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Las crónicas de Cádiz (Cap.97)

Hilda Martín García | 28 de abril de 2012 a las 9:34

Resumen capítulo anterior: la muerte está presente en los campos cubiertos de nieve. Y aunque el olor putrefacto se esconda en la helada escarcha que cubre la tierra, estamos aterrorizados y cansados. Nuestros pies desnudos, se tiñen del negro de la gangrena y ya no entendemos de España o de Francia .

Cádiz 15 de febrero de 1812

La ciudad se prepara para la promulgación de la Constitución prácticamente concluida. Las calles están a rebosar, y apenas a pesar de la frialdad de la mañana, puede uno caminar sin tropezar con los cientos de hombres de todas las partes del mundo que se aglutinan en Cádiz.

Tengo unos enormes deseos de que todo se acabe, que las tropas abandonen la ciudad, que quede liberada esta España maltrecha y podamos volver a casa.

La fuente del pozo de la Jara, parece multiplicar el agua, por la cantidad de aguadores que en un trajín continuo acarrean agua hacía las viviendas que a rebosar de habitantes que duplican y triplican el consumo de agua. Ahora que hasta en las azoteas se han construidos barracas donde acoger a los forasteros y huidizos de la guerra, subir las pipas o cántaros de agua escaleras arriba se ha convertido en uno de los empleos más solicitados por los ciudadanos.

El pozo de la Jara, que recibe el nombre del campo donde se asentó está plaza donde me encuentro, de San Antonio, suponía prácticamente el centro neurálgico de una gran extensión de tierra que iba desde las tapias del convento de San Francisco al de Capuchinos. Algunos viejos de esta ciudad, cuentan como su nombre se debía a la exuberante vegetación que se daba en este lugar, grandiosos retamales, arbustos y matas a los que se conocían como jaras. Cuentan también los mismos viejos, que junto a este Campo de la Jara se daban buenas suertes de viñas y huertas, que no lograron sobrevivir a la arena que se amontaban en los cultivos por el fuerte viento de levante.

El café de Apolo abría sus puertas, mientras yo permanecía sentado en uno de estos bancos que rodean la plaza y que los arboles desnudos que en verano dan sombra, apenas logran protegerse así mismo del crudo invierno. Las Cortes chicas, como aquí llaman al café, insisten en adelantarse a las sesiones de las grandes, no permitiendo la sorpresa del momento. La iglesia en obra, sin terminar, por los asuntos de la guerra, evita la luz directa al pozo donde el aguador con su bolsita de anís no le falta trabajo. Y no era el único pozo este de la Jara, en esta zona gaditana, pero todos coinciden que el de agua más pura procedente de sudaderos de la tierra. El agua recogida en este pozo y en algunos otros, es el que se lleva en los barcos de la Armada a las Indias, prueba según los ciudadanos de la pureza de la misma, es que se conservaba durante la navegación con toda esa pureza.

Anoto en mi diario, con la emoción que me provoca escribir lo que alguien cuenta con el convencimiento de ser una verdad absoluta, aquella historia de Celis sobre las bondades del agua de este pozo de la Jara y la adoración que las mujeres indianas sienten por ella. Celis, describía, como no se corrompía al tercer día ni se llenaba de gusanos. Cuando se envasaba en pipas para la navegación esta agua de Cádiz, el mar hace en ella la operación y sentimiento que en todas las demás aguas que se llevan para aguaje, que es rebotarse o como adolecer de su primitivo y natural gusto. Pero luego, continúa Celis, esta agua, vuelve a tener su sabor original adelgazándose y sanándose quedando clara y delgada hasta tal punto que la esperan en los puertos americanos las damas indianas para los enfermos y para el cuidado de su rostro.

Cuando he presenciado la llegada de barcos desde el Puerto de Santa María repletos de pipas de agua, a inicios del siglo cuando la epidemia de fiebre amarilla, me preguntaba la razón por la que desde este pozo de la Jara no se había hecho un caño hasta la plaza más concurrida por los aguadores, el lugar donde más peticiones de agua había a cada instante, para los barcos y para adecentar los puestos y las tablas del mercado. Ahora que con el asedio las pipas de agua no vienen desde el Puerto, es más bien desde la Isla de León donde se surten los aguadores, hubiera estado bien contar con este punto de agua en la ciudad.

Algunos hombres ilustrados de esta maravillosa ciudad de Cádiz, cuentan que a mitad del siglo XVII, el Cabildo acordó que en la plaza pública de la Corredera, se pusiese una fuente con pilas y caños para que todos se proveyesen de agua. La conducción se haría a través de un caño que atravesaría los terrenos de Francisco Polanco. Pero Betancourt, capitán y regidor municipal se negó en rotundo, por el trabajo y el coste que le había supuesto el construir el de la Jara. Y con esto, se acabo con la posibilidad de llevar agua hasta la cercanía de los muelles. Hoy, hay agua cerca del mercado, que llega desde el convento de La Merced y aunque el agua no es del gusto de los gaditanos para beberla, si lo es para uso de lavados, para los animales, o como dicen algunos hombres maliciosos, para que la beba gente pobre. Lo cierto que es esta agua, cuando no la misma de la mar, la que se usa para la higiene de la ciudad.

Mientras reflejaba estos pensamientos en mi diario, y me colgaba en el recuerdo de tantas historias, la ciudad viva y plena se me antojaba más llena que nunca de bullicio y jaleo. Prácticamente el texto constitucional está listo a día de hoy aunque se siguen debatiendo artículos, capítulos y leves modificaciones para la impresión, discutiéndose en estos días el modo en que será publicada.

Diego de Ustáriz

Continuará

 

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