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Las crónicas de Cádiz (Cap. 99)

Hilda Martín García | 14 de mayo de 2012 a las 12:49

Resumen capítulo anterior: De proseguir los movimientos independentistas americanos, la historia cambiará los designios de esta ciudad de Cádiz. Otro será el punto de partida en la búsqueda de la riqueza, y esta ciudad, llena del reflejo del sol que da una luz única, desaparecerá entre las olas. Entonces, una nueva ciudad, se hará con la riqueza y el dominio.

Cádiz 14 de Marzo de 1812
Se ha señalado el día 18 a la una de la tarde, por las Cortes Generales y Extraordinarias el momento para presentar a la Regencia la Constitución política de la Monarquía Española. Doce hombres a los que se les deberá hacer los honores de Majestad. La Regencia, deberá tener preparado tres coches para el traslado de dicha Constitución al palacio y su regreso al lugar donde se reúnen las Cortes. Los doce diputados irán acompañados por el Oficial Mayor, partida de Guardias de Corps, caballerizo de campo y el correo de caballerizas. El ritual, era el mismo que se usa cuando se acompaña al monarca.
Colocar en las puertas, en los lugares más visibles donde todos puedan verlo, todo el ceremonial del juramento, de una Constitución ya sancionada que necesita sin apartarse de la sencillez desde luego algo digno de recordarse.
El día 19 de Marzo es la fecha escogida, aniversario en que el monarca Carlos IV dejo a su hijo Fernando la corona, es una fecha perfecta para la renovación de los ideales políticos.

El eco de las buenas noticias de lo que pronto va a acontecer en la ciudad, ha debido llegar a los franceses que han hecho publico en Jerez la práctica destrucción de la ciudad gaditana por parte de las bombas francesas. Efectivamente, han hecho creer a la población jerezana que el bombeo de estos días ha destruido el lienzo de la muralla frente a la Aduana, así mismo las casas del Consulado y el mismo hospital de San Juan de Dios. EL resultado, la muerte de los enfermos que allí se encontraban en ese momento postrado. Esta es la propaganda errónea de los franceses, que indignados por la falta de daño que provocan sus municiones e irritados por la algarabía que se anuncia en la ciudad con motivo del juramento, solo pueden inventar el modo de hundir la moral de los españoles.

Paseo a pesar que el tiempo empeora por momentos, desde el puerto de la aduana a las puertas del Mar, y atravesando Santiago y los cuarteles de Santa Elena hasta la Punta de la Vaca y la batería del Romano. Siento que hay un tiempo que se agota en mis alforjas, un tiempo que pide la tregua del espacio. Hay una necesidad en mí de despedirme. Ando preso de una nostalgia infinita que el mar que se embravece no mitiga. Conforme me aproximo a las aguadas, el número de barcas disminuye y el peligro se acrecienta. Al fondo del arco que forman los espaldones de entrenamiento de los artilleros se aprecia el Puntal y apenas unas varas el color incluso de los uniformes franceses.

No se quien tiene en cuenta a la gente de los extramuros, que entre pequeños huertos, corrales y escombros de las barracas destruidas, luchan sin tregua desde las baterías. La construcción de la Cortadura de San Fernando prácticamente está parada, parece que la dificultad del ejército enemigo para superar el bastión de Suazo, ha relajado los ánimos de los hombres que en un alarde de desmesurado patriotismo, han logrado convertir aquellas garitas de los Castillejos en una importante defensa.

Sus uniformes vistosos, por cuyos colores han recibido el nombre de lechuginos , les hace destacar de entre todos los soldados que se encuentran en esta ciudad. Las huertas del Obispo las del convento de Santo Domingo y las zonas de vides están llenas de jaramagos, matorrales y malas hierbas. Es imposible dedicarse al cultivo, muy dificultoso trabajar en las fabricas de almidón e incluso practicar tiro en el espaldón de los fuertes o baterías. El fuego es continuo y cuanto más conoce el enemigo del juramento de la Constitución, más arrecia en su furia desde la costa puertorrealeña. Más destrozos, muertes y heridos ocasionan en la zona del Romano y de las Aguadas, y sobre todo, en las barracas de madera que se sitúan en la ensenada del Puntal. Es curioso como han asumido la defensa estos lechuginos y perejiles, que aún acostumbrados a quehaceres más domésticos, continúan sin tregua en la defensa de la ciudad gaditana. Quizás sea su valor y la austera vida que llevan la que haya provocado la tranquilidad suficiente en esta zona entre murallas, para que puedan reunirse y hablar de política. Su reconocimiento está presente en la prensa diaria, haciendo mención a los hombres que caen cada día a pie de playa.

Los días empiezan a ser más largos y ese retraso en la marcha del sol, llena las calles de gente deseosa de paseo. La Junta de Fortificaciones tiene preparado dividir en cuadriculas el barrio en torno a la parroquia, pero los asuntos de la guerra hoy lo superan todo. Todo tendrá que esperar y las construcciones de madera, las barracas, todo efímero por cuestiones de la guerra, ocupan la mayoría de las tierras. Al caer la tarde, las puertas de Tierra se cierran, y los habitantes de extramuros quedan incomunicados, a su suerte, a la posibilidad del saqueo y de la muerte. Aislados, el tañer de las nuevas campanas de la parroquia de San José, acompañan su vigilia, ante los ataques sin tregua franceses. Aislados, aunque el arrecife del Blanco prosiga abierto a la muerte insistente de quien pretende instalarse en el nuevo cementerio. Solos, frente al absoluto empacho de ocio, moda, productos y periódicos que invade la ciudad fortificada.

Me hubiera gustado pasear con María en la zona cercana a los Castillejos, contemplar el mar desde lo alto de este nuevo lienzo y observar el horizonte de hierro que pretende cercar el mar. LLevar junto a la laguna que se forma al final del arrecife nuevo, a Eduardo. Y desde allí, contemplar el saco de la bahía y tomar aquel pequeño barco que nos llevara a una Isla de León pacificada, a un Puerto Real desocupado.

Diego de Ustáriz
Continuará

  • carolina

    Felicitaciones Hilda por tu trabajo. Ha sido realmente un placer comtemplar a través de los “ojos” de Diego la vida diaria de este período de la historia.