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Las crónicas de Cádiz (Cap. 94)

Hilda Martín García | 31 de marzo de 2012 a las 17:33

Resumen capítulo anterior: Las Cortes prosiguen con la redacción de la Constitución. En estos últimos días, la discusión se centra en lo concerniente al Rey, cuales son sus restricciones, cuales sus deberes y cuales sus obligaciones. Se hace raro escuchar hablar de un monarca ausente. Un Rey al que no sabemos que le parecerá todas estas sesiones que pretenden convertir a sus súbditos en ciudadanos.

3 de Diciembre de 1811.

Quizás han sido los escritos aparecidos en la prensa de estos días denunciando el estado de nuestros ejércitos, quizás la sensación de cansancio político que impregna la ciudad y que no interesa a los ciudadanos en estos días de invierno, o tal vez el paso de los meses, que aun trayendo noticias de triunfos no pone fin a esta guerra, lo que ha motivado que grupos de señoras y damas distinguidas de esta ciudad se preocupen de forma desinteresada por las necesidades de los soldados.

La dama del abanico. Velázquez 1635

La directora de este grupo de damas es la Marquesa de Villafranca, siguiéndole en su cargo la Marquesa de Casa Rábago. Las secretarias, Doña María Loreto Figueroa y Doña María Gertrudis de Carasa. La tesorera, la Condesa Casa Sarria. Doña Gerónima Montero es la encargada de los depósitos de materiales y efectos. La señora Morales Carvajal es la depositaria del vestuario y demás prendas, mientras que de los donativos se encarga Doña Nicolasa Sarria de Hidalgo.

El Supremo Consejo de Regencia es conocedor de la necesidad de estas mujeres y aprecia su trabajo y su esfuerzo hasta tal punto que se han nombrado Comisarias de barrio. Mi querida María se ocupa de organizar a estas señoras que desde cada uno de sus barrios procuran el abastecimiento y los recursos que necesitan en el frente.

En el barrio de las Angustias, Doña María del Carmen Moreno y Doña Rita Torrenueva. En el barrio de Rosario, Doña Joaquina Iglesias y Doña Antonia Darrac. En Cunas, Doña María Ignacia Valiente de Zaldo y Doña María de las Nieves Renteria de la Torre. En la Viña, Doña Josefa Astrón de Galiano y Doña María Josefa Hinojosa de Carrasco. En el de Candelaria, Doña Josefa de Santibáñez y Doña María de la Cruz Mora de Cosío. En San Antonio, Doña María Josefa Santa María de Micheo y Doña Josefa Micheo de Sesma. En Bendición de Dios, Doña Tomasa Marzo de Meléndez y Doña María León Parte Arroyo. En el barrio del Pilar, Doña María Morando de Campana y Doña Margarita Gómez de Orcullo. En el Nuevo de Santa Cruz, la Duquesa de Rivas y Doña María de la Paz María. En el barrio de Santiago, Doña María Teresa Vaquero de Castroferrer y Doña Ana González de Romero. En San Felipe, la Condesa de Villamonte y Doña Manuela Castañeda de Esquivil. En el del Ave María, la señora Doña Francisca de Delavill y Doña Manuela Ley de Izquierdo. Santa María, a cargo de la Marquesa de los Álamos y Doña Juana Ventura de Lila. En San Roque y el barrio del Boquete, con Doña María Felipa de Lila y la Marquesa de Ussev. En el barrio de Mundo Nuevo, las damas a su cargo son Doña Clara Madariaga y Doña María Petra Águila de Vázquez. El de la Cruz de la Verdad, en manos de Doña Catalina Ureta de Vera y Doña Antonia Manjón de Barreiro. El de San Lorenzo, llevado por las damas Doña Justa de Gusema, la Marquesa de Tabolosos, Doña Rita Letona y Víctor y la Marquesa de Sales. En la zona del barrio de Capuchinos, Doña María del Rosario Gregorio y Doña María Dolores Peña de Castañino.

Mujeres que han abandonado en nombre de su patriotismo sus quehaceres diarios. Muchas de ellas ocupaban sus tardes en las tertulias de algunas de las pastelerías de la ciudad, paseando en las horas en que el sol hace brillas la arboleda de la plaza de San Antonio, o compareciendo a las obras teatrales que no cesan pese a la guerra. Al verlas, apenas amanecido, con el aire frío del norte que arremete en estos días contra las torres vigías, no tengo más que pensar en sus ademanes de dama, en sus hermosos vestidos, sus sombreros repletos de encajes y pequeñas plumas, sus abanicos colgados del cinto de sus mangas en espera del lugar cálido donde poder ser abierto y apreciado en sus hermosas hechuras.

Como dice María, es importante que sean nombres de mujer quienes aparezcan al frente de las comisarias. Ciertamente lo es, esta ciudad es pionera en muchas cosas, pero sobre todo lo es en esto. No me imagino ningún otro lugar en el mundo capaz de vivir tan intensamente mientras que el país se debate por expulsar a los usurpadores.

Está a punto de acabar este frío martes de diciembre, tranquilo a pesar de los bombardeos que afectan sobre todo a la zona de extramuros. Eduardo crece al compás del sonido de los obuses, al ritmo también de los tambores de los voluntarios distinguidos, de las cornetas de los restos de cuerpos de ejércitos extranjeros, y crece desde luego entre los cuentos y las historias lúcidas e inteligentes de quien piensa que educar es la mejor de las soluciones, María.

Son días de graves discusiones políticas; las Cortes grandes del Oratorio y las chicas del café Apolo son un hervidero de soluciones y apuestas por un orden nuevo. María reniega una y otra vez de que ninguna mujer sea admitida en las sesiones y se rebela contra las únicas armas de las que puede disponer, la aguja, los hilos y los lienzos de tela. Entonces piensa en aquellas mujeres de Zaragoza, de Gerona, de Madrid, esas mujeres que llenaron sus manos del calor del plomo enrojecido. Verdaderamente estas mujeres son distintas, son hermosas mujeres capaces de tener en una sola alma los dos aspectos de las féminas en momentos de guerra. La capacidad de alentar a la lucha, de colocar las piedras de la Cortadura, de preparar lienzos para los hospitales, de coser las raídas camisas de los muchachos desnudos, pero también de arremeter a cuchilladas con quien se ponga delante. Dónde estará Carmela, aquella mujer hermosa que arrancó con sus brazos lánguidos y lascivos mi vida de la muerte.

  • ignacio

    El libro cuándo?? Ha sido un acierto este serial, creo que es lo que más ha transcendido a nivel ciudadano.