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Las crónicas de Cádiz (Cap. 95)

Hilda Martín García | 17 de abril de 2012 a las 10:36

Resumen capítulo anterior: Son días de graves discusiones políticas; las Cortes grandes del Oratorio y las chicas del café Apolo son un hervidero de soluciones y apuestas por un orden nuevo. María reniega una y otra vez contra la nula participación de las mujeres y se rebela en las tertulias y en los talleres con las únicas armas de las que puede disponer, la aguja, los hilos, los lienzos de tela y las palabras.

Cádiz 4 de Enero de 1812.
Hoy, un sábado frio de este incipiente mes de Enero, hay movimiento en las calles más comerciales de la ciudad. Es vísperas de la noche de Reyes Magos, ni siquiera el sometimiento de la patria a los ejércitos franceses, ha acabado con los deseos de la gente pudiente de hacerse con el último juguete, con el más novedoso de los inventos para obsequiar a los también pudientes hijos.
Me pregunto por el dolor de las familias en las tierras ocupadas. La profunda tristeza de las madres viudas y sin hijos sentados en la mesa. El enorme vacio de las lonjas de pescado del Puerto. Las huertas esquilmadas de Rota. Los vacios toneles de vino de la comarca de Jerez. La ausencia de los productos americanos llegados a Cádiz en el interior de la misma sierra, en el interior del corazón de la misma España. Que clase de Navidad puede vivir un país en guerra. Hay un profundo olor a muerte y violación que navega entre las aguas de los ríos. Soy capaz de asomarme a la balaustrada de esta Alameda, húmeda y mojada por la frialdad de la noche, y oler la escaramuza de la muerte desembocando en Sanlúcar. Trayendo sus aires pestilentes desde aquellos hermosos parajes de la sierra de Quesada, atravesando y llevando por delante las tripas rotas y la sangre mustia de los caídos en Andalucía.
Creo que incluso el frio ha mermado la ofensiva francesa desde el otro lado de la bahía. Debe ser difícil entender el inútil daño que causa tanto trabajo empleado en la destrucción de las defensas gaditana, que no sirve para nada. Apenas son las doce del mediodía, las campanas del Carmen tocan al Ángelus y las preciosas gaditanas de pies menudos, sumergidas en las entretelas de sus capas, se disponen presurosas a participar en la oración matutina. La ciudad está en calma, solo el sonido de los aguadores y de los carruajes acompasan al tañer de las campanas. El puerto repleto de barcos que esperan que el tiempo mejore para hacerse a la mar. La plaza de San Juan de Dios, corredera de las Águilas, llena de productos para mercadear. Los marineros en tierra, se entretienen en las cantinas cercanas al muelle, mientras deambulan por las calles los corredores de negocios, en busca de mercancías que comerciar y viajeros que llevar a otras tierras.
Tenía que pasarme por la casa de los filipenses, ahora convertida en sede de las Cortes constituyentes. Los diarios de sesiones, se escriben de forma simultánea a las mismas, pero al final de las mismas la recopilación de datos, el nombre de los oradores y sus discursos deben ser revisados y corregidos de otra forma llegarían a mezclarse y confundirse si no fuera por esa revisión final.
Se están discutiendo los artículos correspondientes a las reformas que tendrán lugar en la Regencia, número de consejeros, operaciones militares, junta de ministros, la hacienda, la confiscación de bienes, justicia, audiencias, contadurías. Un sinfín de cuestiones que interrumpen de una manera o de otra el verdadero sentido de estas reuniones, la redacción de los capítulos que configurará la constitución. Son muchas decisiones, quizás hacen verdadera falta tomarlas, pero desde luego al pueblo de Cádiz le interesa sobre todo el día a día, el final de la guerra y que vuelva el Rey. Aunque eso sí, no podemos negar que la guerra parece algo tan lejano, que la rutina de la vida en estas calles, parece envolverlo todo aunque esta ciudad gaditana parece que se encuentre por encima de todos los males que acechan a la patria.
Prueba de esto es el teatro, es cierto que se abrió con el firme propósito de contribuir en beneficio del ejército. Una decisión que no a todos gusto sobre todo porque en tiempos difíciles de muerte y desolación no logra entenderse por muchos esa falta de solidaridad. Sin embargo, la idea de que los soldados fueran los beneficiarios, hacía la idea de la función diaria menos mezquina y despreciable como a muchos les parecía. Hoy criticado por muchos, por no estar bien servido, impropios y deteriorados los decorados, sucios y ajados los cortinajes, falta de aceites en las lámparas, asientos tomados desde primeras horas por mocosos a los que cuesta levantar e incluso lleno de actrices tan feas y poco agraciadas que es difícil terminar de ver la obra sin salir corriendo.
Pero sin duda, el resultado de lo obtenido gracias a estas funciones ha sido importante, sesenta y seis mil quinientos setenta y tres reales. Con parte de este dinero se ha enviado a los soldados de la Isla de León, la cantidad de dos mil pares de zapatos, por un valor de treinta y tres mil reales. Supongo que en breve se nos comunicara a los redactores en que se ha gastado el resto.

Cádiz
6 de Enero de 1812
A las doce de esta mañana de lunes, en la capilla del Hospital de mujeres, se ha celebrado el jubileo por la adoración de los reyes magos. Hemos llevado a Eduardo a ver el hermoso Belén que expuesto desde el pasado día 24 de Diciembre permanece en el patio del edificio. María a la que trae sus pasos altruistas y benéficos a menudo, conoce bien a estas mujeres que con paciencia y en espera de ser madres, solas y abatidas, han hecho un trabajo hermoso, representado el auto sacramental y poniendo a disposición de quienes quiera verlo este hermoso misterio de procedencia Napolitana.

Diego de Ustáriz
Continuará

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