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Torrijos: el último en llegar

Carlos Mármol | 20 de enero de 2011 a las 6:39

El candidato de la coalición de izquierdas a la Alcaldía, al que las encuestas adjudican con holgura hasta tres ediles en el próximo Ayuntamiento, inaugura su precampaña electoral con encuentros con sindicalistas y visitas a distritos obreros.

Lo dice la Biblia. “Los últimos serán los primeros”. Aunque en este caso la frase habría que ponerla entre interrogantes. Antonio Rodrigo Torrijos, el candidato de Izquierda Unida a la Alcaldía, ha sido el último de los cabezas de lista de las fuerzas políticas con presencia institucional en el Ayuntamiento en arrancar con los rituales de la precampaña electoral. Si Zoido en esto es el rey dominante –lleva casi seis años seguidos en clave electoral– y Espadas ha llegado bastante tarde, el primer teniente de alcalde parecía estar sumido en la duda cartesiana. Metódica. Intelectual. ¿Arranco ya o me espero? ¿Salgo o no salgo?

Mientras deshojaba la margarita quizás no se haya dado cuenta, o quizás sí, quién sabe, de que en realidad la campaña electoral ya la tiene hecha. Desde hace tiempo, además. Y gratis. Lo que ocurra en los próximos cuatro meses será un paseo militar, pues la imagen política del ex sindicalista (¿lo del sindicalismo orgánico es para toda la vida o se cura con el tiempo?) está desde hace mucho tiempo condicionada por su propio carácter –agrio, salvo en las distancias cortas– y, sobre todo, por la caricatura de Júpiter tronante que de él ha construido durante los últimos dos años el equipo de propaganda de Zoido, obsesionado con desgastar al PSOE con el argumento de que el ogro Torrijos fagocitaba a la gacela Monteseirín y, por tanto, al final era mucho mejor votar al PP.

Ante tal elaborada asociación de ideas –lo de los conceptos abstractos es difícil de manejar, lo sé– el candidato de la federación de izquierdas ha adquirido un grado de notoriedad mayúsculo –la valoración personal es otra cosa distinta– cuyo punto más alto fue la famosa foto de la mariscada belga, cuya publicación conocía desde meses antes del día de autos cualquiera que estuviera medianamente enterado. Fue guardada hasta entonces para dosificar los tiempos.

Como resultado de tanta dedicación del PP, a Torrijos hay en Sevilla quien le desea la muerte civil –cosa que no se veía desde los albores de la reciente democracia municipal– y quien, en cambio, está dispuesto hasta a votarle (a pesar de él mismo) sólo para llevar la contraria. Las encuestas, de las que todo el mundo habla a su antojo y que rara vez se enseñan, reflejan que este último grupo de electores, aunque claramente minoritario, todavía suma lo suficiente para su gran objetivo: permanecer en un hipotético gobierno de coalición con el PSOE.

Los sondeos señalan una clara tendencia al alza de la federación de izquierdas. Sus huestes, que generalmente suelen andar a la greña, parecen coincidir en que, antes de plantearse cualquier tipo de purga interna (a la que tan dados son los comunistas) hay que unirse frente al enemigo común. La brillante estrategia del PP, de ser cierto este supuesto, permitiría a Torrijos sacar con holgura hasta tres concejales. Le sobrarían votos, incluso, aunque no llegaría al cuarto edil. Alguno puede romperse los dientes con la mesa en caso de confirmarse.

torr

Espadas, obviamente, no quiere ni plantearse este supuesto. Él dice que ganará por mayoría suficiente. No lo parece. Mayoría suficiente para gobernar en solitario no han dado los sevillanos a ningún candidato a alcalde desde el primer mandato del socialista Manuel del Valle, cuando el PSOE llegó por vez primera a la Moncloa. Y el actual cabeza de lista del PSOE no tiene pinta de ser una excepción. Así que el pacto de gobierno, más que cantado, es casi como las lentejas. O lo tomas o lo dejas. Salvo que Zoido, claro, se lleve el gato al agua. Se dice en los mentideros que ante tal supuesto Torrijos pediría Urbanismo y el consorcio de empresas municipales (DeSevilla). Se iban a ver escenas divertidas en algunos sectores sociales si no tuvieran más remedio que tratar con los comunistas determinados contratos, obras y favores. Pero no se sorprendan de nada: en Sevilla los contrarios siempre terminan pactando. El interés siempre es más fuerte que la ideología.

Todavía es pronto para estas cábalas. De momento queda trecho electoral hasta el 22-M. Pero Torrijos ya ha empezado a caminarlo. Sin sorpresas. Lleva un par de días celebrando reuniones con sus ex colegas (los sindicalistas de los comités de empresa de las entidades municipales) a los que les promete que no consentirá ninguna privatización, aunque no les aclara –que se sepa– los motivos por los que su gestión de los últimos años al frente de alguna de ellas, como Tussam o Mercasevilla, ha producido unas pérdidas millonarias a las arcas municipales. Sin contar con determinados usos y costumbres cuya investigación sigue siendo todavía materia de escrutinio judicial.

La agenda electoral de Torrijos no augura sorpresas. Junto a los comités de empresa se verá con colectivos sociales –hace un par de días, por ejemplo, denunciaban que no se permitía votar a los inmigrantes–, visitará los mercados de abastos, paseará por los barrios populares –hoy va al Retiro Obrero, que cada vez tiene menos de obrero y más de Trinidad– y marcará las necesarias distancias con Espadas. Lo mismo hará el candidato socialista. Aunque los dos saben que, en el fondo, si se alejan es para, al final, cohabitar.