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Woody.Por Julio Malo

Fernando Santiago Muñoz | 23 de mayo de 2020

WOODY 01_FotorMe lo contó una amiga tan aficionada al cine como yo, de los que preferimos pantalla grande, sala oscura y en las primeras filas. Nunca olvidará cuando vio de muy joven “La rosa púrpura del Cairo”. Ahora sabe que esa película inocula el amor al cine; la acción se desarrolla durante la Gran Depresión de 1929, coincidente con una de las etapas doradas del celuloide que sirve de refugio frente a una realidad inhóspita. La elegante fragilidad de Mia Farrow queda atrapada por las seductoras imágenes que en blanco y negro describen un mundo feliz distinto a las colas para recoger comida ante las dependencias del Ejercito de Salvación; una serie de peripecias cómicas enlazan secuencias entre dos ficciones, la opulencia de la pantalla frente a los tristes colores de New Jersey; ambas historias comienzan y terminan con la melodía “Cheek to Cheek” de Irving Berlin para Fred Astaire y Ginger Rogers. En “Días de radio”, la vida de un niño judío en el Brooklyn de los años cuarenta se sustrae a la humilde cotidianidad a través de las melodías de Carmen Miranda o The Andrew Sisters, entre otros atractivos radiofónicos de su mejor época. “Balas sobre Broadway” introduce el mundo del teatro con el encanto de un tierno personaje, el rudo gánster que liquida a la amante de su jefe para evitar que estropeara una obra a la cual había cogido cariño. Son tres películas de Woody Allen, el gran director de comedia de la segunda mitad del siglo XX.

Sin embargo, yo prefiero las películas que él protagoniza. Al modo de Charlot, Woody Allen es arquetipo de payaso e icono de la comedia de final de siglo: bajito, pelirrojo, con gafas y nariz hebraica. “Sueños de seductor” dirigida por Herbert Ross, nos familiariza con su personaje, frágil neurótico adicto al psicoanálisis y obsesionado con ideas relacionadas con el sexo y la muerte, una cierta caricatura de la burguesía judía de Nueva York. Umberto Eco ya dijo entonces que era “el más genial de los cómicos”. Su etapa madura arranca con “Annie Hall” en 1977, para convertirse en el director más apreciado en Europa, tal vez porque a los modos del cine clásico americano añade fórmulas inspiradas en la frescura de la comedia italiana y en los recursos narrativos de Joyce.

 

Obras como Zelig, Desmontando a Harry y La maldición del escorpión de Jade, aportan un repertorio muy imitado por la cinematografía de nuestra época. Pese a su avanzada edad y el acoso de la opinión pública, por problemas en su vida privada de los cuales los tribunales de justicia le han considerado inocente, conserva suficiente maestría para construir comedias capaces de provocar risas y sentimientos. Tras una serie de películas en diversos escenarios europeos regresa a Manhattan para demostrar su amor por Nueva York en todo momento y descubrir la poética de la lluvia. Sus incondicionales sienten vértigo a un cine en el cual no esté ya presente un Woody Allen que en cualquier caso nos ha legado cuarenta y cinco películas, buena parte de las cuales pueden calificarse de obras maestras. Algún día nos dejará un cómico que contagió sus preocupaciones por el más allá. En “Cafe Society”, su personaje mafioso condenado a muerte se convierte al catolicismo por la promesa de una vida eterna, mientras la madre proclama que no lamenta tanto sus crímenes como que al final de su vida abandone la religión judía en la que fue educado.

 

 

JULIO MALO DE MOLINA

  • hartodetodo

    Curiosamente ayer estaban dando en unos de los canales de televisión “Café Society”, yo no la había visto y me gustó. De todas formas creo que Woody Allen lleva muchos años haciendo la misma película; lo único que cambia en ella es el reparto.


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