La tradición. Por Diego Gadir

Fernando Santiago Muñoz | 23 de abril de 2019

DC0EF294-84BC-4928-BE81-C8B2CF9C80FCLa tradición, don Fernando, parece ser el inventario de una memoria común que se hace llevadera. No todos se sienten parte de estos inventarios. Tal vez, por avatares que los dejaron fuera del acontecimiento compartido; tal vez, por una inadaptación social. O por ese extrañamiento que a tantos hombres produce la norma. Pueden incurrir factores de carácter o de educación. La influencia de la política determinaba, en mucho, la inclinación de cada cual en esta balanza. Hoy, menos.

 

Se procede a rememorar aquello que los procesos históricos han determinado justo y necesario de ser revitalizado. Las tradiciones pueden vivir muchos siglos, aunque

sufren una muda de piel afín al flujo de las sociedades que se superponen. Casi ninguna permenece intacta.

 

El mito, excepto en escasos ejemplos universales, está circunscrito a lugares concretos y a estadías históricas. La tradición antigua puede haber sido manipulada o reconvertida en su totalidad . Gracias a esto, la tradición se viste de un halo fantástico con grandes posibilidades de alentar la admiración y la fascinación. Si el momento o el hecho mítico se repite hasta la saciedad, se transforma en lugar común para la mayoría. A fuer de repetirlo, de consagrarlo, se convierte en una realidad distinta del hecho que forjó el mito. También se banaliza, muchas veces.

 

Algo así ocurre con la muerte. Los primeros pobladores del mundo forjaron la percepción del asco y la repulsión a partir del horror sentido ante el cadáver de un semejante. El olor de la muerte se hizo nauseabundo porque lo que resultaba repulsivo era morirse. Nos lo contó Bataille. Aún nadie había pensado en otra vida posible.

 

Miramos, en cambio, con aguante la pasión de Jesucristo en esos pasos que han procesionado por toda la piel de toro -el de Osborne está resistiendo cual tradición moderna-. En el caso de Cristo, no vemos la muerte en sí, la “buena muerte” de aquel Hombre. Llegar hasta ella debió ser un episodio absolutamente horrendo como describieran Juanjo Benítez en Caballo de Troya o aquellas películas hiperrrealistas de la Pasión. No vemos la muerte misma en todas esas imágenes ni en esas películas. Arrostramos el martirio, el matadero. Pero la muerte es invisible. La buena muerte no está mientras el Cristo agoniza y expira. Cuando llega la muerte, solo vemos el despojo físico que deja. Nunca se nos ha revelado el más allá de esto. Es un mito… irrepresentable. Es el no mito, pues nadie desea la muerte y nadie la mira a los ojos.

 

En el caso de mitos literarios como Nosferatu -el no muerto-, o el zombi, se han forjado en base a una estética de la enfermedad o la decadencia -harapos, guiñapos, carne lívida, ojos infernales, jirones musculares… -. No representan la muerte misma. Los ángeles creados por Rilke eran criaturas terribles del mundo invisible. De la muerte solo es posible ver representaciones extrañas de muertos redivivos. Pareciera que el que fuese capaz de superar la muerte podría resultar un extraño al revelarse a los vivos de este mundo. Mantenía, Rilke, que correríamos el riesgo de sufrir un colapso al enfrentarnos a la terrible aparición de un ángel. No creo haber visto ni un solo resucitado digno de tan excepcional proceso paranormal en la iconografía artística mundial, ni tan siquiera en manos de Velázquez o Caravaggio. Quizá el hombre no esté preparado para esta excepcionalidad.

 

La saeta, como forma musical moderna de la tradición religiosa, también abunda más en la buena muerte de Cristo que en su resurrección. La flecha -saeta- que un saetero clava en los corazones de los fieles, pretende despertarlo a una empatía con el dolor de Cristo. Todo eso que Nietzsche consideraba una gran debilidad sentimental. Mi padre Diego Gil García, canta la saeta por seguiriyas, la forma que creara Manuel Centeno hace más de un siglo, con licencias. Este Jueves Santo, cumplió religiosamente con su tradición de cantar al Nazareno de Cadíz. Suele hacerlo mano a mano con ese otro buen saetero gaditano, Manuel Benítez. En la esquina izquierda del Palillero, ambos cantaron sus saetas al Nazareno y a su madre la Virgen de los Dolores. Grandes saetas que rasgaron el velo morado de la madrugada, con sus

puntas afiladas en la piedra de la piedad y el arte -grandes virtudes humanas-. Mi padre canta siempre con su pátina caracolera y otros esplendores en la sangre, del arte de Beni y de Rancapino, de Fosforito y de Pansequito de El Puerto, sus amores hondos del cante. Su talón de aquiles son las letras. Pero siempre consigue que el cedro se estremezca. La gente le felicita al finalizar la madrugada. El Nazareno debe sentir que le miran fijamente a los ojos de cristal. Y al alma del Líbano. En Sevilla cantó infinidad de veces.

 

También en Sevilla, la madre de Rosa, María Cruces, cantaba la saeta con punta afilada y desgarro de fibra invisible. Creación portentosa; tradición de la sangre, la que abre las venas y la que mancha el paladar, en la estela de Tía Anica “La Piriñaca”. Así, cantaron y cantan, saetas, Vallejo, Chacón, La Niña de los Peines, la

De la Alfalfa, La Perla de Cádiz, Carmen de la Jara, Laura Gallego…

Son muchos los cantaores que han temido la pérdida de esta tradición, desde Mairena a El Guapo de Jerez. Muchos son los que creen que este arte sí corre verdadero peligro en ciertas zonas de España, toda vez que, en manos de los jóvenes , “la saeta está tomando otros derroteros”. La tradición puede zozobrar, aseguran.

 

No siempre los lugares comunes dan resultados erróneos , dijo, más o menos, Jorge Luis Borges hablando de Voltaire, el adalid del Siglo de las Luces, que deslumbrara incluso a los nobles y reyes de su tiempo, como Federico de Prusia. Fue el azote de la Iglesia y los mitos cristianos, como el que entronca al mismísimo Jesucristo con  Juana de Arco. Voltaire, el irreverente… El antipatrias. El mejor prosista de Francia y quizá del mundo, como le reconociera Borges quien, en algún ensayo crítico, escribió: “Si Quevedo se burló de la inofensiva mitología griega; Voltaire, de la cristiana, la de su tiempo”.

  • Diego Gadir

    El gran saetero gaditano Diego Gil García, padre mío y de mi hermano Juan de Dios, en la madrugá de la Semana Santa de Cádiz de 2019.

  • Diego Gadir

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