La Exaltación de la Morcilla

Pepe Monforte | 11 de febrero de 2016 a las 8:43

BERNABÉ López de Gunildos no podía disimular las lágrimas. Delante del romi del cuarto baño, una de las herencias que dejó su abuela, la marquesa de Pou, ya estaba ensayando el momento. La junta de gobierno le había encargado este año, en cabildo extraordinario, la exaltación de la morcilla, uno de los sueños de cualquier poeta exaltador, que lo mismo se exalta delante de un plato de papas fritas con huevo que delante de una fuente de carne membrillo, la cosa es exaltarse. Es como si viviera permanentemente en estado de almonteño, que siempre se exaltan la reja a las tantas de la madrugá…no podían hacerlo después de almorzá, oé.

A Bernabé le encantan los ísimos. Ahí estaba delante del romy. “Excelentísimo gobernador civil, ilustrísimo Obispísimo, abigarradísimo teniente coronel de la Marina, elogiadisimas autoridades militares y civiles” decía levantando la mano en una mezcla de como si fuera a nadá patrá y la Pantoja cuando va a empezá a cantar marinero de luces.

Su currículum, con tan sólo 26 años, ocupaba ya varias páginas. Había exaltado ya a todo el mundo, hasta los semáforos se los exaltaba en rojo. Con tan sólo 14 años se exaltó…y mucho, con el que tocaba la flauta travesera en la Banda de Nuestra Señora de la Asunción. Luego vendría el pregón de la juventud, las vísperas de San Benedito, las coronas de Almibar, la Santa Berenguela, la exaltación del traje de marinero para la Primera Comunión, la exaltación de la Montilla (Moriles) y el campeonato de poesías floreadas a San Bernabé Nonato.

“Pero esto es diferente, es una gran responsabilidad. Subirse al atril, más peinao que un monaguillo de Domingo de Ramos, y cantarle a ella, a la morcilla…es que me dan ganas de repetí” dijo él, aludiendo a uno de los grandes rasgos distintivos de la morcilla…que se repite mucho.

Su madre le ponía cada día unos peazos de pringás que hasta al mantel de hule le florecían las hojas que llevaba puestas…del buen coló que tenía aquello. Mira que Bernabé era litri pa comé. Más que quería tortillitas vacias y mucho brocolí, mucho brocolí, que el decía que le ponía la piel como las fundas de los sofá de Muebles Briole.

Pero Bernabé cuando veía una pringá se metía en su papel de exaltador de la morcilla y se terminaba los cundis de a cuarto a paso horquilla.

No paraba de documentarse. Había ya conocido la untuosidad de la morcilla de hígado de Olvera, disfrutado de la elengancia y esbelta figura de la de Conil, había repetido un poquito la de Chiclana… que iba cargadita de ajo y se deleitó con la morcilla de Burgos.

Un día su primo Alejandro, el de Airbus, lo llevó a probar la morcilla lustre “para que te inspires” y la conoció pletórica en la Venta El Albero de Jeré embellecía con un poquito de cebolla partida finita y cubierta con una fritá de tomate de respeto, mientras decenas de papas fritas le cantaban por alegrías.

No le gustó la morcilla de cebolla… “más bien por la rima”, dijo Bernabé, y no sabe porqué veía una morcilla achorizá y se le aparecía Santa Rita…Barberá.

Un problema si le trajo aquella exaltación y es que con tanta probatura buscando la inspiración, el pobre Bernabé, que siempre había sido más esbelto que un colín integral, se estaba poniendo bastante morcillón… hasta el punto de que estaban a punto de proponerle también de pregonero del Lomo en Manteca de Vejer…y eso son ya palabras mayores.

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