De Malamoco a María Moco. Alicia Cifredo en Caocultura

Fernando Santiago Muñoz | 19 de septiembre de 2019

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Desde muy niña, llamaban mucho mi atención las leyendas sobre las cuevas de María Moco, o sea, la salida y entrada, por Santa María del Mar, a esos pasajes que recorren el subsuelo del casco viejo gaditano, esos donde algunas gentes se perdían y encontraban tesoros, estatuas, esqueletos, piratas, masones, contrabandistas y hasta maquis.

Pero provocaba mi curiosidad, aún más, el porqué de su nombre, así que, incansablemente, durante mucho tiempo, espetaba a cualquier persona adulta que me quisiera atender:”¿Pero cómo se llaman de verdad?”. Y es que, las razones que me daban para llamarlas de este modo, me parecían “pura guasa”; pues, estas eran “con motivo de una vendedora de pavos que por allí tenía su negocio” y “por una mujer que las habitaba y siempre tenía mocos colgando debido a la humedad”.

Por entonces, unos tíos míos habían emigrado a Italia con su hijo y éste, cuando vino a Cádiz por primera vez, solo hablaba italiano. Pese a ello, nos entendíamos y, al alardear mi hermano y yo de las cuevas de María Moco, él preguntó: “¿Mala moco?”, o eso creímos oír, y mi hermano y yo nos hartamos de reír con su pregunta hasta que aquello fue cayendo en el olvido.

Me hice mayor y descubrí, entre otras muchas cosas, la frecuencia con la que nos reímos de nuestra propia ignorancia y, también, que las leyendas suelen tener  visos de realidad, como lo demostraron posteriores prospecciones en el caso de estos pasadizos.

Este tipo de subterráneos no es exclusivo de nuestra ciudad, sino común a muchas otras con historia: alcantarillados romanos, musulmanes o posteriores, movimiento de mercancías, –legales o ilegales–, desde fuera de la ciudad a las casas señoriales o a la inversa, paso exclusivo desde éstas a templos o teatros, reuniones secretas, enterramientos, bodegas y minas de defensa constituyen sus orígenes.

Aunque nací junto a la plaza Candelaria, estoy muy ligada a la zona del Pópulo, las dos catedrales y el área colindante. De hecho, en mi infancia, las niñas íbamos a hacer deporte junto a la iglesia de Santa Cruz, desde nuestro colegio San Martín, ubicado en el que fuera domicilio del comerciante genovés Benito Picardo, llegado a Cádiz en el ssiglo XVIII.

Dicha iglesia data del siglo XIII, cuando  Alfonso X arrebató la ciudad a los almohades y ordenó reconvertir en catedral lo que había sido una mezquita de nombre hoy desconocido. Se reformó en los siglos XV y XVI y, tras su quema, en 1596, por la escuadra anglo-holandesa, se reconstruyó definitivamente. Mi padre me contó que su tatarabuelo era genovés mientras me enseñaba la capilla que levantaron sus paisanos en este templo. La terminaron en la segunda mitad del siglo XVII.

Mientras estudiaba filología hispánica, en los 80, tampoco conocí ninguna otra teoría sobre el apelativo de las dichosas cuevas. Después, dejé Cádiz y en mis sucesivas venidas supe del anfiteatro romano, de los subsuelos de la Casa del Obispo, del palacio de la villa y de los túneles bajo estos edificios junto a otros del siglo XVIII.

Al tiempo, fui a Venecia y, gracias a un conocido, recorrí sus vecinas islas y las contemplé desde el mar.  El puerto por el que accedimos a la laguna, usado ya por los romanos –y, tal vez, antes– se llama  Malamocco, (Bocca di porto di Malamocco que dicen los lugareños).

Al oír el nombre, recordé el presunto error de mi primo: “¿Mala moco?”, y pensé que, quizás, había dicho “¿Malamocco?”, tal cual. Entonces, sentí una lógica intuición que iba creciendo dentro de mí, a medida que averiguaba más datos.

Este puerto se llama de esta manera por una localidad del Lido situada un poco más hacia al norte de la isla, una isla que mide doce kilómetros de largo y algo menos de dos kilómetros de ancho en su parte más amplia. Posee un parque natural al norte y otro al sur. Su iglesia más emblemática está dedicada a la Virgen de la Asunción, no obstante, cuando se construyó en el siglo XII, su advocación fue Nuestra señora del Mar.

Existen varias versiones acerca del origen del nombre de este pueblito, Malamocco Antico Borgo; la más conocida y popular cuenta que lo toma de una antigua villa romana llamada Metameucum, la cual desapareció barrida por un maremoto en 1.110; Malamocco se habría construido sobre sus ruinas. Las teorías más recientes ubican a Metameucum en otros lugares, bien más cercanos al Puerto o bien en lugares próximos pero fuera de esta ínsula.

El oasis de las dunas de los Alberoni, vecino al puerto de Malamocco, (también conocido como puerto de los Alberoni), recuerda al aspecto que, en mi más tierna infancia, conocí de La Cortadura, al igual que el del oasis de las dunas de Ca’ Roman, unido, artificialmente, a otra isla al sur del Lido, Pellestrina.

El Lido y Pellestrina están ligeramente separadas por el agua, en la parte septentrional de la segunda se haya una localidad llamada Santa María del Mar.

Vemos similitudes históricas con nuestra tierra y también las hay (y, obviamente, no estoy diciendo nada nuevo), si observamos un plano de ambas islas.  Similitudes éstas que las sucesivas embestidas del mar, las construcciones, el golf y las ingenierías realizadas en un sitio y en otro han ido alterando; a pesar de ello, quién no ha oído decir que “Cádiz es la Venecia del Atlántico” o, si el chauvinismo patrio lo prefiere, que “Venecia es el Cádiz del Adriático”.

De los canales que cruzaban nuestra ciudad, el más grande, al parecer, era el que se ha venido en llamar Canal Caleta-Bahía, el cual dividía la ciudad en dos. Se considera que empezó a taparse en la época almohade. Ya desde esos años, los genoveses (y no serían los únicos) negociaban con Sevilla y con el Magreb y nuestra bahía solía ser parada estratégica a estos destinos. Luego, Fernando III, tras conquistar la Ixbilia musulmana, concedió privilegios a los genoveses para que se establecieran allí y fomentar con esto el comercio y la repoblación de ese área, algo que continuó con Alfonso X y posteriormente.

Al arrancar el comercio con América, amén de ser parada estratégica, se crearon en toda la bahía, colonias de genoveses, venecianos, florentinos, franceses y otras, que dominarían económica y políticamente Cádiz hasta su decadencia en el siglo XIX.

Aquellos italianos pudieron, en su día a día, haber llamado Malamocco a nuestro puerto (cuya primera ubicación se desconoce), o quizás a la parte antigua de la ciudad, aunque, también, puede que denominaran así solo a la zona cercana a Santa María del Mar, la de la catedral vieja, esa bajo la que había una ciudad romana y que salió muy malparada con los maremotos de los siglos IX y XVIII.

Igual, recordándoles al puerto o a la localidad veneciana, empezaron a denominarla de esta forma, desde el mismísimo siglo XII, aún con los almohades, o pudo ser después, ya con los castellanos, o más adelante, en alguna de las fases del comercio con América e incluso, pudo ser justo cuando se construían las defensas contra los empujes del mar… El caso es que, fuese cuando fuese, es posible que, en algún momento, al puerto, al casco viejo entero, o a la zona mencionada, la designaran con este nombre.

Por ello, a esos túneles que recorrían ese área y cuya salida daba a Santa María del Mar (esa franja que igual les evocaba a Pellestrina y a su Santa María del Mare), pudieron “bautizarlos” como “Cuevas de Malamocco”, a fin de distinguirlas de otros pasajes que serpenteaban bajo distintos puntos de la ciudad.

De Malamocco a María Moco, hay solo un paso (o dos o tres) como ya demostrara mi primo de niño, o, tal vez, solo “mucha guasa”. Aunque, también, el olvido ante esta posible evolución fonética, podría, quizás, correr paralelo con el hecho de que esas cuevas, durante mucho tiempo, pudieran haber estado ligadas a un pasado que, sea cual sea, no siempre nos hemos sentido en disposición de asumir.

Y si nos ponemos a fantasear, teorizar o a crear novelas y hasta “conspiranoias”: ¿Y si, tras la prohibición de la esclavitud, algunas acaudaladas y respetables familias de comerciantes las usaron para cruzar a través de ellas a gente esclava o para esconderla en tanto las llevaban a su destino? ¿O igual, incluso antes, de contrabando? ¿Y si esas cuevas llegasen hasta esas casas señoriales de cuyo pasado esclavista sus descendientes no quisieron acordarse? ¿Y si, a raíz de estos asuntos hubiesen empezado a llamarlas “cuevas de Malamocco” para que oídos indeseados no dieran con su ubicación? ¿Y si, luego, en connivencia con cronistas,  aplicaron aquello de “lo que no se nombra no existe”, las cerraron y obviaron esta denominación? Pero, el pueblo conservó el ominoso recuerdo y, también, el del lugar… a su manera.

De momento, no puedo probar que Malamocco sea su nombre originario, pero la lógica y la intuición suelen ser la base de toda ciencia y, desde luego, esta evolución fonética, con o sin el asunto esclavista, tiene más lógica que la teoría de la mujer con las velas de mocos o la de la vendedora de pavos.

Años estuve indagando si se había planteado esta hipótesis antes, pero resultó que no, por lo que me animé a enviar este artículo a Cao Cultura. Así que, si alguien investiga el tema, por cuestiones de ego y por otras más prosaicas, por favor, para bien y para mal, que nos citen y nos den las gracias a mi primo, ya difunto, y a mí.

  • Plaza Mina

    Hipótesis con bastantes visos de verosimilitud. Interesante artículo.

  • Avenger

    Interesantísimo artículo, y con bastantes visos de ser una línea de investigación buena. En otro orden de cosas, es cierto el parecido de nuestra ciudad y Venecia en algunas cosas. Siempre recordaré el acceso a la ciudad de Venecia por la estación de Santa Lucia-Mestre, donde algunos tramos parecían cuando el tren discurre por Cortadura.

  • Ignacio Moreno

    Es la primera vez que escucho esta teoría, pero la encuentro coherente. Como bien dice “Plaza de Mina”, es interesante artículo y seria cuestión de profundizar en el estudio de esta posibilidad.

  • Harto de vosotros

    Qué bonito!


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