1980

Fernando Santiago Muñoz | 15 de julio de 2019

  • Diego Gadir

    El gran Fernando Quiñones, con esos niños para los que pedía mayor pedagogía cívica, para que ellos consiguieran elevar, a su vez, el nivel cívico de Cádiz en el futuro… Una ciudad que se mirara orgullosa en el espejo del mundo.
    Pregonó el Carnaval de 1980, a pesar del “poco apego al Carnaval” que confesó en el diario El País.
    Lo mejor, la corona de mojarritas que le hiciese Manolito Román, con el consejo de que la remojase de vez en cuando para conservarla prestante… Y su alma catula, manriqueña, cervantina, cernudiana, borgesiana… Su alma “granda”… Más grande que grande… Revolucionariamente oriunda.¡Quiñones!

  • gadita

    Grande Quiñones, y que no se nos olvide cómo estaba la ciudad en aquellos años, no sólo la Viña, Santa María y especialmente el Cerro del Moro parecían decorados sacados de una película de la guerra de Kosovo. Lo malo es que más de treinta años después algunas zonas, especialmente de la barriada, siguen igual o peor.

  • Diego Gadir

    Aunque todos lo sabemos, no está mal recordar que en el momento en que le es tomada esta foto, Fernando vive justo en el intermedio de dos tiempos que conforman un partido determinante en su destino. Un año antes, en 1979, ha sido proclamado finalista -primera vez- del Premio Planeta, con Las mil noches de Hortensia Romero. Un año después, comienza a escribir La canción del pirata, que será finalista -segunda ocasión- del Premio Planeta de 1983.
    De esta segunda vez, es la anécdota aquella cuando Manolito Román, el amigo que le había trenzado la corona de mojarritas para el disfraz, le dice, un tanto compungido al conocer el “palmarés” del prestigioso Premio: ¿Y cómo que no te han dado el premio… ? …Pues verás, Manolo, porque, entonces, no habría podido volver a presentarme nunca más.
    Hay que fijarse bien en las sandalias… No son las del pescador… Más bien, de “mariscaor” de almejas del ojo en el Chato -mi primo joselito tenía unas muy parecidas para mariscar… y hasta para jugar al fútbol-. O también parecen como de karateka… O algo chinojaponés. Era un espécimen único… Fernando.
    Es el Dalí del sur, lo mismo que Dalí fue un Quiñones del nordeste. Gracia, imaginación, talento y desprejuicio. Y, en su caso, un gran dosis de empatía. Un cosa irrepetible.

  • Diego Gadir

    Un fenómeno irrepetible, Fernando Quiñonaes. El caldo socio-político-cultural permite el cultivo de creadores excepcionales, o no.
    Hoy, Quiñones habría sido un escritor muy diferente. Aunque habría sorprendido, sin duda.
    De Fernando, me gusta ese ductus mental que hace creer que todo ha surgido solo y fácil, “alla prima”. Él aseguraba que Hortensia Romero le hablaba en la oquedad de su cabeza. Que él solo transcribía. Escribía como Baldomero Romero Ressendi pintaba, por un arte escondido en un subterraneo con almizcle y verdina.
    Ambos fueron tremendistas a su manera. Genios densos y umbrosos, como el jondo. Luminosos, después del trance.


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