El abuelo hiperactivo. Por Pepe Mendoza

Fernando Santiago Muñoz | 23 de octubre de 2019

FrancoAquel abuelo de todos era de fidelidades y costumbres fijas. Su familia, sus oraciones, su cacería, su pesca… A sus nietos nos visitaba todos los domingos en el cine, sin faltar ni uno, antes de que empezara la sesión infantil. En cuanto se apagaba la luz sonaba una fanfarria ardorosa y él aparecía siempre muy tieso para contarnos sus batallitas y advertirnos de los peligros del mundo. La de cosas que le había dado tiempo hacer de un domingo para otro. Aunque ya tenía una edad, no paraba quieto. Eso era un abuelo en condiciones y no el de Heidi, que era más flojo que un muelle de guita.

Era un tipo excelente. Qué digo excelente: Excelentísimo. Con mayúsculas, que era todavía más. El Excelentísimo acude a misa con su señora, narraba en el NODO Matías Prats, aquella voz legendaria por la que veíamos los partidos en la radio. Y todos los curas lo esperaban fuera de la iglesia con un toldo con palos, debajo del cual se metían aunque no lloviera. El Excelentísimo visita una obra y se protege la cabeza con un casco como el del Capitán Tan. El Excelentísimo inaugura otro pantano. El Excelentísimo preside un desfile militar. El Excelentísimo contempla cómo unas muchachas tiran unos aros para arriba, se dan una vuelta y los cogen sin que se caigan al suelo.

El Excelentísimo en el fútbol, regalando una copa que era suya, casi siempre al Athletic de Bilbao. El Excelentísimo recibiendo en su casa a un montón de gente importante con la mesa hasta arriba de papeles. Cuando las visitas eras muchas y no cabían en su despacho, se asomaba al balcón y desde abajo todos coreaban muchas veces su apellido. Él decía españoles, movía la mano derecha y se iba corriendo a otra alta responsabilidad. ¡Qué estrés, por Dios y por España!

Algunos niños decían que tenía el culo blanco porque su mujer se lo lavaba con Ariel, que era un detergente buenísimo pero que en casa solo se usaba para la ropa. Y que Barbate y un montón de pueblos más de toda España eran suyos enteritos. Y que su hija no pagaba ni en los carrillos ni en los cacharros de la feria porque para eso las pesetas y los duros llevaban tatuadas la cabeza cortada de su padre por la gracia de Dios.

Un día la espichó y mucha gente fue al entierro y lloró con el corazón encogido, como lloramos nosotros en el Teatro Principal cuando la espichó la madre de Bamby. Un señor mayor vestido de negro con orejas de soplillo y el puchero puesto salió por la tele diciendo que el abuelo acababa de llegar al Cielo. Yo también me puse triste. Pero no mucho, la verdad, porque ese día no hubo colegio.

Conforme fui creciendo me fui enterando de que aquel abuelo bajito y de voz aflautada hizo muchas más cosas que no nos contaron las tardes de los domingos de la infancia. De esas batallitas siniestras el NODO nunca nos dijo nada. Qué tramposo. Al final, a María, María, se vieron sus tranfullerías.

  • JOSELETE

    Es cierto que el abuelo era de ideas fijas. Durante 40 años tuvo en su mesita de noche la mano momificada de Santa Teresa. Bueno, era una mano de cuatro dedos. El meñique se lo quedó -y se lo cortó- Jerónimo Gracián, superior del Carmelo.
    Creo que ya lo devolvieron a sus legítimas propietarias. El abuelo se negó reiteradamente a sus peticiones.

  • Gala

    Algún día España tendrá que afrontar su franquismo.


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