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Libertad

Carlos Mármol | 24 de marzo de 2012 a las 6:05

Ya está. Alea iacta est. La campaña electoral termina hoy, día de reflexión, y a partir de este justo momento los charlatanes de aldea deben callarse y asumir lo que deparen las urnas. Es hora, como siempre, de cerrar este modesto cuaderno en el que hemos tratado de retratar esta extraña carrera de las autonómicas (en días alternos; porque desde el principio ya se veía que la cosa no daría demasiado de sí) desde el infrecuente prisma de aquel que se tiene por no alineado, una condición del alma (como decía Paul Valery de la sintaxis) que es siempre peligrosa –disparan de ambos frentes, como es norma habitual– y que, en general, tiende a ser totalmente incomprendida por cualquiera de los múltiples bandos; precisamente porque tan sólo son eso: camarillas, pandillas, casi maras. Gente que se da (demasiada) importancia. No hay que preocuparse en exceso: en la vida la cosas realmente importantes siempre se dicen en voz baja, sin preámbulos, con la sincera voluntad, al menos, de no engañarse a uno mismo.

La libertad de aquel que escribe, que siempre es una condición propia, aunque con frecuencia tienda a pensarse que es consentida, se parece bastante a la posición del elector ante la urna transparente en la que se deposita el voto. Ambas cosas –escribir y votar– siempre se hacen a solas aunque estemos rodeados de gente (la libertad reside en buena medida en saber transitar el duro sendero de la soledad) y con un innato sentido de la responsabilidad (ante el lector; ante la democracia) que, si es realmente verdadero, obedece a una cierta educación, a unos valores, que cada vez son más escasos en un mundo donde la frase de Marx (Groucho) –“Estos son mis principios; si no les gustan tengo otros”– se ha convertido en una ironía hecha realidad.

Lo escrito, incluso aunque no importe mucho, en cierto sentido siempre permanece. Y el voto, formalmente secreto, también es perdurable: se fija para siempre en la mente del propio elector, si éste no se engaña como un escritor delante del folio, porque en el momento mágico de emitirlo se es consciente tanto de nuestra fragilidad –un sufragio más perdido en un océano de papeletas– como de su grandeza –cada voto cuenta–. La verdadera épica siempre es diminuta y la libertad es una hoja de dos filos: por uno corta; por otro, permite mirarse al espejo. Mañana, aunque sólo sea por un brevísimo momento, es toda suya. ¡Úsenla!