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Ciudad del Mar

Fernando Santiago Muñoz | 4 de octubre de 2019 a las 2:55

Vamos a peor

Fernando Santiago Muñoz | 4 de octubre de 2019 a las 1:54

Generaciones

Fernando Santiago Muñoz | 4 de octubre de 2019 a las 0:53

Para la Patrona

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 15:37

Debate PSOE-Adelante

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 15:35

Cholismo

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 9:31

¡Ninguno sabe quién es!

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 8:08

Vejer

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 6:53

Un gaditano en el “focus” cultural de Sevilla. Por Diego Gadir

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 6:30

1959, retrato de José Gil Leal sobre un mapa de España,  Diego Gadir, 1990 1959, retrato de José Gil Leal sobre un mapa de España.

 Diego Gadir, 1990.

 

 

 

Se llamaba José Gil Leal y fue padre de mi padre, Diego Gil García. Mi abuelo estuvo enamorado de mi abuela hasta las trancas. A mi abuela, Dolores García Montero -feliz coincidencia con el poeta-, la llamaba “Lolilla”. Fue su novia eterna. Nunca olvidaré lo desvalido que se quedó cuando ella murió, a los 78, aquejada de parkinson.

Dulce y risueña a pesar de los pesares, en mi abuela Lola observé una sobredulcificación progresiva con el pasar de los años, hasta convertirse en un merenguito entrañable, con su mirada acuosa y sus trémulas manitas de piel glaseada.

Ver a mi abuelo dirigiéndose a su Lolilla como si fuese una chiquilla de seis años, embrujadito y dando un taconazo de alegría después de decir, ella, alguna gracieta inocente, era emocionante y se recuerda toda la vida.

Mi abuelo aprendió lo que las circunstancias le permitieron: las cuatro reglas y poco más absorbiendo, eso sí, unas maneras impecables que relucían en su trato diario con las personas: vecinos, tenderos, repartidores a su puerta… ; un decoro cívico tan dibujado que, en ocasiones, llegaba a resultar escénico y que me encantaba.

Fue taxista y chófer de algún director de la Junta de Obras del Puerto donde también trabajó su hijo Pepe, mi querido tío. Durante un tiempo, condujo un camión de ruedas macizas, sin cámaras, con el que llegó más allá de Despeñaperros. Mi padre, un chiquillo, esperaba su regreso las horas muertas en el Arco de la Rosa, donde vivían, esperanzado de alguna chuchería prometida, como aquel tarrito de mermelada por el que montaron un fiesta.

También fue camionero en Medina Sidonia, donde vivieron dos años y donde tenían parientes. Vivían en Santo Cristo y tanto le gustaba la Semana Santa que, con una silla de tijeras al hombro, hacía la procesión por la Alameda.

Lo primero que hacía cada vez que regresábamos a Cádiz, desde Sevilla, era acudir a su vivienda en la barriada de Manuel de Falla. Disfruté de muchas tardes con ellos, escuchando absorto las mil batallitas de su larga vida junto a sus cuatro hijos; también retratándolos. Siempre tuvieron sobre su cama un Cristo que pinté en mi adolescencia.

¡Cómo olvidar aquellos episodios que narraban de un Cádiz espectralizado por resplandores de petróleo? Casi podías vivir aquellas madrugadas de lunas fantasmagóricas sobre los pretiles del levante; las Nochebuenas, entrañadas de campanilleros y pestiños; aquellas mañanas de domingo en traje almidonado y fragancia a granel; aquellos quemadores de alhucema y aquellas capillitas florecidas; los enjutos potajes de castaña y las insomnes noches de verano en las casapuertas.

Uno ignoraba el perfil amargo de aquel tiempo. Mis abuelos soltaban indicios que yo no era capaz de traducir del todo; a veces, estos deslucían las narraciones con una angustia pasajera.

Contaban mil anécdotas sobre la explosión de 1947; sobre la guerra civil, con aquellos moros enormes que tomaron la ciudad y destrozaban los escaparates de las relojerías para llevarse los despertadores, o el día en que las sirenas de guerra les hicieron abandonar la comida recién servida en los platos y tuvieron que salir corriendo con lo puesto y los niños en brazos -mi padre, bebé de meses-… Recordaban nítidamente la sopa intacta, aunque con un dedo de polvo, cuando regresaron al barrio del Pópulo semanas después.

Cuando me hice muchacho y comencé a pintar en serio, mi abuelo me veía instalado pronto en Roma, con amplio gabán y boina ladeada. ‘Ya lo verás, Dieguito…’ -decía-, ‘con tu paleta enorme y tu boina pintando la cúpula de San Pedro’.

Se lo contaba yo en los comienzos del milenio a mi gran amigo, el galerista italiano Alberto Rolla, enfatizándole: ¡Por eso te digo que tú, Alberto, con seguridad eres la reencarnación de mi abuelo, cosa en la que ya creían los Pitagóricos…! El pobre Alberto, tan positivista, se quedaba a cuadros…

Hablando de estos, el que ilustra este modesto artículo es un tributo a la memoria de mi abuelo, pintado cuando ya había fallecido, si bien le hice varios en vida.

1959, retrato de José Gil Leal sobre un mapa de España es un cuadro extraño en mi producción. Escapa al influjo recibido del expresionismo austríaco, del fauvismo belga de Wouters y del arte italiano de Guttuso.

Es un cuadro otoñal, quebradizo y desvaído; más como mi alma de nieto huérfano que como el alma de la época en que mi abuelo tañía el acordeón en su azotea de la calle María de Arteaga. Allí nacería yo seis años después.

Lo pinté en mi dormitorio de soltero en Sevilla, nada más terminada la mili, en 1990. La cama me servía de caballete, convenientemente protegida por un gran plástico. Mi querida madre, Juana Parra Alfonsín, me daba su opinión y me animaba, un tanto a ciegas. Mi padre empezaba a comprender que mi destino era irrebatible, de lo cual él mismo había tenido “culpa”, en cierto modo. Y aquello mío, le alumbraba una inquietante expectativa.

Ahí está mi venerado abuelo Pepe, en babuchas de paño y guayabera sobria, pulsando, con sus enormes manazas, las teclas de un acordeón barato y crónicamente desafinado, según mi padre. En el cuadro, el acordeón no es ya el instrumento nacarado que debía rutilar en el mediodía gaditano. Aquí es un instrumento ensordecido, otoñalmente matizado, que apenas exhala un débil eco de pasodoble español. En la película de Garci, Urbano, el pretendiente de Estrella, dice que en América hay ‘Luz de domingo’ toda la semana. En este cuadro es otoño para siempre.

La pintura comenzó ambientada en verano pero, al ser un estado de ánimo y un obituario pictórico, transido yo por la angustia de una etapa que no volvería, se nos fue haciendo otoño al cuadro y a mí.

El mapa lo compré en 1989, en el Servicio Cartográfico del Ejercito en Sevilla, donde cumplí con mis obligaciones militares. Allí pinté mucho gracias al comandante Perea e hice grandes amigos. El mapa está adherido a una tela de arpillera de un metro y medio cuadrado, aproximadamente. Apenas se aprecia la topografía de tanto repinte. Remarqué especialmente los límites de España: los Pirineos y Portugal, ese bellísimo país que está como detrás de un biombo, tristemente para nosotros.

No escribí el nombre de España… Resulta ser mi propio abuelo, con sus zapatillas de cuadros y esa música fusca y disonante que aún hoy trata de afinarse. La pintura de España siempre fue gris y parda, según parecer del eximio Francisco Nieva.

Presenté el cuadro al Premio de Pintura Focus Abengoa al poco de acabarlo; no lo seleccionaron. Cuando me telefonearon para que lo recogiera, me atribulé de veras, pues pintaba tanto que el piso de mis padres estaba ya impracticable; era un tiranía para la vida diaria.

Como no tenía dónde guardarlo, decidí donarlo a la prestigiosa fundación. Tras algunas consultas, la encargada de ese trámite me dijo que lo aceptaban. Después ha estado muy desvaído, casi treinta años, como el propio acordeón y el mapa de España bajo los frotes grises.

Estos días primerizos del otoño presente, cuando la llegada de Maternidad de Picasso a Focus es una marea de alborozo, me estoy sobrenostalgizando, acordándome especialmente de mi hijo, Diego Manuel, siendo pequeño: ¡desnudo y bellísimo bailarín sobre el regazo de Rosa! Se me ha enternecido el primate que me rellena y me he acordado, también mucho, de mi abuelo y su Lolilla, y de ese cuadro extraño con el que aquilaté su memoria y que no he visto desde que lo cedí hace tres décadas.

¿Qué es y será de su destino bajo los mismos artesonados que ahora cobijan la maternidad de mi tocayo -doble-, Diego y José… y Pablo Ruiz Picasso?

¡Qué dios! …Mi bisabuelo, de algún modo.

 

Diego Gadir

La Quilla

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 3:21

Cambios en San Antonio

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 2:19

Abandono

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 2:00

Tasa turística

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 1:24

A mí me parece bien que se imponga una tasa turística, no solo en las viviendas y apartamentos turísticos, también en los hoteles. Se cobra en medio mundo y en ningún lado se ha reducido el volumen de visitantes.

Asesores

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 0:22

Una pregunta tonta ¿a los asesores no les afecta la obligatoriedad de picar o firmar entrada y salida de su puesto de trabajo que decretó el Gobierno de España para todos los trabajadores? Algunos no acuden ni a la institución que les paga.

Fomento de la lectura

Fernando Santiago Muñoz | 3 de octubre de 2019 a las 0:20

Que salga el sol por donde sea

Fernando Santiago Muñoz | 2 de octubre de 2019 a las 8:54

Por más que le he prestado atención todavía no entiendo muy bien los motivos de Domingo Villero para dejar Ciudadanos. Eso de que los intereses de Ciudadanos no coinciden con los de Cádiz no sé en qué consiste. O pone un ejemplo práctico o me parece que se parece un poco al amanecer en La Caleta, no significa nada. ¿Qué no le han ayudado? Pues como a todos los concejales de todos los partidos. No hay una estructura de apoyo en ningún partido. Lo que es de traca es que renuncia a las retrubuciones a las que no tiene derecho: que renuncie a las que sí tiene derecho, entonces veremos ese amor por Cádiz. Yo cada vez que oigo a alguien que muere por Cádiz me echo la mano a la cartera. Villero contribuyó a liquidar a Juanma Pérez Dorao y María Fernández Trujillo y le han aplicado a él la misma medicina. El que a hierro mata, a hierro muere.

La Gaditana que se va

Fernando Santiago Muñoz | 2 de octubre de 2019 a las 7:19

Protestas

Fernando Santiago Muñoz | 2 de octubre de 2019 a las 7:18

Turismo, elecciones

Fernando Santiago Muñoz | 2 de octubre de 2019 a las 6:52

Mudanza en San Antonio

Fernando Santiago Muñoz | 2 de octubre de 2019 a las 2:58