Las crónicas de Cádiz » Hilda Martín García

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Las crónicas de Cádiz (Cap. 40)

Hilda Martín García | 2 de octubre de 2010 a las 18:36

Resumen capítulo anterior: Ante Diego de Ustáriz, se presenta Fray Damián, confesor de enfermos y prisioneros. El fraile que ha descubierto a través de las hojas de su diario las dotes de Diego como escritor y relator de los acontecimientos de la guerra, le obliga a cambio de su silencio a escribir panfletos subversivos contra el enemigo.

SOBRE una hoja blanca e infinitamente libre de palabras, pude escribir a María una carta llena de nostalgia y de amor. Se me antojó el papel más hermoso en el que nunca hubiera escrito las letras más intensas que mi corazón era capaz de redactar. Un nudo se me agolpaba en la garganta, desde el mismo momento en que la monja trajo hasta mí este trozo de papel inmaculado, desde que me apartó hacia una de las salas que se usaban para las amputaciones con la excusa de que la limpiara, para dejarme solo una vez allí, advirtiéndome que únicamente tenía unos minutos hasta que cambiara la guardia, tiempo en el que debía escribir la carta tan deseada y dársela para que pudiera salir esa misma noche hacía Cádiz. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 39)

Hilda Martín García | 20 de septiembre de 2010 a las 18:35

Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz se ha convertido en escritor de cartas y confesor de los secretos de los hombres que presos añoran volver a la España libre. Cada historia que escribe, como la de los artilleros de la armada, son historias llenas de dureza y dramatismo, escenas comunes de la guerra. Los días pasan y la falta de noticias le hace perder sus fuerzas.

DOS onzas de tocino, cuatro de arroz, algo de menestra y a falta de tocino menudo o despojos era nuestra comida, la misma que la de los soldados rasos franceses, una al mediodía y la otra al atardecer. Nos despertábamos a golpe de diana y el toque de retreta lanzaba a los soldados hacia sus tiendas mientras que nosotros, que andábamos en una situación mezcla de presos y trabajadores, éramos puestos en filas para el recuento y llevados a las salas del hospital improvisado. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 38)

Hilda Martín García | 20 de septiembre de 2010 a las 18:34

Resumen capítulo anterior: La fiebre producida por la disentería y la infección de las heridas, es confundida con los síntomas de la fiebre amarilla. Diego, enfermo y débil, logra a duras penas poder escribir sobre los tristes días que está viviendo en compañía de otros presos heridos españoles.

ESCRIBÍA a Blas, malagueño y artillero de Marina del ejército de Andalucía, una carta concisa pero dura y rotunda para su paisano, un tambor del ejército combinado de Aragón; su paisano, del que no tenía noticias desde que cayó preso tras la batalla de Ocaña. Necesitaba contar en líneas finas y rectas lo torcido del discurrir de la guerra, y no encontraba mejor forma que la de transcribir a pie juntillas los relatos, a veces crueles pero siempre curiosos, de los protagonistas de la guerra. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 37)

Hilda Martín García | 14 de septiembre de 2010 a las 18:32

Resumen capítulo anterior: En el hospital provisional del pinar al que llaman de los franceses, Diego de Ustáriz se encuentra preso y convaleciente de sus heridas. La hermana Consuelo es el vínculo que le une a la zona libre de la patria, ese pedazo de tierra que es la Isla de León y Cádiz, donde viven María y su hijo Eduardo.

DURANTE una semana no he tenido dónde escribir, las palabras se amontonan en mis labios queriendo escaparse para ser recordadas, pero solo puedo soltar de golpe las de las últimas horas, los últimos instantes, sintiendo lástima y pena por aquellas que rememorarían los hechos de días pasados y que, por cruentos, difíciles y dolorosos, quisiera conservar siempre entre mis recuerdos. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 36)

Hilda Martín García | 14 de septiembre de 2010 a las 18:30

Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz, redactor convertido en soldado para relatar la guerra, sale de su destino en el arsenal de la Carraca para combatir en el Portazgo de la Isla de León. Mientras duermen y la tempestad azota a los barcos que navegan por el caño de Sancti Petri y el fuego entre los castillos de Puntales y Matagorda se intensifican, los jinetes franceses atacan a traición a los hombres apostados. Diego es herido y hecho preso.

A expensas de que mis heridas no terminen de curarse, y de que incluso mi vida quede finalmente aniquilada en esta parte ocupada de la España, he logrado encontrar donde escribir los pensamientos que agitados salen de mi mente y deambulan hacía mi mano en un frenesí constante por hacerse oír, por ser entendidos en unos instantes, aunque no se si las fuerzas con las que cuento me darán el empuje para hacerlo. Las camas se agolpan contra las paredes y telas oscuras y amarillentas, como si las bilis de miles de enfermos hubieran sido escupidas desde los almohadones podridos, y sobre ellas y los jergones sucios y grises, cientos de jóvenes españoles decrépitos y enfermos se dejan morir lentamente, sin que ninguna cara amiga los auxilie. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 35)

Hilda Martín García | 28 de junio de 2010 a las 18:29

Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz ha sobrevivido a la explosión del polvorín del Castillo del Puntal. En una carreta vieja tirada por mulas, lleva los heridos hasta el hospital de San Carlos. Muchachos jóvenes que han muerto en nombre de la patria son arrojados a una fosa común en la Casería de Osio. Sólo le queda esperar su destino para enfrentarse a los gabachos.

ANTES de ir al Arsenal de la Carraca, donde parece que finalmente tendré mi fingido destino, ando por aquí ayudando a surtir la botica de este hospital de San Carlos. Del listado de productos necesarios para la atención de los enfermos falta de todo y mientras el número de heridos aumenta, el de los medicamentos desciende en espera de nuevas remesas llegadas por mar. La población ayuda cuanto puede y mujeres de todas las edades se afanan sigilosamente por atender y consolar a los heridos. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 34)

Hilda Martín García | 21 de junio de 2010 a las 18:17

Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz ya convertido en soldado de infantería llega al Puntal y desde la Capilla del Castillo escribe a María en un intento de explicar el motivo de su marcha. Los fuegos se cruzan entre los dos extremos de la bahía, el mal tiempo arrecia y el frío se abre hueco entre los estallidos y las explosiones.

APENAS el incipiente sol despuntaba sobre el castillo. Amanecía y la luz del día ratificaba mi nueva vida de soldado. El azar quiso que mis galones recién estrenados me salvaran de la muerte segura que el alba trajo a los hombres que dormían en el barracón cercano al muelle. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 33)

Hilda Martín García | 12 de junio de 2010 a las 18:16

Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz a petición de Quintana marcha hacía el Castillo del Puntal y la Isla para hacerse pasar por soldado e investigar y escribir sobre los últimos acontecimientos que se están produciendo en el frente de batalla. Describe una zona de Cádiz distinta, la del arrecife, donde los hombres se afanan por reconstruir las defensas.

DE camino hacía el Puntal la aguada y su hospital, en el que había estado hacía poco tiempo y que parecía haber sido arrasado. Se amontonaban camas y jergones, usados en las puertas de los almacenes adyacentes al centro hospitalario, y un olor nauseabundo a hueso quemado salía de una de las chimeneas contiguas al edificio. Hombres de uniforme, sentados alrededor de una pequeña fogata y que hablaban una lengua extranjera que no logré distinguir, se afanaban por entrar en calor mientras otros limpiaban afanosamente las armas. Las paredes del edificio, llenas de clavos que sujetaban las mochilas de cientos de soldados, daban un aire indescriptible de abandono. Algunos perros buscaban entre los depósitos de basura algo que aplacara su hambre. Nadie sonreía, las caras mustias y secas de cuantos hombres pude cruzarme por el camino no tenían nada que ver con los hombres y mujeres de dentro de las murallas. Esto es carne de guerra, pensé, todo está más cerca; se apreciaba el asedio, se sentía el sitio. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 32)

Hilda Martín García | 7 de junio de 2010 a las 18:14

Resumen capítulo anterior: Los destellos de las bombas cruzan la bahía de un extremo a otro. La gente se agolpa en la ciudad huyendo de la guerra mientras los hombres de Alburquerque se encuentran en pésimas condiciones. Diego de Ustáriz ha encontrado a su amigo Quintana cansado y desesperanzado, las ansias de libertad y de cambio están siendo segadas por la desidia y la avaricia de la Junta.

CRUZAR el frente de tierra, era dejar Cádiz al otro lado del bastión. Después de las reformas proyectadas por Ignacio Sala y Martín Cermeño, continuaba sin embargo con el mismo sistema defensivo que ya había realizado el conde de Molina casi un siglo antes. El frente dispone de cañones en sus caras, flancos y cortinas. Cada flanco posee un pasillo subterráneo que atraviesa la muralla bajo el foso. Junto a la de la derecha que sirve para la entrada de los carruajes, se encuentra la ermita de San Roque no habiendo más edificio hasta el Matadero. Un puente salva el foso al que se puede bajar por una rampa y desde donde podemos salir hasta la playa de Santa María que queda defendida por el mismo baluarte del Matadero. Leer el resto del artículo »

Las crónicas de Cádiz (Cap. 31)

Hilda Martín García | 29 de mayo de 2010 a las 18:13

Resumen capítulo anterior: En estos días en que ha comenzado el asedio a la ciudad, ha nacido Eduardo de Ustáriz. Atendida por una vieja y experta matrona, el parto se ha producido sin problemas mientras que la población de la ciudad continúa aumentando con la llegada de gente que huye de la España ocupada.

LA noche fría y lluviosa empañó los cristales de nuestros mustios balcones; mientras, el silbido nostálgico del viento penetraba por los huecos de la azotea hasta el hogar, donde los rescoldos del carbón eran movidos tenuemente por la brisa. La habitación, calentada mínimamente por el picón del brasero, se iluminaba de vez en cuando por los relámpagos centelleantes de las explosiones provenientes del otro lado de la bahía. Leer el resto del artículo »