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Las crónicas de Cádiz (Cap.96)

Hilda Martín García | 21 de abril de 2012 a las 16:24

Resumen capítulo anterior: Apenas son las doce del mediodía, las campanas del Carmen tocan al Ángelus y las preciosas gaditanas de pies menudos, sumergidas en las entretelas de sus capas, se disponen presurosas a participar en la oración matutina. La ciudad está en calma, solo la voz de los aguadores y el paso de los carruajes acompasan al tañer de las campanas.

Cádiz 1 de Febrero de 1812.
“Podía verse el cielo desde las rendijas del techo. Un frio intenso penetraba por las ventanas sin vidrios ni postigos, mientras que el suelo de la choza frio y húmedo comenzaba a helarse. Los bolsillos vacios y en una espera perpetua de ser depositario de algún cuarto. Tan vacio como el estomago de viandas y el cuerpo de abrigo.
No hay noche en la que no muera uno de los nuestros de frio, hiela tanto en estas tierras del norte de España que las familias se ven obligadas por la falta de mantas y cobertores a dormir juntas y apretadas, pegadas a las fogatas que con los bálagos de las cabañas improvisamos.

Plano del Monasterio de San Blas. 1750 AGS

Urge que volvamos a los cuarteles de invierno de los pueblos cercanos, huyendo de los lugares donde las tropas no presentan recursos para soportar este duro invierno, sin dinero para avituallar a los soldados, pagando el pan a precio de oro y estando tan apurada la frontera de España.
La muerte está presente en los campos cubiertos de nieve. Y aunque el olor putrefacto se esconda en la helada escarcha que cubre la tierra, estamos aterrorizados y cansados. Nuestros pies desnudos, se tiñen del negro de la gangrena y ya no entendemos de España o de Francia, ni de fronteras o de enemigos, queremos volver a casa y descansar junto a la tibia piel de nuestras esposas y de nuestros hijos.”
Esteban. Enero de 1812
Escribo en mi diario estas duras líneas del diario de otro hombre que lucha contra la desesperación del hambre y del frio. Quizás, en este momento su lucha haya terminado y haya encontrado la paz en la calidez de la muerte. Esteban, no sé nada más que su nombre, escrito en la esquina marchita de una hoja arrugada entre los cientos de papeles que llegan a diario en las valijas que traen noticias del resto del país.

Plano del entorno donde se ubica Ciudad Rodrigo durante el asedio. 1811 AGS

Las cosas no mejoran para los ejércitos. A finales de 1811, la lucha de Suchet en Sagunto contra Blake y la toma de Valencia. El sitio de Tarifa, las escaramuzas en Mérida, se han complicado con la retirada de las fuerzas de Wellington a la frontera norte portuguesa. Duro invierno que junto a las enfermedades paralizan a estos hombres valientes cuyo pésimo estado impide la toma de Ciudad Rodrigo.
Todos conocen la decisión tomada por Napoleón de retirar tropas de España para la campaña de Rusia, esto está motivando el deseo de reconstruir los ejércitos, de recobrar la energía. Es en este punto en el que Wellington, con su artillería pesada en el valle del Duero, preparó a principios de este mes de Enero, siete divisiones del ejército angloportugués concentrándolos en las orillas del Águeda. Desde 8 de Enero, ha comenzado el sitio de Ciudad Rodrigo. La artillería pesada, el cuerpo de ingenieros y todos los demás cuerpos, se concentraron en los alrededores de la ciudad salmantina.
Ciudad Rodrigo es la puerta de España por Portugal y recuperarla en pleno invierno, es una proeza que no pensamos posible, de la misma forma que no debieron creerlo los franceses. Y así ha sido, apenas hace unos días que llegaron los documentos y publicaciones de la conquista de Ciudad Rodrigo, un triunfo el 21 de Enero para ingleses y portugueses, que se dedicaron en los días sucesivos a cometes actos salvajes contra la población civil de la zona que no sabe si alegrarse por el triunfo de los aliados o arrepentirse por siempre de no haber seguido bajo dominio galo.

Plano del arsenal de Ciudad Rodrigo. 1800 AGS

Más de mil prisioneros franceses y más de mil muertos aliados, la ruta hacía el sur ha quedado abierta. Las pretensiones de Wellington de continuar hacía Badajoz para controlar el acceso a España por el sur de Portugal puede suponer la entrada a Andalucía, para lo que sería necesario aislar el ejercito de Soult, del de Marmont.
Es curioso tener noticias recientes de hechos ocurridos durante el mes de Enero y ver la llegada a la ciudad de algunos de los protagonistas de los acontecimientos narrados. El día 29 y después de la lectura del acta del día anterior, un oficio del jefe del Estado Mayor General comunica a los presentes en el Oratorio, la llegada a la ciudad del general Castaños, Miguel de Álava, ayudante general del estado Mayor, con la noticia oficial de la toma de Ciudad Rodrigo.
Allí estábamos en la pequeña tribuna acondicionada en una de las capillas del templo, los redactores de la prensa gaditana. Miguel de Álava se asoma a la barandilla del salón de sesiones, y relata los pormenores de la toma de la ciudad salmantina. Fue un momento emocionante, donde se confundieron la pasión del patriotismo por el triunfo con la tristeza implacable de los que muchas ya sabíamos pero que Don Miguel no se ha atrevido a contar, el abuso de poder de las fuerzas aliadas y la violencia con que se mostro a un pueblo ya hastiado y cansado de guerra.
Arguelles, aún conocedor de estas atrocidades, sabe como lo sabemos todos que es imposible ahora prescindir de estas fuerzas y en honor de aquellos caídos, decretas acción de gracias al general Lord Wellington, a la oficialidad y a sus tropas. Uno aprende a tragar de una sola vez los hechos que pueden afligir a los ciudadanos y trocar en marchas y cantos heroicos el más terrible de los comportamientos. La verdad de lo ocurrido perdurará en los escritos de Policarpio Anzano, quien narra de manera magistral las vivencias de aquellos hombres en los días primeros del sitio y la posterior ocupación.
Y hoy, primero de este mes de febrero, ya posee entre sus tesoros el titulo de grande de España y Duque de Ciudad Rodrigo el gran Wellington.
Ahora queda contar las batallas, las anécdotas y circunstancias que lleven a ser considerados héroes a unos y otros. Queda contar lo que los franceses han dejado en Ciudad Rodrigo a su huida, ciento cincuenta cañones de varios calibres, ocho mil trescientos fusiles, cincuenta barriles de pólvora.

Diego de Ustáriz
Continuará