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El partido de mi vida por Fernando Pérez Monguió

Fernando Santiago Muñoz | 1 de junio de 2020

El partido de mi vida: ‘El Cádiz es mágico y el Barca universal’ por Fernando Pérez Monguió

El fútbol no es solo el deporte rey. Es un Rey Mago que regala momentos y sentimientos a quienes lo disfrutan o lo sufren. En mí habitan centenares de recuerdos evocadores de instantes que me acompañarán siempre. Elegir uno es una tarea ingrata por cuanto desechas: el primer día que entré en un estadio para ver una semifinal del Trofeo Carranza entre el Cádiz y la Real Sociedad de Zamora, López Ufarte y Arconada, con quien mi padre logró que me hiciera una foto tras el encuentro. Apenas tendría 10 años. Muchos menos, solo 4, tenía mi hija Manuela cuando la llevé a ver un partido sin pedigrí en segunda y encima resultado adverso entre el Cádiz y el Oviedo, pero eso era lo de menos porque ver su carita aplaudiendo y cantando Me han dicho que el amarillo-que le recitaba cuando la llevaba al colegio en Sevilla- me provocaron una emoción inigualable. De padre a hijo, y de padre a hija. Tras esos momentos impagables, me podría decantar por los partidos en los que disfruté de las mejores esencias de Mágico González por cortesía del exfutbolista Joaquín Acedo que me llevaba al fútbol junto a su hijo –entonces amigo y vecino, hoy reconocido fisioterapeuta-. Podría elegir los partidos en los que hice de recogepelotas del Cádiz B y vi prosperar a una maravillosa generación de futbolistas prometedores que superó sobradamente las expectativas: Kiko, Quevedo, Barla, Arteaga, Cortijo, Calderón, etc… Podría decantarme por partidos en los que Pepe Mejías repartía clase, en ocasiones acompañado por su hermano Salva, como cuando entre ambos firmaron 6 goles del 7-2 que le metimos al Deportivo de la Coruña. O también el 0-2 en Chapín que significó el último ascenso del Cádiz de Pavoni, Oli y Palacios que vi con mis amigos Jorge Nalda y Carlos Jean en la casa del músico en Roche. Luego llegó una gran fiesta. Y podría y podría seguir recordando momentos de mi Cadi, pero como todos los niños gaditanos, además del Cádiz C.F., se es del Madrid, del Barca o del Atlético. Del primero por nacimiento y de uno de los grandes por elección para tener un aspirante a la Liga o la Copa de Europa. Curiosa filosofía resultadista la de los pibitos de Cai.

Por tanto, soy gaditano y cadista. Y del Barça. Lo primero casi siempre despertó simpatías ajenas. Cadi y el Cádiz caen bien. Es fácil sentirse orgulloso cuando elogian el carácter de tus paisanos, el duende de sus rincones, la grandeza de su historia, o la desternillante gracia e ingenio de tu afición. Esa atracción foránea desaparecía cuando añadía que también era del Barca. Pocos aficionados al fútbol bendecían que tuviera dos equipos, pero yo nunca sentí que esta dualidad significase una esquizofrenia futbolística.

Elegí ser culé porque cuando empecé a tener juicio jugaban un tal Maradona y un tal Schuster. Mi apego aumentó con la llegada de Cruyff al banquillo con su concepto de futbol total y trato exquisito del balón del Dream Team que ejecutó a la perfección una poderosa plantilla liderada por uno de los mejores futbolistas que he visto: el danés Michael Laudrup. Recuerdo una remontada europea con un auténtico desiderátum futbolístico: 4-1 al Dinamo de Kiev. La primera Copa de Europa, como no, contra la Sampdoria; el 5-0 al Madrid con la cola de vaca de Romario y otras tantas demostraciones.

Luego el discípulo Pep Guardiola mejoró al maestro gracias al mejor futbolista que haya dado la historia del fútbol: Messi. Y entre todos sus partidos, podría quedarme con el 2-6 en el Bernabeu, pero no estuve presente. Sí fui testigo en Wembley de la segunda orejera de un equipo de leyenda. El 3 a 1 final contra el Manchester United no reflejó la enorme superioridad culé que empequeñeció como nunca a la escuadra de Sir Alex Ferguson ante la exhibición colectiva del astro argentino, Xabi, Iniesta, Piqué, Villa y compañía. Hubo dos cosas que no olvidaré nuncade aquel encuentro: los 2.000 euros que nos ofrecieron a mi amigo Dani Aragón y a mí por vender las entradas a las puertas del estadio, oferta que declinamos, y cómo un joven catalán culé me preguntó desafiante en la previa cómo cometía la osadía de ser culé siendo andaluz. Mi respuesta fue tan hosca como su pregunta: el Barca no es de Barcelona o de Cataluña; es de Asturias, de Andalucía, de España y universal. No le convencí, pero al menos nos dejó en paz. Pocos años después estalló el procés. Desde el desafío soberanista catalán, no dejo de recibir ‘invitaciones’ para que cambie de equipo. Y no lo haré porque un presidente y su directiva se hayan apropiado indebidamente del club, como denunció hace tiempo el escritor y aficionado culé Juan Cruz, al alinearse con los secesionistas. No dejaré de ser del Barca porque ondeen centenares de esteladas en el Nou Camp o porque en la calle griten: “España nos roba”.

Nunca me gustó que mezclaran fútbol y política. Y no dejaré que la política me robe el ‘EnjoyLaudrup, el gol de Ronaldo al Compostela, la magia hipnotizante de Ronaldinho y la leyenda imperial de Messi. Eso es universal, no es sólo de los culés catalanes. Es del fútbol y de sus aficionadosComo de los aficionados son el 12-1 de España a Malta, que me impresionó siendo un chiquillo, el Mundial de Sudáfrica y la final de la última Eurocopa en la que goleamos 4 a 0 a Italia con mis sobrinos disfrutando en un escenario montado por la Cadena SER en unas abarrotadas Setas de la Encarnación de Sevilla. Los logros de la selección española son universales, como pude comprobar cuando viajé años atrás a Ciudad del Cabo, como universal hubiera sido ver jugar juntos a Messi y a Mágico. O enfrentándose con el Cádiz y el Barca. ¡Viva el fútbol!

 


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