Archivos para el tag ‘Rajoy’

España se vuelve nihilista

Carlos Mármol | 7 de agosto de 2012 a las 6:06

Decía Sir Winston Churchill, ese gran fumador de habanos, que los reyes y los hombres deben ser juzgados en los momentos críticos de su existencia. Rara vez en el trance de los éxitos. La encuesta del CIS hizo ayer realidad esta máxima –valorar a los gobernantes en las duras, en lugar de en las maduras– y nos regala un retrato de nuestra clase política que no es precisamente edificante. Casi nueve de cada diez ciudadanos ven las cosas mal, un 40% creen que la situación todavía puede empeorar –parece que aún no hemos tocado fondo– y, de forma general, enjuician a los gobernantes que han elegido con una mezcla de hastío, cansancio y honda resignación, en función del humor de cada uno.

La radiografía del CIS viene así a certificar una de las principales y más preocupantes enseñanzas de esta durísima crisis: el nihilismo político ha dejado de ser una sensación de minorías disidentes para instalarse, acaso de forma permanente, en el ánimo de un buen número de ciudadanos. Algo que debería hacer reflexionar a los gobernantes que a estas alturas todavía siguen suspirando con la etapa dorada de la Santa Transición, el gran mito político de la España reciente. Error y nostalgia.

La crisis, como tantas otras cosas, ha destruido ya esta épica del pasado democrático más cercano para tratar de sustituirlo por una suerte de restauración reinventada que no termina de contentar a nadie. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. De Rajoy a Rubalcaba y viceversa. En eso parece consistir el juego.

Y, sin embargo, el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas apunta ya otra opción: la fórmula argentina. Ni unos ni otros. Que se vayan todos. Ninguno de los máximos referentes –más orgánicos que sociales– de las dos grandes fuerzas políticas nacionales salen bien parados del donoso escrutinio popular. Rajoy, cuya primera legislatura como presidente va a estar marcada por el naufragio económico, no pasa del suspenso bajo: 3,3. Rubalcaba, que no termina de arrancar, probablemente por falta de gas, apenas le supera en algunas décimas más de popularidad. Ninguno de los dos está para tirar cohetes.

Que la gente empiece ya a no creer en nada no resulta extraño. Pasa a diario: se pierde el trabajo, los ingresos menguan, la incertidumbre crece y los principios, antes tan sólidos, se tambalean sin remedio. Tener fe en el futuro es un lujo que los españoles ya no podemos permitirnos.

Los partidos, sin embargo, hacen caso omiso a esta verdadera tragedia colectiva y evalúan los resultados del CIS en función de las opciones de poder. Nueva constatación de que ellos van por un lado y la sociedad por el opuesto. El PP ha perdido hasta ocho puntos desde su rotunda victoria de noviembre. En los últimos meses la imagen de Rajoy se ha deteriorado de forma manifiesta. El PP todavía sigue teniendo ventaja –aunque esto para la gente es lo de menos– porque los socialistas no terminan de rentabilizar a su favor el desgaste del Gobierno. Ni se cree en la oposición ni tampoco en el Ejecutivo.

La batalla diaria para el común de los mortales consiste en esquivar los recortes –algo imposible–, perder su escaso dinero para salvar a los bancos y ver el circo estéril de una clase política que habla mucho pero no es capaz de reformar el sistema precisamente para que perdure. Justamente para no mirarse a sí mismos, los políticos se abrazan a las banderas de ocasión. Apelan a la dignidad patriótica del sacrificio.

En Cataluña los nacionalistas reclaman un trato diferencial a pesar de estar ya en quiebra. Andalucía opta por revisitar el nacionalismo –socialista, en este caso– del 28-F. Todo antes que contemplarse en crudo ante el espejo. Los recortes van a ajusticiar el débil Estado del Bienestar que creíamos haber construido. Pero no desaparecerán ni el Senado ni las Diputaciones. Los intereses creados son demasiado poderosos.

El CIS dice que apenas un 8,9% de los españoles son partidarios de la independencia de las regiones históricas. Ante las arcas vacías, toda la discusión se limita pues a elegir entre los ajustes sociales –los únicos que se han puesto encima de la mesa– o reformar la arquitectura institucional heredada; no para eliminarla por completo, sino para que pueda sobrevivir, ser creíble y útil.

El 21% de los ciudadanos preferiría ya volver al antiguo Estado centralista, mientras un 17% restaría poder a las autonomías. Suman hasta un 39%. Cifra nada despreciable. Los partidarios de las comunidades aún son cuatro puntos más (42%), incluyendo a quienes quieren darles más poder. Éstas son las actuales dos Españas. Pero nada tendrán que repartirse si terminamos en la bancarrota.

Sucesión

Carlos Mármol | 19 de noviembre de 2011 a las 6:02

Desde el principio se percibía que Rubalcaba –los socialistas, en realidad– estaba en otra cosa. Esto es: en lo suyo. Los viejos patriarcas quieren recuperar el poder, perdido en favor de Zapatero cuando a alguien se le ocurrió la idea de dejar a los militantes opinar libremente. La democracia tiene estas cosas: la gente decide. Y puede que opine lo contrario a lo que deseas. Mañana se consumará la muerte política del ganador de aquel congreso que parecía haber articulado una salida generacional razonable a la cuadrilla de Suresnes, que en realidad nunca dejó de ser la de la famosa foto con tortilla de Pablo Juliá.

Aquellos muchachos, hoy convertidos en abuelos (algunos puede que incluso felices, quién sabe) no quieren dejar el poder, aunque sea el orgánico. El mando debe ser adictivo: sólo se abandona con los pies por delante. Nadie quiere renunciar a los cetros reales aunque el reino cada vez sea más reducido: sin ayuntamientos de enjundia, sin comunidades autónomas propias (a tenor de lo que dicen los sondeos de las andaluzas) y sin otro asidero que los grupos políticos de las Cortes, los parlamentos regionales y las delegaciones municipales. “Alguien debe gestionar la derrota”, dicen. Algunos de ellos son los que han precipitado el fracaso. ¿O es que Zapatero gobernaba solo?

Los fracasos no suelen ser atractivos salvo para los valientes (pocos) y quienes (muchos) prefieren la mediocridad como caldo de cultivo. No forman una buena combinación. Estos días, mientras el país se encuentra al borde del ictus económico, los socialistas, conscientes de que el péndulo ya hace tiempo que viró en favor del PP, empiezan a tomar posiciones para la guerra púnica del 21-N. Rubalcaba dijo lo mismo que la canción de Antonio Vega: “No me iré mañana”. Le faltó añadir: “Tendrán que echarme”.

Acto seguido Carmen Chacón, la heredera del zapaterismo, nos recordó que ella es mujer y catalana. Al parecer, dos atributos (en ninguno de los casos elegidos, sino sobrevenidos) que deberían disuadir a todos los posibles aspirantes. Rubalcaba tiene detrás a la vieja guardia. Chacón, a los jóvenes caídos demasiado pronto. La cosa va a estar entretenida. Si es que cuando empiecen a matarse todavía queda alguien vivo y con tiempo para contemplar el espectáculo.

Vértigo

Carlos Mármol | 17 de noviembre de 2011 a las 6:02

El baile se va acabando. Y la música dejará –pronto– de sonar. Mientras el socialista Rubalcaba se pone la camiseta de Marathon man para apurar los últimos días de la campaña, que está muerta desde la noche del famoso debate, cuando quedó claro que el PP no va a pinchar y los socialistas están más desesperados a medida que corre el reloj, Rajoy ha empezado a tener un extraño ataque de realismo. Acaso de vértigo.

Probablemente haya ocurrido después de ver el paisaje –desolador– de los muros de la patria, que diría Quevedo, tras los saltos del célebre mitin de hace unos días. “La cosa está negra”. España no va a salir de la crisis a medio plazo. Ni lo ha hecho con el PSOE ni, a tenor de lo que dicen todos los expertos, lo va a hacer con el PP. Hasta 2013, muerte clínica. A partir de entonces, ruina.

La inminencia del acceso al poder acostumbra a provocar en determinadas personas, una vez pasado el entusiasmo inicial, un cierto regusto amargo, una incomodidad, un imprevisto: se llama responsabilidad. Y suele beberse en vaso corto y en soledad. Sin hielo. No siempre sienta bien.

Al llegar a la Moncloa, lo más probable es que veamos al hombre que quieren los españoles como presidente –por el que hace unos años ni en su propio partido ponían la mano en el fuego;ahora tendrá más poder que Aznar, que fue quien lo designó– culpar de ciertas cuestiones a su antecesor. La táctica suele servir durante un tiempo, aunque algunos, sobre todo por el Sur, todavía piensen que es como la fe: eterna. Después, en lugar de beneficiar, más bien perjudica. Sobre todo si has prometido a todo el mundo solución para su problema esencial:la falta de trabajo, el miedo.

Rajoy, antes o después, tendrá que enfrentarse al espejo. Durante los días electorales, arropado por todas las encuestas, aparece como el ganador in pectore antes incluso de abrir las urnas. Ha adelgazado. Parece más liberal. Más centrista. Alguien en quien –según algunos– se debería confiar.

Claro que no ha tenido ocasión de gobernar: cuando empiece a tomar decisiones –o a ponerlas en escena; aquí quien manda son los mercados– el perfil amable irá esfumándose, las contradicciones argumentales aparecerán y la comedia se tornará estafa. Para entonces no habrá vuelta atrás. El vértigo será el nuestro.

‘Vietcongs’

Carlos Mármol | 16 de noviembre de 2011 a las 6:05

La esperanza –dicen– es lo último que se pierde, aunque uno siempre ha creído que el valor supremo es la honra. La dignidad. Los socialistas, que en esta absurda campaña en la que todo parece estar decidido de antemano aspiran a fracasar con cierto honor, presentando desigual batalla, que diría El Quijote, han optado en los últimos días del camino hacia el Calvario por intentar combatir la guerra psicológica, que tienen perdida desde hace dos años. Por eso insisten en que las encuestas conocidas no son del todo exactas –ninguna lo es– y proclaman que los indecisos todavía pueden comprar su mensaje: Rajoy no dice lo que va a hacer; ergo será malo.

No es por quitarles la ilusión, ni tampoco la razón (que quizás en esto la tengan), pero lo cierto es que la victoria de el PP es imparable no tanto por la diferencia –sideral– de votos que le otorgan todos los sondeos, sino por un aspecto en el que muchos, acaso, no habrán reparado: una buena parte de los votantes del PSOE ya no ven con malos ojos que Rajoy gane. Los votantes de la izquierda también forman, como decía Baroja tras su dura etapa como industrial panadero, una burguesía del proletariado. Y la burguesía, con independencia de los adjetivos que gaste, al final siempre es conservadora.

La moral de los socialistas sigue perdida en algún punto del subsuelo. Enterrada. La situación es crítica, lo que explica ciertas estampas de desesperación: a Felipe González (el estadista) criticando en los mítines a Cayo Lara (el agricultor) o a todos los hombres fuertes del socialismo –salvo Zapatero– rogando a sus electores que les voten incluso aunque estén “cabreados” con ellos. De donde se infiere una extraña lógica:votadnos aunque en realidad queráis matarnos. Como el personal es de natural pacífico, incluso a pesar de la desesperanza que se percibe en la calle, lo lógico es que hagan algo peor: voten a Rajoy. Es el mayor castigo.

La clásica apelación de los socialistas al voto vietcong –esos simpatizantes del PSOE que a pesar de no estar de acuerdo con los suyos al final van a votarlos por eso: por ser los suyos– denota que el socialismo de campaña no es capaz de romper con sus propios tópicos. Los vietcongs existen, pero son una guerrilla. La guerra ya está perdida. Sólo queda negociar la rendición.

Tecnócratas

Carlos Mármol | 15 de noviembre de 2011 a las 6:05

Tras el éxito de la operación transalpina, con caída y debacle de Il Cavaliere, los mercados internacionales prosiguen su ataque contra el euro apuntando –de nuevo– hacia España. La prima de riesgo patriótica (aunque el dinero nunca ha tenido patria) vuelve a los niveles de agosto. Y rompe uno de los escasos argumentos que le quedaban a los socialistas para atenuar su previsible batacazo: si Zapatero no hubiera empezado a recortar el gasto en su fatídico viraje político estaríamos igual o peor que Italia. Pues bien: ya estamos otra vez en el mismo sendero en el que –no se olvide– llevábamos ventaja hasta que Berlusconi nos adelantó. Deo gratias.

Los socialistas plantearon ayer una fórmula para reconducir el dispendio de las autonomías –uno de los grandes problemas de España, según los mercados– basada en que sólo se ocupen del gasto de índole social. Hay quien aplaude la idea. No sé muy bien el motivo. Lo que quizás habría que preguntarse, dado el sobreendeudamiento bestial de familias y empresas, y la secular dependencia de lo público –sobre todo en Andalucía–, si existe alguna partida presupuestaria en las cuentas públicas que, en realidad, no venga a ser en el fondo un gasto social. ¿Quién no vive, de una u otra manera, del presupuesto? Únicamente las empresas que exportan y trabajan en el exterior. Pocas. Sobre todo en el Sur.

Rubalcaba trata de multiplicarse para intentar reducir la distancia –sideral– que le separa de la Moncloa. Vano intento: se puede decir lo mismo muchas veces sin conseguir los objetivos. Los mensajes del PSOE son pólvora mojada por la gestión de Zapatero. Ayer comenzó a llover. En Ferraz intentan recuperar a la desesperada los votos que se les escapan por la izquierda –IU sacará once diputados, según los últimos sondeos– mientras el PP, anticipándose al deseo del poder financiero, y visto el ejemplo griego e italiano, postula ya un gobierno con caras sin perfil político.

Sería más correcto decir tecnócratas, que es lo que reclaman los mercados. Gente con formación y decidida capacidad para, sin molestos principios políticos, acometer las reformas. “Dios aprieta pero no ahoga”, dicen. Yo pienso aquí lo mismo que decía el gran Pepe Guzmán: “a nosotros no nos ahoga, pero tampoco nos suelta”.

Fenicios

Carlos Mármol | 14 de noviembre de 2011 a las 6:05

Fue durísimo, pero del debate a cinco de la pasada semana pueden obtenerse múltiples conclusiones sobre la nueva etapa que comenzará el 20-N. La primera: vamos hacia una política de telepredicadores. Segunda: los nacionalistas caminan en estas elecciones por el filo de la navaja. Pueden pasar de resultar necesarios –como en las últimas legislaturas– a convertirse en prescindibles, decorativos, irrelevantes.

Por partes. Que la retórica de los pastores evangélicos se extiende peligrosamente por nuestra política es un hecho. Los líderes políticos en España casi siempre han tenido eso que (antes) se llamaba carácter. Personalidad. Vehemencia. Salvo Calvo Sotelo, que parecía inglés y tocaba el piano, todos los demás presidentes destacaban –cada uno a su estilo– por su rotundidad; expresiva o argumental. Zapatero quizás ha sido el más impostado de todos. Aún se nota cuando, en este tramo final de la campaña, se le ve en algún mitin periférico hablando de Merkel y el euro: el público le oye pero ya no le escucha. Ni siquiera le guardan las formas en su propio partido. Sencillamente ha dejado de contar.

Los candidatos de los grupos parlamentarios, en cambio, miran a la cámara y sueltan su sermón con rostro de beatos. Dan la chapa. Abruman con su falsa candidez. Es una ilusión óptica, claro, porque –y aquí enlazamos con la segunda cuestión– detrás de su inocencia (nos piden el voto) hay otros objetivos más inquietantes. Los nacionalistas son el ejemplo más ilustrativo.

Mientras el mundo se derrumba por la crisis del euro y los gobiernos griego e italiano expulsan a sus presidentes por la presión (nada democrática) de los mercados, CiU y el PNV quieren un fuero para Cataluña y la independencia para Euskadi. De nuevo la misma salmodia de siempre: apoyo parlamentario a cambio de privilegios. Una estrategia que puede irse a tomar viento si Rajoy saca la mayoría absolutísima que dicen las encuestas. No es de extrañar que Durán y Lleida pida ahora un gobierno de concentración. Sería mejor un gobierno concentrado. La cosa tiene su gracia: todavía existe gente dispuesta a inventarse un Estado, aunque sea como el viejo imperio fenicio, cuando –se está viendo– la soberanía política ha dejado de existir.

¡Viva el vino!

Carlos Mármol | 13 de noviembre de 2011 a las 6:05

Definitivamente Rajoy, el próximo presidente del Gobierno, según todos los sondeos, y siempre con el permiso de los electores, no es un político hegeliano. Ni de lejos. No lo digo porque el candidato del PP rechace la dialéctica –esa rama de la filosofía a partir de la cual comenzó a operar el marxismo, pero que es bastante más trascendente que la doctrina del padre de El Capital– ni porque no dedique su escaso tiempo libre a leer ensayos. No. Además, según me ilustró hace unos días el compañero Antonio Avendaño en la competencia, a este hombre gustar, lo que se dice gustar, sólo le gusta leer el Marca. Que digo yo que es un periódico que, más que leerse, se contempla, pero en fin: uno puede equivocarse.

Sostengo que no es un candidato hegeliano porque, a tenor de cómo está llevando su paseo triunfal por las Españas, y a sólo unos días para su arribo a La Moncloa, no parece dispuesto a hacer suyo, así lo maten, el imperativo del viejo y despeinado filósofo alemán: “Tened el valor de equivocaros”. Un consejo con el que habitualmente se anima a los jóvenes a poner en práctica el único método válido de aprendizaje: el que consiste en el ensayo y el error. Aprender a caerse sin dejar de levantarse.

Pues no. Rajoy, que hace mucho tiempo que dejó de ser joven, no está dispuesto a ensayar porque no quiere errar, no responde a las preguntas de los periodistas –salvo entrevistas oficiales previamente pactadas– porque no quiere confundirse y no tiene en mente desvelar su programa electoral porque no quiere tener problemas. Ni se mueve, ni desmiente, ni confirma, ni se inmuta, ni se pone de los nervios, ni ataca, ni propone, ni nada. Quiere el voto gratis. Sin esfuerzo. Se deja llevar por el rumor del viento, que viene de cara.

A este hombre es difícil verlo fuera de lugar a excepción de cuando –como hace unos días en Canarias– hizo un notable elogio del platano insular, nos consoló (a algunos) insinuando que nos va a volver a dejar fumar en las sobremesas o pronunció aquella gran proclama, la mejor que vieron los siglos pasados y verán los venideros: ¡Viva el vino!

Rajoy no cae demasiado mal. Es como aquellos políticos decimonónicos y provincianos de las novelas del Galdós. Otra cosa, claro, es lo que (nos) haga.

Fumata

Carlos Mármol | 11 de noviembre de 2011 a las 6:05

El refrán, ese hijo bastardo de la gramática parda, la verdadera sabiduría vital, sostiene que cuando una puerta se cierra otra se abre. Debería ser así. Lo malo es cuando lo que se nos ofrece no es una puerta abierta, sino una ventana. De entrada la situación podría parecer lírica. En realidad es siniestra: hay ventanas que se abren no para que tomemos el aire, sino para invitarnos directamente a saltar al vacío. Chau.

Ayer Bruselas hizo algo así: nos advirtió, como Casandra, que no vamos a cumplir nuestra promesa de reducir el déficit público. La tragedia hispánica, el duelo patriótico que no cesa, continuará durante al menos dos largos años más, dependiendo de las circunstancias y de lo bien que hagamos los deberes. Estamos clavados en la acera de la recesión, de la que no hemos salido. Indefensos ante lo que se nos viene encima –las reformas lo llaman– y sin pistas sobre qué hacer. El desempleo seguirá creciendo hasta 2013. Habrá que ver si entonces lo que hoy llamamos trabajo sigue teniendo el mismo nombre. O si en dos años aún queda algo en pie de España.

Esta crisis es como una bomba atómica. El preludio de la dura lluvia a la que Dylan dedicó una de sus canciones más oníricas. Rubalcaba habló ayer del uranio. “Al PP le gustan las centrales nucleares; a nosotros el viento y el sol, que son gratis”, sentenció. El mensaje quedó muy sostenible. Sobre todo dicho en Mô (Menorca). Es de suponer que el aspirante socialista –que sigue teniéndolo todo en contra– se habría desayunado una ensaimada natural. Un placer orgánico.

El sentido del hedonismo de Rajoy, en cambio, es distinto. A él le gustan otros vicios más complejos. Los habanos. Quizás por eso insinuó (a la manera gallega; puede que sí, puede que no) que quizás, acaso, habría que cambiar la estricta ley antitabaco, la norma que ha convertido las calles de las ciudades en abrevaderos improvisados. La idea es retornar al modelo anterior. Los fumadores en un sitio. Los no fumadores en otro. En los bares la propuesta tiene miles de seguidores, empezando por los dueños: sus negocios languidecen sin el humo.

La cosa pues consiste en elegir la forma de morir. Bruselas nos va a matar de golpe. Rajoy, tras su vindicación de la fumata, al menos nos dejará morir despacio.

Herencias

Carlos Mármol | 10 de noviembre de 2011 a las 6:05

Viaje a la semilla. Como en el extraordinario libro de relatos de Alejo Carpentier. El futuro que viene –más bien oscuro– tiene aspecto de terminar pareciéndose (con ciertas variantes) al pasado. Emigrantes (ahora cualificados) y paro. Inseguridad y miedo. Ruina. El libro del progreso se cierra.

Rubalcaba decía el otro día en Talavera (plaza taurina) que cada generación supera a la anterior y que por eso el mundo avanza. Teniendo en cuenta que la batalla civil que va a abrirse en el PSOE tras el 20-N será un pulso entre los patriarcas (los suyos) y los huérfanos (bastante más jóvenes) la cosa no deja de ser algo contradictoria. En sus propias filas piensan justo lo contrario:¿A quién se le ocurrió dejarle la llave de la casa a los zapateristas?

¿De verdad cualquier generación mejora a la anterior? Lo dudo. Dependerá de las circunstancias y, sobre todo, de los valores, nunca de la tecnología. Confundir el progreso con el hecho de utilizar un Ipad es el espejismo recurrente de nuestra época. Pero las herramientas (políticas, digitales, analógicas) nunca funcionan solas. Dependen de quien las usa.

En todo caso, puestos pensar mal (la única manera de acertar), no me dirán que no deja de tener cierto regusto agrio que el futuro inmediato se formule bajo los ropajes del tiempo pretérito. Rubalcaba sacó en Dos Hermanas al viejo tándem González-Guerra (roto por la vida) para movilizar a su electorado. “Podemos volver a resucitar los años dorados”, parecía querer decir.

Rajoy es más astuto: no dice nada. Pero sus huestes no dejan de repetir por tierra, mar y aire el mismo mensaje: con los dos gobiernos de Aznar se crearon cinco millones de empleos;ahora hay cinco millones de parados. No es que no pudiera ser verdad (que no lo es), es que sencillamente es demasiado simplista. Incluso diría que demagógico. Las cosas son más complicadas.

La situación de España no se arregla acudiendo al albacea. No se trata de elegir entre las herencias del pasado (ambas con sus luces y sus sombras), sino de averiguar cómo salir del túnel sin causar (todavía) más sufrimiento. Nos lo explicó hace algunos siglos La Celestina: “La ajena luz nunca te hará claro si la propia no tienes. No existe más linaje que las propias obras”.

Post coitum

Carlos Mármol | 9 de noviembre de 2011 a las 6:15

A doce días para ir a las urnas, la impresión general es que ya está todo dicho. Hasta el resultado final. Sólo queda afinar las cifras básicas:número de diputados, mayoría absoluta o relativa y composición parlamentaria. Detalles con su importancia (política) pero, dada la lectura simplista que predomina ya en todas las campañas, totalmente accesorios ante la certeza esencial, que es quién va a ser el nuevo poder oficial.

Todo el trayecto restante hasta el 20-N augura ser un ceremonial insulso. Los socialistas incidirán en que no todo está consumado, dirán que los indecisos pueden darle la vuelta a las encuestas y reiterarán su mensaje básico:con el PP todo puede ir a peor. Es probable. En el PP, salvado con éxito el río del debate electoral, la cosa consiste en dejarse llevar por la ola, no cometer errores y seguir sin desvelar el programa que se piensa aplicar.

Habría que preguntarse si todo esto no es una especie de estafa. Porque el programa político de los próximos años no se trazará desde la Moncloa. Ya está escrito desde Bruselas. Y sus líneas generales sólo significan una cosa: el ajuste nos puede cortar la respiración. Deceso nacional. Ya se vio ayer cuando la todavía vicepresidenta Salgado (propietaria en Suiza) vino a desmentir al aspirante socialista, Rubalcaba, que ante las cámaras de televisión clamaba por retrasar el Calvario un par de años. “Va ser que no”, vino a decir.

Quien tenga la más mínima tentación que salirse del sendero trazado –por Alemania y Francia– ya puede ir mirando hacia Atenas. O en dirección a Roma. Las viejas patrias de los clásicos son las que más están sufriendo el ataque de los mercados. ¿Herencia del humanismo relativista que ha marcado nuestra cultura? Es cierto, antes también cayeron Portugal e Irlanda, atlánticas. Pero el único fantasma que recorre Europa es el déficit público y las enormes deudas privadas. En España purgar los pecados del ladrillo demorará quizás toda una década. El Plan Marshall que sueña con reinventar Rubalcaba no nació por caridad, sino como un eficaz instrumento político frente al comunismo. Muerto éste y con el capitalismo en honda decadencia, sólo se vislumbra el vacío existencial.

La célebre tristeza post coitum.