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Las crónicas de Cádiz (Cap.91)

Hilda Martín García | 3 de marzo de 2012 a las 11:03

Resumen capítulo anterior: Al hilo del amanecer llegaron noticias de muerte. Un voluntario del retén de Puntales, tratando de huir del sofocante calor de estas noches de Agosto, fue arrastrado por la corriente del mar  hasta el baluarte de la segunda Aguada, donde uno de los soldados de guardia logró sacarlo del mar. Pese a lo cercano al hospital de la Aguada no pudo salvarse su vida

Las mañanas aún calurosas de este mes de septiembre procuramos tomar café en lo de Celis; mientras, llegan los correos de la mañana y algunos hombres deseosos de encontrar cierto protagonismo se enzarzan en cuentos y relatos que, sin saber si son ciertos o ficticios, llenan estas mañanas de cierto hastío y de pereza. Melchor Zarcos era uno de estos hombres. Recién llegado a la ciudad, estaba presuroso por contar todo lo que había acontecido en el lugar de donde procedía, Sevilla. Apenas salió de esta el día dos de este mismo mes, sin ningún tipo de trabas, había llegado a Cádiz directamente a este café, con el propósito de encontrar su momento de gloria. No era la primera vez que nos topábamos con algunos de estos personajes, e incluso, en ciertos casos, tuvimos que recurrir al comisionado de turno para que repitieran delante de las autoridades lo que contaban con tanta obviedad y que, seguramente, era de importancia para los asuntos de la guerra.

Efectivamente, Melchor empezó a dar datos y cifras sobre los destacamentos que se encontraban en la ciudad sevillana y sobre los acontecimientos que se estaban produciendo desde finales del mes de agosto en ella. Estanislao, que escribía para el Redactor General, supo enseguida por el lujo de detalles con el que contaba los hechos y la profusión de datos que aquello era importante. Fue un momento crucial en la narración de su historia cuando tanto Estanislao como yo mismo nos percatamos de que debíamos llevar a Melchor delante del Comisionado Don José Azeno. No era la primera vez que recurríamos a él. En numerosas ocasiones, fugados de tierras ocupadas se presentaban como verdaderos héroes a la espera de ser tratados como verdaderos patriotas, cuando lo más que pretendían era captar información relevante que luego llevarían al enemigo.

Sin dudarlo, en una actitud que últimamente encuentro a cada paso entre todos los que trabajamos en la redacción en la búsqueda de información para algunas de las numerosas publicaciones de la ciudad, de respeto y trabajo en equipo, llevamos a Melchor hacia el pabellón de ingenieros, donde se encontraba el Comisionado en cuestión. Se le recibió una declaración jurada en la que el susodicho contaba a pie juntillas todo lo acontecido. Nuestro rasgo de compromiso con las autoridades era premiado de inmediato, permitiéndonos estar presentes y contar, si era prudente , en la siguiente publicación la información que el sujeto relatara.

Desde finales de agosto y aún en los primeros días de septiembre han salido de Sevilla por todas las puertas posibles, unos para Llerena, otros para la serranía de Ronda, otros para los puertos y, finalmente, los jurados para Madrid. Parece que dejaron encargados de la guardia de la ciudad a los cívicos y que estos se habían negado a hacerlas.

Otra de las noticias que contaba Melchor es que en la Plaza del Salvador de Sevilla se había colgado un manifiesto, en el que se decía que al insurgente de Ballesteros le habían asesinado y que, habiendo aprisionado a su ejército, ya Andalucía estaba tranquila, sin partidas ni tropas. Parece que el duque de Dalmacia iba a reunirse con su ejército en Córdoba. Además, sabía por un compañero de viaje, Francisco Ruiz, que había huido de Baeza pero que enfermó de fiebres y se encontraba en el hospital de la Segunda Aguada en Extramuros, que habían entrado en la ciudad de Baeza más de setentas dragones con un general. Que este se había enfadado mucho, porque nadie le había recibido con los honores que le correspondían, por lo que obligó a todos los músicos de la catedral y de la iglesia de San Andrés. Una vez tocaron todo lo que el general les ordenó fueron asesinados sin piedad por los mismo dragones. Todos y cada uno de estos ejércitos están de paso para Madrid.

Los pueblos comprendidos entre Sevilla y la Carolina están haciendo gran sacrificio por el continuo aprovisionamiento de grano y de sustento para la caballería.

No pude contener mi alegría cuando en busca del comisionado llegó Fernando Iriarte. Era uno de esos hombres que desde el inicio de la guerra había permanecido atento a las necesidades de la ciudad. Fomentó y colaboró en la organización de los comisarios de barrios y desde entonces su máxima había sido perseguir a todos los traidores que deambulaban por la ciudad. Pensé en algunas ocasiones contarle todo lo que sabía de Matamoros, aunque no pude encontrar nada que tuviera la suficiente fuerza como para ponerme en contra de Carreño. Sin embargo, sin quererlo, sin sospechar que el mismo ahora ya nombrado alguacil Iriarte estuviera tras su pista, se presentaba ante mí en toda su complicada expresión aquel cubano que durante meses había aniquilado la paz de mi casa.

Una carta interceptada cerca del puente de Suazo, después de asesinar a tres dragones que la conducían, traía ahora a este hombre presuntuoso ante mí. La carta no tiene desperdicio. El General Séméllé, Jefe del Estado Mayor del Primer cuerpo del Ejército francés, en vista de las dificultades que encuentra en los pueblos para hacer frente a los arbitrios e impuestos, ha empezado a cobrar en especies. Los señores Haurie serán los encargados de almacenarlas y remitirlas a la administración, así las vaya necesitando el ejército. Estos señores se encargarán de estimar el precio de los frutos y especies hasta saldar las deudas con el Tesorero de la Prefectura. Pero lo más elocuente, lo más esclarecedor y de una brutalidad impresionante, era la posdata de la carta. Todo aquel que oculte algún producto para consumo humano o de los animales será degollado en la plaza del Arenal.

Y por si esto fuera poco, aparece una relación de nombres con los que el Prefecto de Jerez podía contar en la tierra libre de las Islas gaditanas, para que les faciliten en cualquier momento los productos que pudieran necesitar para su uso personal y que no encontrarían en la zona ocupada. He aquí que entre muchos nombres, quizás ocultos en apodos y alias, había un apellido que fue reconocido por todos, Matamoros, dando descripción explicita de su procedencia cubana y sobre todo de ser un hombre al servicio de la causa Bonapartista.

No dudé un instante en contar a Iriarte lo que María y yo habíamos encontrado en nuestra casa. Nuestras sospechas se habían cumplido. Ahora era el momento de apresarle, antes de que pudiera huir de la ciudad.

Diego de Ustáriz

Continuará

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