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Las crónicas de Cádiz (Cap.98)

Hilda Martín García | 5 de mayo de 2012 a las 9:02

Resumen capítulo anterior: La ciudad se prepara para la promulgación de la Constitución prácticamente concluida. Las calles están a rebosar, y a pesar de la frialdad de la mañana, apenas puede uno caminar sin tropezar con los cientos de hombres de todas las partes del mundo que se aglutinan en Cádiz. Tengo unos enormes deseos de que todo se acabe, que quede liberada esta España maltrecha y podamos volver a casa.

Cádiz, 2 de Marzo de 1812

Hay pocas cosas de esta ciudad que no hayan sido contempladas por mis ojos y descritos por mi memoria en estas hojas de mi diario. La vi hundida entre los garfios de la peste a principios de esta centuria. La he visto con los ojos de un preso y de un marido solitario que esperaba fielmente a su compañera. La he visto desplegarse con toda la fuerza de una mujer indómita detrás de cada baluarte, detrás de cada cortina y revellín de la muralla, con un semblante siempre alegre y lleno de la plenitud de una luz única. La he sentido triste por el dolor que provoca la muerte, tibia de la melancolía producida por los hijos ausentes y por los hombres que jamás regresaran. La he comprendido en toda la extensión de su bahía, más allá incluso por el vendaval y el arrecife, entendiendo su porte lascivo y lujoso en tiempos de guerra, una guerra que contempla distante desde las garitas de su Alameda. Pero puedo decir más, también se me ha insinuado desde el otro lado, desde el lado del enemigo, el de los esteros sitiados, el de las marismas fangosas protectoras, el del puente de Suazo que los frena.

La visión del cielo cortado por la iglesia Mayor desde Santa Ana, fue mi motivación diaria para acudir a la ermita con fray Damián, el único vestigio de la vida en libertad que tuve. Desde el Puerto de Santa María, he visto las nubes sinuosas enredadas en las espadañas con olor a América, del Carmen. Y el sinuoso perfil de Santa Catalina y San Sebastián desde el horizonte arrebatando al aire el mismo aire que llega a América.

He presentido que su mar que la ampara y protege es el que le da la vida. Y conservo fijado en mis sentidos, el olor, el color y el sonido que a raudales estiban los gallegos de los barcos. Que presurosos corren casi a volandas por el muelle hasta la Corredera, poblando las tablas de suculentos manjares, de bellísimos pájaros exóticos, de perfumadas henna y volátiles especias.

He escrito sobre los vientos, porque es difícil obviarlo en esta ciudad presa del levante. De las torres vigías que en silencio otean el horizonte sigilosas pero atentas. De las flores y las plantas llegadas de tierras lejanas, pintadas con las manos primorosas de Mutis. De los certeros inventos médicos y las arriesgadas operaciones de los cirujanos de la Armada. También del suelo que piso a cada instante, de sus calles pavimentadas y sus limpias aceras. De las casas primorosas con patios que cubren los aljibes secretos. Las maravillosas casas de Cádiz, rotundas mostrando su perfil como un yeso pintado sobre las aguas. Las pequeñas calles, un tanto oscura y húmedas que apuntan a la verdadera entrada de esta ciudad, la puerta del Mar.

Pero, lo que sin duda perdurara en el tiempo, es cuanto he escrito de sus hombres y mujeres. De la capacidad para realizar un cambio convulsivo y sin cuartel al modo de los grandes de Filadelfia y de Paris. A regañadientes, la España se desmiembra y mutilada lucha por expulsar a los invasores.

Desde aquí, sentada junto al huerto de los Descalzos, cuando las Cortes han terminado la redacción de la Carta Magna, ahora pendiente de un hilo de ser impresa, siento estar metido en un círculo macabro e inaudito, ser testigo de la vuelta de un Rey que aunque deseado, pueda ratificar o no hacerlo el enorme cambio dado.

No soy solo yo quien se pregunta si el monarca esta enterado de cuantas reformas se están produciendo en esta parte libre de España. No solo yo quien lee con estupor en los periódicos más conservadores, la desconfianza en esta Constitución que tienen los absolutistas y su interés en que a la vuelta del Borbón todo quede en un mal intento, hombres reaccionarios e iracundos incapaces de asumir el cambio. Deberían estar acostumbrados a las idas y venidas de ideas esplendorosas y a veces nocivas a esta ciudad atlántica. Tengo claro, idea que he compartido en ocasiones con Quintana, que es el mar la única y magnifica apuesta de esta ciudad. Intuyo de igual forma, que de proseguir los movimientos independentistas americanos, la historia cambiará los designios de esta urbe. Otro será el punto de partida en la búsqueda de la riqueza, y esta ciudad, llena de la fuerza del reflejo del sol que da una luz única, desaparecerá entre las olas.

Ciertamente, me he propuesto dejar mi diario, acabar justo en el momento en que se anuncia la separación de poderes y un deseo de felicidad para todos los hombres. Por mucho que Muñoz Torrero se empecine en colocar el nombre del Rey y de la Monarquía junto al de la Constitución, para justificar tanto cambio, quizás por temor a que la vuelta del Rey ausente tome represalias con aquellos que han legislado en su contra.

Están fijados los días de ceremonia para leer, jurar y firmar la Constitución, el 18 y 19 del corriente, en presencia de todos los diputados. Ahora queda imprimirla, tal es el procedimiento de complicado, que se ha formado una comisión para hacerlo del modo debido. Puede parecernos un gesto burocrático sin importancia, sin embargo, es de suma importancia cada palabra, cada frase, cada elocuente gesto en su lectura. No puede dejarse nada al azar.

No puedo cerrar mi diario esta noche sin escribir las quejas de un grupo de mujeres encabezadas por Margarita de Morla y a las que sigue entre otras mi esposa María, por el rechazo absoluto de estos hombres que se llaman así mismos liberales, a que entren las mujeres en San Felipe. Ha sido una petición constante e invariable en estos últimos meses, sin embargo, ahora, que parece terminado el texto definitivo, pretenden ser escuchadas.

Diego de Ustáriz

Continuará

  • Manuel Barroso

    Felicidades Hilda por el gran trabajo que estas haciendo.
    Un isleño de Badalona.

  • hilda

    gracias por vuestro apoyo.