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Cerrado por miseria. Por Yolanda Vallejo

Fernando Santiago Muñoz | 23 de febrero de 2021

La miseria, como la venganza, es un plato que se sirve frío, sean cuales sean los ingredientes con los que se aliñe. Sienta mal digerirla en caliente, como casi todo; como las despedidas, como las riñas, como los malos entendidos y es difícil calcular su alcance cuando está recién salida del horno. Suele pasar y usted lo sabe. Ocurre siempre que nos apresuramos a evaluar los efectos devastadores del fuego cuando todavía quedan rescoldos, sin detenernos a pensar que cuando baje la marea, después del temporal, el océano vomitará en la orilla, sin misericordia, los restos del naufragio, pedazos de vidas destrozadas. Hasta ese momento, hasta que vuelva la calma, todo son conjeturas, a pesar de las evidencias. Y, después,

todo son datos, fríos datos, porque los que cuantifican los daños no tienen indicadores para medir el dolor, la tristeza, ni siquiera para medir el fracaso y el desengaño. Y mucho menos para medir la ruina.

Lo del virus no estaba previsto en el guion; ni para nosotros, ni para nadie, evidentemente. La soberbia de Occidente nos impendía ver más allá de nuestras propias narices y nos acunaba con un «¿cómo nos va estar pasando esto?». Adanes en este paraíso, no queríamos mirar hacia atrás, tal vez para no convertirnos en estatuas de sal o tal vez para no admitir que por este camino ya habíamos pasado, o ya habían pasado nuestros antepasados, con los que habíamos roto todo tipo de relaciones. Ellos vivieron epidemias, guerras, hambre, pero nosotros somos más fuertes, somos más inteligentes, estamos más preparados y somos indestructibles. Porque solo somos aquí y ahora.

No hay nada que duela más que la evidencia de un niño señalando el vestido nuevo del emperador. Y no hay nada más cierto que el viejo dicho que dice aquello de que la miseria llama a la miseria; y es que cuando la miseria entra por la puerta, el amor sale por la ventana. Solo hay que darse una vuelta por Columela, por ponerle un nombre a la herida.

Primero fueron las franquicias, pero como nos habían dicho que las franquicias eran un invento del demonio capitalista y explotador –aunque los trabajadores de las franquicias viviesen en su misma macetilla y sus hijos fuesen al mismo colegio que los suyos–, casi aplaudimos el cierre de Zara, de Bershka, de Lefties, de Massimo Dutti, de Oysho. Luego cerraron Purificación García o Trucco, pero eran tiendas caras y tampoco nos importó mucho. Después le llegó el turno a Precchio, Inside, Todomedias, Game, NYX, Imaginarium, Las Libreras, Pampling, La Tapería de Columela, el freidor Casa Sobrina, Los Napolitanos y la herida empezó a escocer demasiado… Los abusivos precios de los alquileres –la avaricia, ya se sabe, rompe cualquier saco–, las restricciones de la movilidad que cierra las puertas al turismo y también a nuestros vecinos, la inseguridad –esta continua y densa sensación de que se está en expectativa– y el desamparo por parte de las administraciones, fueron el caldo de cultivo perfecto para alimentar la miseria y amplificarla.Antes fue LTK y ahora es Airbus –que lleva amagando el cierre desde julio del pasado año– la que se suma a la pesada cadena de cierres en nuestro entorno. Unos y otros son cierres legales, pero como decía Goethe –sé que citar a Goethe es muy cenizo por lo del efecto Werther– «la ley es poderosa, pero más poderosa es la miseria».

Poderosa y devastadora. Porque lo que vemos ahora son solo los destrozos de las embestidas del mar enfurecido, pero cuando la última ola se retire, cuando todo esto pase y la pandemia sea solo un mal recuerdo de números y letras borrosas, será el momento de cuantificar las pérdidas, y de evaluar en qué situación se queda una ciudad que vendió su alma al turismo a cambio del pan para hoy sin pensar en el hambre de mañana.

 

  • Manuel

    Así es. Con las reconversiones nos hicieron creer que el turismo era la solución al modelo productivo. Y ahora nos encontramos con la realidad: ni industria, ni turismo; ruina y miseria.
    Magnífica como siempre Yolanda.

  • hartodetodo

    Muy bueno como casi siempre. Solo le pondría un pero a la frase: “Pero también es cierto que nos habían hecho creer que éramos …”; en realidad nadie nos hace creer nada y solo nos creemos lo que nosotros queremos creer.

  • Ciudadano

    Creíamos ser algo para su economía y solo fuimos su trampolín.
    Precchio cerró de los primeros y puso su cartel con el http://WWW…com. Ese local con mayor o menor suerte hoy una tienda de telefonía y todo lo que puedan vender en la recepción de información y ocio.
    Ya nadie se acuerda del cierre de C&A, el antiguo Soriano, donde se instaló la franquicia deportiva, que hoy en día viste medio Cádiz.

  • _Ricardo

    Yo sí recuerdo el cierre de CyA, de Kiddy’s Class, Caramelo, Súper Perfumerías, Pull&Bear… hace años pero me acuerdo, lo que ocurre es que ya de eso han pasado varios años y según mi opinión eso pertenece a otro contexto. Se dan muchos y muy diferentes factores en aquella situación y en la actual.


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