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1980

Fernando Santiago Muñoz | 15 de julio de 2019

  • Diego Gadir

    Creía Fernando Quiñones que niños como los que le saludan en esta fotografía, recibiendo una conveniente formación cívica, serían los forjadores de un Cádiz definitivamente digno de ser ofrecido al mundo moderno.
    Mi familia, gaditana de la misma capital, marchó a Sevilla a principios de los setenta, por una cuestión laboral. La primera vez que oí hablar de Fernando fue en mi casa sevillana, cuando quedó finalista del premio Planeta por vez primera, con Las mil noches de Hortensia Romero. Sucedió un año antes de aquél en que fue tomada la foto de arriba. 1979, también el año en que se despidió de Alcances, el festival cinematográfico que había creado él mismo.
    Llegando a casa desde el colegio, un grupo de vecinas treinteañeras se arracimaba en torno a otra en nuestra puerta de entrada; mi madre, entre ellas. Ninguna se percató de mi presencia. Una narraba, en voz baja, del libro que tenía en las manos. Se partían de risa, casi se orinaban, según decían. Se asombraban también, de repente. Exclamaban expresiones de estupor ante lo escuchado.
    Yo capté que la cosa iba de erotismo, del bueno; cosa verde y graciosa. La cosa parecía ser gaditana, de nuestra lejana arcadia. Lejana para un niño en Sevilla, en 1979.
    Leí Las mil noches de Hortensia Romero tantas veces como pude, a mis quince años. ¿Aquel mundo íntimo existía de verdad o era invención de un escritor soberbio?
    En 1983, dos años después de la foto, Quiñones consiguió su segundo “finalato” en el mismo premio literario, con La canción del Pirata. Tardé en leer las peripecias del Cantueso. En tanto, había caído milagrosamente en mis manos Nos han dejado solos -regalo de mi padre-, que me abrió los ojos a una prosa nueva para mí, una prosa de elucubración fascinante. Y, además, portadora de un virus cercano al universo de mi memoria adolescente, pues no habíamos abandonado Cádiz en absoluto e íbamos cada tres por cuatro. Aun así, estábamos muy lejos.
    Ese virus era -es- la libertad de ser siempre del mismo lugar, como parece haberle pasado también a Pablo Picasso con su tierra, según confesó, y salvando todas las diferencias y cotizaciones.
    Fernando Quiñones me ha procurado un felicísimo visado a un mundo que ya era mío, incluso antes de nacer. Me lo ha develado en toda su desnudez literaria, sin ocultar los secretos engranajes de su elaboración, lo cual enseña mejor que una carrera universitaria. Como decía Lucien Freud que había que pintar, dejando ver el proceso. Parece fácil…
    A Quiñones, le encantaba disfrazarse. Eso, en casa, me sonaba. Mi padre nació vestido ya de cantiñero, casi como el de Cuba, y como Marcelino pan y vino, y luego se reliaba una toalla en la cabeza y se pintaba un lunar y era cualquier cosa desde Babilonia para delante.
    En la foto, Fernando va de laureado y togado romano, como de Prima Porta, con sandalias de Karate y candelero de taquillón castellano.
    El laurel lleva las mojarritas incorporadas, humedecidas de continuo para mantenerlas prestantes.
    Mi primo Joselito Parra Colchón tenía una playeras como esas, para coger almejas en la franja de El Chato y hasta para jugar al fútbol en la Barriada de la Paz. Decía que le reforzaba el tobillo.
    Un Cádiz de lo más paranormal.


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