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El duelo

Carlos Mármol | 8 de noviembre de 2011 a las 6:05

Si han llegado hasta aquí ya tendrán alguna impresión (ajena o propia; las segundas acostumbran a ser mejores) del enfrentamiento dialéctico entre Rajoy y Rubalcaba, o viceversa. Aquí no hablaremos de las corbatas, la telegenia o la puesta en escena, aunque cierto tono de comedia sea inherente a todos estos rituales en los que las opciones posibles se reducen únicamente a dos, cosa que no deja de ser harto llamativa. ¿Tan distintos son?

A juzgar por lo que dijeron ante las cámaras, no tanto. Los dos salieron, de entrada, a culpar al contrario de la debacle. Después se concentraron en reafirmarse a sí mismos. Rubalcaba se fue directo al cuello (acusó al PP de la burbuja inmobiliaria), volvió al clásico tópico de la agenda oculta y prometió que con él volverá a abrirse el grifo del crédito para todos. Un arranque socialdemócrata clásico. E inútil: el predicamento del Gobierno socialista en Europa ya se vio en la última cumbre de la UE, la del castigo bancario. Cero.

Rajoy, que todavía creía estarle hablando a Zapatero teniendo delante a Rubalcaba (un lapsus que denota cierto automatismo), logró mantener su flema y hasta argumentar con cierta solidez a pesar del papel de fiscal inquisitorial que desde el principio adoptó el aspirante socialista. La seguridad del que se sabe ganador ayuda a estas cosas. Al cabo, uno miraba aquello y tenía la impresión de que cada cabeza de lista, al diseñar su propia estrategia para el debate, elegía su destino inmediato: Rubalcaba parecía venir de la oposición (no del Gobierno) y Rajoy de la Moncloa (no de la calle Génova). Que esta hipótesis se cumpla ya es cosa de ustedes.

El socialista sabía que no podía convencer. Tenía dos opciones: apelar a los sentimientos o tratar de generar miedo a partir de los silencios del PP. Optó por el segundo camino. Teniendo en cuenta la frustración social reinante, era lo más inteligente. Estuvo brillante en sus reivindicaciones, pero toda la gestión de Zapatero convertía sus ataques en pólvora mojada. Rajoy casi se sonreía ante tanta vehemencia que no era sino desesperación. El viejo Fouché olvidó ayer una regla básica: la sangre fría siempre se impone a la pasión. La lección es de Juan Belmonte: quien es capaz de parar, manda.

Soliloquios a tres bandas

Carlos Mármol | 16 de febrero de 2011 a las 8:00

Los candidatos se centraron en los reproches mutuos más que en las propuestas.

Si son de aquellos que no esperaban sorpresas, acertaron. El debate sirvió para lo previsible: ver a cada uno de los tres candidatos haciendo de tenores de sí mismos. Con su propio estilo, sus gestos y su retórica, en algún caso bastante ajada, por cierto. Zoido, educadísimo con el moderador, fue sobre todo a hablar de su libro.

¿Su libro? Sí, ya saben: Mercasevilla, los ERE investigados por la Justicia, la corrupción. Tardó exactamente 13 minutos en mentar la bicha. A partir de entonces cada una de sus intervenciones terminaron con un pildorazo: “PSOE e IU son los responsables del paro”, “hablamos de una coalición política que resulta incompatible con el empleo”, “han sido condenados por acosar a trabajadores”. El resumen básico de todo su mensaje: sólo se puede confiar en el PP. Por donde yo paso, además, las cosas se arreglan. Bueno.

Tuvo a su favor la presencia escénica (su colocación en la mesa le benefició, el maquillaje también) y demostró estar mucho más suelto a la hora de criticar (Torrijos le llamó corneta del apocalipsis, gran hallazgo conceptual) que al exponer, previa lectura disimulada, cuál es su programa electoral, aunque incidió en su teoría de la ciudad ordenada y con un Metro que ya quisiera Londres. Al final del debate casi llegó a proclamarse a sí mismo ganador de la Alcaldía al hilo de la oferta de Espadas (captatio benevolentiae) de ser un portavoz de la oposición colaborador si no conseguía ganar las elecciones. Humildad calculada para un público que se siente frágil.

El relato de Sevilla del líder del PP parecía haberse inspirado en la Biblia, incluido el pecado original, que es el supuesto robo de la Alcaldía en 2007 por el pacto de gobierno PSOE-IU. Por tanto, no se cansó de repetir, como una salmodia: “¿Van a dejar gobernar a la lista más votada?”. Recuérdese en este punto un dato objetivo: hace sólo unos meses el PP sostenía tener ya mayoría absoluta.

Espadas, encajonado entre el moderador y Torrijos, arrancó quizás con un tono demasiado formal (sigue llamando servicios avanzados a lo que son sencillamente empresas modernas) y con cierta cara de resfriado. Estuvo constructivo y paciente, el hombre, aunque a decir verdad sus intervenciones se centraron más en defender la gestión heredada (con sus errores) que en desarrollar sus nuevas propuestas. Habló de la Sevilla metropolitana y del talento de los ciudadanos, además de su apuesta por el empleo y la educación, pero se echó en falta lo que en teoría podría ser su gran activo: explicar cómo se gobierna Sevilla con la actual situación económica. Sin prometer todo a todo el mundo todo el rato.

CUADERNOS MIÉRCOLES 16 baja

El socialista, que tenía la mayoría los elementos ambientales en contra, salió bastante vivo del aprieto. Su imagen, quizás la más fresca en comparación con el hierático Torrijos y con la formalidad a la antigua de Zoido, ganó enteros sobre todo en las réplicas. Esencialmente al abordar, sin miedo y de frente, el tema tabú: lo de Mercasevilla.

Su defensa de la investigación judicial dejó a Zoido sin argumentos para continuar amplificando la cuestión y, afortunadamente, logró que la discusión (relativa) volviera a los cauces lógicos: la perspectiva que cada uno de ellos tiene de Sevilla. La del PP mucho más negra (para resaltar su propuesta de cambio a la suiza: que Sevilla funcione como un reloj) y la de PSOE e IU bastante más positiva, aunque admitiendo los excesos del legado de Monteseirín (en el caso de Espadas) y con la numantina defensa de Torrijos del papel de su formación política como “herramienta eficaz contra la desigualdad”. Es lo que tiene el lenguaje de origen proletario.

De recursos el socialista tiró de estadísticas. Zoido las desmintió sin sacar las suyas. En términos de inversión es evidente que la comparación favorece a los socialistas. ¿No se lo creen? No hay más que ver el sobrecoste del Parasol para colegir que, evidentemente, dinero han gastado. Espadas no logró que Zoido entrase en la trampa de la privatización de las empresas públicas ni Torrijos en el eterno debate de Tablada. El popular estaba en lo suyo: decir, como al final insinuó, que Sevilla es lo mejor del mundo y que si ahora no funciona es sencillamente porque su formación política no gobierna.

Ganador, lo que se dice ganador, no hubo. Al menos, de forma clara y nítida. En esto, claro está, los militantes de uno y otro bando discreparán. Es normal. Todos barren para casa. Unos (el PP) dirán que tras el tropezón del encuentro 2.0 han estado muy dignos. Y otros (los del PSOE) que es una victoria salir indemne del trance dado lo que está cayendo fuera, sin pinta de escampar.

Si se quería plantear el debate como una suerte de partido de fútbol lo cierto es que el encuentro resultó bastante anodino, con quizás un justo reparto de puntos, y sin que los electores se llevaran más conclusión cierta que aquellos tres hombres (los candidatos) quieren hacer muchas cosas y todas buenas por Sevilla, pero siguen sin decir cómo piensan hacerlas. Las cosas están como están. Fue una suerte de soliloquio a tres bandas. Aunque seamos positivos: al menos no se habló del habitual marisco. Ese argumento tan recurrente e intelectual. Ya es mucho. Incluso suficiente.