.
    Los Shelley abandonaron Inglaterra en sucesivos viajes por Suiza a partir de 1814, donde Mary crearía su “moderno Prometeo”. Con Byron, viajaron a los Alpes franceses y luego a Italia, donde Percy escribiría Prometeo liberado. Hubo obvio trasvase de criaturas, según intereses gótico-románticos.
    Percy murió ahogado en 1922, al ser tragado su velero Ariel por una tormenta frente a mi querido Golfo de la Spezia, donde nadaba de costumbre, al pie de los acantilados, junto a Mary y Byron; donde se forjó, más de un siglo después, el alma poética de Eugenio Montale; donde el joven demiurgo de la pintura italiana actual, Mirko Baricchi, hace sus cuadros excelentes; donde vivió mi amigo Alberto Rolla, recolector de arte, amistad y setas. Gente que se propuso y propone maquillar el asco de la vida para hacerla más grata como, al cabo, proponía Percy en su Prometeo. También Byron.
    Desde las mismas aguas donde se ahogara Percy Shelley, partirían, más de un siglo después, los barcos cargados de judíos supervivientes de la Shoah hacia Palestina. Por ello, los israelitas bautizaron a La Spezia con el apelativo Puerta de Sion.
    Tras la muerte de Percy, con 29 años, Mary esponjó más relajadamente en su fibra creativa y renovó un posicionamiento en los antípodas del individualismo -valor masculino por antonomasia-, que se la habría atragantado viviendo junto a Percy, y reactivando sus connaturales aptitudes solidarias y empáticas.
    Es una excesiva confluencia del mercado con los intereses de estado lo que trae en jaque, también, al arte actual, debatiéndose entre la política y el mercantilismo, asunto que desmenuzaba con claridad meridiana la capacitada Elena Vozmediano en El Cultural, y en torno al cual aportaban su sabio parecer, Camps, Gomá, Marina, Savater y otros.
    ¿No es también el Arte un otro Frankenstein, con sus inmorales recosidos de lo político sobre lo banal-decorativo y viceversa, asociados aunque en permanente rechazo dentro del mismo edificio?
    Don Julio, le ruego me perdone la intromisión… Me engolfo, nunca mejor dicho.

  • Julio Malo de Molina

    Muchas gracias amigo Diego Gadir, como bien dice usted en sus primeras palabras, trato temas con estimulantes derivaciones. De entrada, la novela de Mary Shelley, que “atrapa, enreda, absorbe”, por eso Frankenstein ha dado lugar a una larga sucesión de obras excelentes, en literatura, arte y cine. Mi también buen amigo, el director de cine Manuel Iborra, reprocha que me queda tan corto. Esperaba su intervención amigo Gadir, me siento un simple presentador, y lo digo con orgullo, pues mi introducción ha servido para que, con mayor erudición, se trate un tema fascinante. Gracias de corazón, amigo Diego le espero con interés y cariño en mi próximo artículo.

  • Diego Gadir

    Al comienzo del penúltimo párrafo, apunto 1922, en vez de 1822, como año del fallecimiento de Percy Bysshe Shelley.
    En el tercer párrafo, cuando digo que, afortunadamente, Mary Shelley creció como escritora bajo la presencia positiva de sus padres, no aclaro que, en el caso de su madre, la presencia es solo de orden espírito-intelectual, pues al haber fallecido a los pocos días de nacer Mary, como usted, don Julio, apunta bien, la influencia materna se reduce al legado literario que ésta dejó, y a su obra de carácter vindicativo feminista, que atesoraba su pensamiento y sus reclamaciones sociales de género. Mary se forjó en estos yunques.
    Su humildad, don Julio, reconociéndose un mero presentador de temas, no mengua la apreciación que tenemos de su talento como articulista. Posee, además, una clara capacidad orientativa en los asuntos sociopolíticos y culturales vigentes, amén de una clara gracia expositiva muy seductora.
    A mí, la réplica a su seducción me resulta un ejercicio placentero que me permite refrescar lo aprendido y compartirlo con usted y la posible audiencia amiga.
    No creo que yo tenga legítimo derecho a invadir su territorio constantemente, pues podría llegar a resultar premioso.
    No siempre intervendré, más por razones de tiempo que de ganas. Le comparto mi satisfacción de hacerlo, cuando lo hago, y mi gratitud por la acogida que se me brinda. La efigie intangible que me he hecho de usted, por sus escritos y comentarios, posee un rasgo definido, más allá de su buena voluntad y su gentileza. Por encima de todo esto, parece haber conservado usted su juventud en modo extremadamente vivaz. Y resulta contagioso… Así lo siento. Un abrazo.


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