Dream team

Fernando Santiago Muñoz | 26 de agosto de 2019

  • Diego Gadir

    El equipo de nuestros sueños… El equipo soñado.
    Estos muchachos de la foto eran unos auténticos cracks… Cantando pasadobles y cuplés carnavaleros lo eran sin discusión alguna. Con el balón… sería otro cantar, digo yo. Aunque nunca se sabe.
    En cuanto a la facha y porte, es como si hubiesen quedado para jugar una pachanguita John Travolta y los chicos del coro. Eso habría sido cuando John podía amerengarse el cabello en un tupé espectacular.
    El segundo por la izquierda, el famoso “John”, el “Toni Manero” del carnaval gaditano es mi queridísimo primo Joaqui; Joaquinito Castillo Parra Alfonsín, el único hombre del mundo con tres apellidos.
    El Joaqui es un crack en algo que no tiene forma ni nombre preciso, algo que podríamos catalogar dentro de la gracia del arte, algo indescriptible que engloba el humor; el ingenio; el talento de cantar bonito, muy bonito; la simpatía y don de gente; y el dolce far niente del sur del imperio romano, aliñado con la sabiduría árabe y la perspicacia fenicia.
    Yo sé que el Joaqui las volvía locas con una sonrisa y un tarareo. Lo sé porque me volvía loco a mí. Lo sigue haciendo cuando lo visitamos mi padre y yo en la peña de la calle Adriano, donde vive por las mañanas en su mundo de postal pintoresca y viejos amigos del alma.
    En la foto de arriba, se le ve pinturero y chuletilla, con su cuerpecito de Big Jim, aquel muñeco… Bueno, precisando, de madelman setentero; luciendo su connatural sonrisa seductora. Esta estampa suya no le duraría mucho. Poco después, se dejaría crecer una barbita brasileña, rizadita y recortada, que le serviría para hacer de Jesucristo en la comparsa Grandes Genios y, algo más tarde, una barriguita cervecera que le daría para dormir magníficas siestas.
    Y esa será ya la imagen del Joaqui para la historia. Hasta Picasso nos dejó la suya definitiva, la de un popeye calvorota que se traga las espinacas del triunfo.
    El equipito de arriba no es de póster central del Marca, lo presentimos, pero en el Teatro Falla de Cádiz, marcó golazos memorables. Allí fue un equipazo de Champion: Carlos Brihuega, Jesús y Antonio Monzón, José Silva, José Sibón, Carlos Peña, Manuel Dávila, Antonio Guerrero, José Ruiz, Emilio Álvarez, Diego Macías, Manuel Alba, Manuel Rosales, Manuel Argibay…
    Recuerdo haber jugado al fútbol con el Joaqui, de chiquitito yo, en la playa de La Victoria, y con todos nuestros primos.
    El Joaqui nos llevaba unos añitos. Jugar, jugaba poco; no le dejaban las admiradoras del arte. Tampoco Diego Macías, que lo reclamaba desde el bordillo del bar Ramón -restaurante Miramar- poniéndole el cebo de los compases del gran Alba, el otro duque, el de la Caleta.
    Volviendo a Diego, el guitarrista de Los Califas, de Pregones, de Payos y Gitanos… El “pibe” de la guitarra encendida de armónicos carnavaleros… El “Hamelín” del pasaboble viñero… sabía cómo llevarse al Joaqui por la ruta de los chiringuitos playeros.
    Lo más que le sacábamos en un partidito al Joaqui era un saque de honor con el dedo gordo y un taconazo “aproximado” a los del doctor Sócrates del Brasil (DEP), para finalizar con una carrerita de lucimiento con su marcapaquete de lycra negro y su cordón de oro, despidiéndose como un fenómeno.
    Hablando del Brasil, recuerdo haber peloteado junto a mis primos con los ases del Palmeiras -¡lo que digo!- en la arena mojá, frente al Isecotel, una tarde antes del Trofeo Carranza. Mi primo Paco daba la voz: ¡Quillos, que está el Palmeiras haciendo una pachanguita en el Iseco! Y allí que íbamos los quince desde el bar Ramón, con nuestro balón bajo el brazo y un taco de servilletas de papel para recoger autógrafos.
    Nos quedábamos embobados con los malabarismos de Edu. Ninguno llevaba móvil… Tristemente, no quedan selfies. ¡Preciosos tiempos!
    Mi primo Joaquinito se juntó con las estrellas de la plana superior en 1979, año de los Navegantes Gaditanos, de Pedro Romero Baro. Con alguno, ya había hecho camino.
    En 1976 y 77, había bordado dos comparsas de segundo y primer premio con Antoñito Martín: España y Olé, y Los Mandingos. En 1978, se embarca en la comparsa de Enrique Villegas los Faroles de la Alameda. Al año siguiente, en un dribling sorpresivo, se cuela en el “dream team” de Pedro Romero, tan de sueño como los anteriores.
    Pedro Romero, cuyo nombre sabe a consomé de coñeta con chorreón de fino, había compuesto la comparsa Nuestra Andalucía allá por 1977: claro manifiesto de compromiso humano y social. Le siguieron muchos éxitos rotundos con los cuales reclamaba la dignidad para el hombre y la historia. Parafraseando al eximio Almodóvar, supo tañer el dolor y la gloria de la intrahistoria de sus semejantes, desde la nostalgia de los pregoneros, al dolor de las madres argentinas.
    Se despidió fiel a su ideología.
    La comparsa Nuestra Andalucía dió nombre a la peña carnavalera sita en la calle María de Arteaga (plaza de Antonio Martín a calle La Rosa), la misma donde la matrona me descorrió los visillos íntimos de mi madre a la luz de Cádiz. Fuera, los gatos maullaban con el olor de las caballas. Ayer.
    Diego Gadir


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