Donde se confunde el sexo. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 7 de julio de 2019

Hace unos meses se paseaba por España un autobús de la organización ultra Hazte Oír (precedente de Vox) con el lema “Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva” , frase anatómica cuyo objetivo era, según parece, luchar contra las leyes de libertad sexual que amparan que cada uno viva conforme a sus tendencias con los mismos derechos que cualquiera, o lo que es lo mismo, ese galimatías que ahora llaman LGYBIQ+ o algo por el estilo. Paradigma de ese punto de vista homófobo y reaccionario es Rocío Monasterio a la que le escandaliza la fiesta del Orgullo Gay de Madrid, que querría llevar a la Casa de Campo para que los niños no vieran lo que según ella no deben. No se sabe qué opinará el Generalísimo sobre el hecho de que dentro del sarcófago fenicio masculino hubiera una mujer y dentro del femenino un hombre, digno del pasodoble “Se encontraron cierto día, un inglés con un gitano” que termina con aquello de “donde se confunde el sexo, si eso es progreso, yo soy de España, que a mí me espera mi Lola, sola en su alcoba, como Dios manda”. Una promiscuidad intolerable hace tres mil años por parte de los fenicios que, por lo que se ve, no le daban tanta importancia a la identidad sexual de cada quien o igual eran trans, qué sabe nadie. Sugiero que la primera medida del Generalísimo como diputado debería ser intercambiar los restos entre los dos sarcófagos de manera que el varón yazca en el sarcófago masculino y la hembra en el femenino, para que las cosas se sitúen conforme ha determinado la Divina Providencia. Sería la mejor manera de estrenarse en el cargo como diputado, que ya lleva dos meses y no se sabe nada de su actividad parlamentaria. De igual manera nuestro querido obispo Don Rafael podría mandar a sus huestes de Comunión y Liberación a rezar un rosario a la plaza de Mina, frente al Museo, el barrio de Tatín, por cierto.

Pienso ahora que aquel día de septiembre de 1980 en que apareció el sarcófago femenino yo estuve en lo que entonces era la calle Ruiz de Alda como corresponsal del periódico El País. Desde aquel tiempo los incautos decían sobre Pelayo Quintero, dueño del chalet donde se encontró lo que Agustín Merello bautizó como La Dama de Cádiz, “qué casualidad , tantos años buscando el sarcófago femenino y lo tenía bajo su casa” mientras yo pensaba : este tipo encontró el sarcófago y lo guardó para sí, el muy pillín. Deben ser cosas de la edad que me han llevado a no creer en los árbitros, en los Reyes Magos, en el Hombre del Espacio y en las casualidades.

Fernando Santiago


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