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Melancolía de las aceras

Carlos Mármol | 7 de noviembre de 2011 a las 6:05

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Depende.

Los periodistas que llevamos algunos trienios (que nunca cobramos) a cuestas sabemos bien que de las glorias de antaño no se vive. Ni convienen. Un periódico de ayer es la cosa más antigua del mundo. Imagínense pues lo viejos que pueden llegar a parecer, sobre todo para las nuevas generaciones y los nativos digitales, los políticos que salían retratados en ese diario que es pretérito lejano disfrazado de presente. El tiempo, el único señor, ese humo espeso y amarillo, se acelera cuando uno echa la vista atrás. Siempre corre más que nosotros. Los socialistas, sin embargo, no parecen temer los efectos colaterales de ese acelerador de partículas que se llama nostalgia. Se recrean sin rubor en los tiempos del felipismo (con el guerrismo como variante purista del viejo socialismo de Pablo Iglesias) como bálsamo ante el negro porvenir inmediato. Bueno.

Si lo miramos como una variante del célebre efecto placebo, quizás se entienda algo la cosa, pero lo cierto es que la misa laica de Dos Hermanas más que animar a las propias huestes (casi todas en nómina), lo que viene a certificar es que el PSOE tiene un serio problema con la realidad inmediata y un más que singular sentido del progreso. Reivindicar glorias añejas no es malo siempre que se haga exclusivamente con un cierto sentido de la tradición. De aquí venimos. Vale. La pregunta de estas elecciones, sin embargo, es otra. ¿A dónde vamos? Y ésa continúa sin contestar.

El zapaterismo, al parecer, no es más que un extraño paréntesis que ha abocado al socialismo patrio al desastre que viene. Nadie esperaba elogios, aunque tampoco el cruel vacío de los perdedores, que todavía no están muertos, porque las guerras púnicas empiezan el 21-N y en ellas, como se vio en Dos Hermanas, los viejos patriarcas pretenden sepultar definitivamente esa anomalía que consistió en que un muchacho de León (idealista ingenuo) llegase a la cumbre, para después estrellarse, gracias a la democracia interna. El problema del PSOE no es Zapatero. Ni la crisis, sino la triste melancolía de haber olvidado cómo se andaba por la acera.