Quinta del 68. Por Julio Malo

Fernando Santiago Muñoz | 17 de agosto de 2019

MAYO 68 AGOWilly nos acaba de dar un susto morocotudo, un accidente de moto le catapultó a la UCI del hospital La Paz de Madrid, durante mi precipitado viaje llegaban malos presagios, pero ya en la puerta del sanatorio un grupo de colegas me tranquilizó, por suerte y contra todo pronóstico nuestro veterano amigo se encontraba fuera de peligro y en breve sería trasladado a planta lleno de pupas que iban a curarse. No es la primera vez que supera una buena paliza, durante la espera recordamos otra particularmente sonada. Conozco a Guillermo Sánchez desde que fuimos compañeros en el Colegio del Pilar, me enseñó a jugar al mus en la trastienda del Bar Cirilo donde un vaso de Valdepeñas con tapa costaba una peseta, recuerdo ese madrileño Barrio de Salamanca más entrañable y provinciano. Pocos años después, nos encontramos de bruces en la algarabía universitaria de aquella primavera de 1968. Durante una manifestación, el bueno de Guillermo fue prendido por los grises quienes le condujeron a un furgón y allí mismo agentes de la Brigada Político Social le atizaron con saña. Mi amigo era el típico niño de “buena familia”, y su padre un personaje influyente, pero esto solo se supo cuando llegó maltrecho a la Dirección General de Seguridad. En todo eso pensaba cuando al verle por fin, nos dijo: parece que me he salvado, los veteranos de las barricadas del 68 no caeremos nunca.

 

Quienes habíamos nacido en torno a 1950 conocimos la España diferente del franquismo: camisas azules, servicio social, milicias, economatos para trabajadores, largas misas cantadas y chicas con velo. No se admitía el divorcio, las casadas quedaban supeditadas al marido, y los gays sencillamente no existían. Sin embargo, bajo la España oficial que mostraba la televisión estatal en blanco y negro, latía otro país, el de los jóvenes que no habíamos conocido la guerra ni la posguerra; nosotros pudimos escuchar la música de los Beatles, ver las películas de Saura y Martin Patino, el teatro de Buero Vallejo y Alfonso Sastre; también leer a Lorca y Machado en ediciones argentinas; pero sobre todo viajar a una Europa que renacía alegre y luminosa de su propia posguerra. Si en 1968 una rebelión juvenil se extiende desde París hasta Praga, las universidades españolas representaban estrellas de libertad en medio de una sociedad que empezaba a vestirse de colores.

 

Cuando el presidente francés Emmanuel Macron quiso conmemorar el cincuenta aniversario de mayo del 68 no consiguió la complicidad de sus protagonistas. Macron había nacido nueve años después y la mayoría de los líderes mundiales eran niños durante esa revolución, la cual para muchos no es pasado sino presente; puerta de una nueva época que todavía es la nuestra. Aquel movimiento acabó en una serie de sonoras derrotas como la invasión de Praga o la masacre de Tlatelolco (México), pero aún disfrutamos una herencia cultural enorme: el movimiento feminista, de los emigrantes y de los homosexuales, pues esos acontecimientos si contribuyeron a cambiar pautas de la cultura occidental, en especial las relaciones sexuales y el respeto a la diversidad. Atentos a la recuperación de Willy, conversamos sobre quienes fuimos muchachos rebeldes y ahora rondamos los 70, casi todos jubilados. Los sociólogos hablan de un segmento de la población que habiendo alcanzado una provecta edad conserva anhelos juveniles, algo semejante a lo que fue el descubrimiento de la adolescencia, niños-as en cuerpos de hombres o mujeres. Nuestro compañero tiene razón: los ideales del 68 nos mantienen alegres.

Julio Malo de Molina


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