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España se vuelve nihilista

Carlos Mármol | 7 de agosto de 2012 a las 6:06

Decía Sir Winston Churchill, ese gran fumador de habanos, que los reyes y los hombres deben ser juzgados en los momentos críticos de su existencia. Rara vez en el trance de los éxitos. La encuesta del CIS hizo ayer realidad esta máxima –valorar a los gobernantes en las duras, en lugar de en las maduras– y nos regala un retrato de nuestra clase política que no es precisamente edificante. Casi nueve de cada diez ciudadanos ven las cosas mal, un 40% creen que la situación todavía puede empeorar –parece que aún no hemos tocado fondo– y, de forma general, enjuician a los gobernantes que han elegido con una mezcla de hastío, cansancio y honda resignación, en función del humor de cada uno.

La radiografía del CIS viene así a certificar una de las principales y más preocupantes enseñanzas de esta durísima crisis: el nihilismo político ha dejado de ser una sensación de minorías disidentes para instalarse, acaso de forma permanente, en el ánimo de un buen número de ciudadanos. Algo que debería hacer reflexionar a los gobernantes que a estas alturas todavía siguen suspirando con la etapa dorada de la Santa Transición, el gran mito político de la España reciente. Error y nostalgia.

La crisis, como tantas otras cosas, ha destruido ya esta épica del pasado democrático más cercano para tratar de sustituirlo por una suerte de restauración reinventada que no termina de contentar a nadie. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. De Rajoy a Rubalcaba y viceversa. En eso parece consistir el juego.

Y, sin embargo, el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas apunta ya otra opción: la fórmula argentina. Ni unos ni otros. Que se vayan todos. Ninguno de los máximos referentes –más orgánicos que sociales– de las dos grandes fuerzas políticas nacionales salen bien parados del donoso escrutinio popular. Rajoy, cuya primera legislatura como presidente va a estar marcada por el naufragio económico, no pasa del suspenso bajo: 3,3. Rubalcaba, que no termina de arrancar, probablemente por falta de gas, apenas le supera en algunas décimas más de popularidad. Ninguno de los dos está para tirar cohetes.

Que la gente empiece ya a no creer en nada no resulta extraño. Pasa a diario: se pierde el trabajo, los ingresos menguan, la incertidumbre crece y los principios, antes tan sólidos, se tambalean sin remedio. Tener fe en el futuro es un lujo que los españoles ya no podemos permitirnos.

Los partidos, sin embargo, hacen caso omiso a esta verdadera tragedia colectiva y evalúan los resultados del CIS en función de las opciones de poder. Nueva constatación de que ellos van por un lado y la sociedad por el opuesto. El PP ha perdido hasta ocho puntos desde su rotunda victoria de noviembre. En los últimos meses la imagen de Rajoy se ha deteriorado de forma manifiesta. El PP todavía sigue teniendo ventaja –aunque esto para la gente es lo de menos– porque los socialistas no terminan de rentabilizar a su favor el desgaste del Gobierno. Ni se cree en la oposición ni tampoco en el Ejecutivo.

La batalla diaria para el común de los mortales consiste en esquivar los recortes –algo imposible–, perder su escaso dinero para salvar a los bancos y ver el circo estéril de una clase política que habla mucho pero no es capaz de reformar el sistema precisamente para que perdure. Justamente para no mirarse a sí mismos, los políticos se abrazan a las banderas de ocasión. Apelan a la dignidad patriótica del sacrificio.

En Cataluña los nacionalistas reclaman un trato diferencial a pesar de estar ya en quiebra. Andalucía opta por revisitar el nacionalismo –socialista, en este caso– del 28-F. Todo antes que contemplarse en crudo ante el espejo. Los recortes van a ajusticiar el débil Estado del Bienestar que creíamos haber construido. Pero no desaparecerán ni el Senado ni las Diputaciones. Los intereses creados son demasiado poderosos.

El CIS dice que apenas un 8,9% de los españoles son partidarios de la independencia de las regiones históricas. Ante las arcas vacías, toda la discusión se limita pues a elegir entre los ajustes sociales –los únicos que se han puesto encima de la mesa– o reformar la arquitectura institucional heredada; no para eliminarla por completo, sino para que pueda sobrevivir, ser creíble y útil.

El 21% de los ciudadanos preferiría ya volver al antiguo Estado centralista, mientras un 17% restaría poder a las autonomías. Suman hasta un 39%. Cifra nada despreciable. Los partidarios de las comunidades aún son cuatro puntos más (42%), incluyendo a quienes quieren darles más poder. Éstas son las actuales dos Españas. Pero nada tendrán que repartirse si terminamos en la bancarrota.

Victoria justa, mayoría total

Carlos Mármol | 6 de febrero de 2012 a las 6:05

Griñán ha demostrado en estas guerras púnicas socialistas parecerse demasiado a su, hasta ahora, bisoña guardia pretoriana. Jóvenes (relativamente) y egocéntricos (sin duda alguna). Y sin leer al gran Baroja, el hombre malo de Itzea.

Todas sus decisiones con respecto al congreso las ha marcado el capricho, no el análisis. Primero, el antojo de una secretaria general fotogénica (Rubalcaba no lo es). Después, una cuota suficiente en la nueva dirección. Ayer a Griñán lo hicieron presidente del PSOE por motivos de causa mayor. Sin entusiasmo.

Si su próximo deseo es seguir en San Telmo, ya debería ir preparando las maletas, salvo que un milagro no lo remedie. Y está claro que ya no se puede pedir ayuda a la Santa Sede después de que RbCb arremetiese contra un concordato que, por cierto, los socialistas mejoraron en exceso en los últimos años, acaso por su vieja manía de decir una cosa y hacer la contraria. Hipocresía de mitin.

Andalucía sale rota y disminuida del cónclave que pretendía relanzar la marca PSOE a 50 días de las autonómicas. Épico. Ni unidad ni integración. Los perdedores todavía no se habían dado cuenta ayer de que su gran salto al vacío terminó en el suelo. El Fouché socialista hizo, como era natural, una dirección de fieles donde el rubalcabismo no existe porque es total. Ya se sabe: el poder perfecto es aquel que ni se percibe.

El socialista andaluz más importante de la nueva mayoría es el incombustible Zarrías y, en segundo plano (vocalías), el heredero de Viera, Javier Fernández, alcalde de La Rinconada. Se consultó sobre todo a las agrupaciones territoriales rebeldes al griñanismo-susanismo. ¿Hace falta dar más pistas de lo que viene de camino?

Ayer algunos todavía intentaban vender la supuesta exclusión de Viera de la dirección como un magro triunfo. ¿No será prudencia ante posibles disgustos judiciales? Parece evidente que la relación de fuerzas, que en la votación de los delegados todavía estaba ajustada, ha mutado de nuevo. El 80% del PSOE se ha puesto ya del lado del vencedor. La valentía no es precisamente un atributo de los congresistas socialistas. La egolatría, incluso en la madurez, parece que sí.

La profecía del voto nulo

Carlos Mármol | 5 de febrero de 2012 a las 6:10

El cónclave de los socialistas puso ayer sobre la mesa una certeza: el fondo de comercio del PSOE sigue siendo de la vieja guardia. Y dejó dos incógnitas. Una: ¿cuánto tiempo les queda a algunos en su cargos orgánicos? Dos: ¿de quién es el voto que ayer fue declarado nulo en el recuento definitivo?

Empecemos por la segunda cuestión. El voto indeterminado fue invalidado porque dentro del sobre alguien incluyó a conciencia dos papeletas. Una para Rubalcaba. Otra de Chacón. Decisión salomónica. Ni uno ni otro. Los dos. Evidentemente, el sufragio no podía ser aceptado porque era indefinido. Neutral. Algo inadmisible cuando de lo que se trata es de elegir. Griñán, casualmente, dijo antes de acudir a las urnas que él pensaba a votar “por los dos candidatos”. ¿Era una frase retórica? ¿Una broma? ¿No será el voto nulo de Griñán?

Si así fuera, la verdad es que su neutralidad in extremis, además de estéril, llega a destiempo, después de semanas de una campaña a todo lo que da –como dice un amigo, socialista subjetivo casi siempre– en favor de la candidata Chacón cuya apoteosis fue aquella pancarta en los Jardines de la Buhaira. Sevilla, con Chacón. Pues no. El arrepentimiento de Griñán, si es que es sincero, ya no tiene mérito ni remedio. Hubiera podido ser el ganador del congreso con independencia de por quién hubiera apostado. Ahora es el gran perdedor. A semanas de pedir a los andaluces el voto.

Sus afines dicen que se ha dejado llevar hacia el abismo (con una extraña sonrisa en el rostro) por la ambición desmedida y la osadía de la ignorancia. Malas consejeras. Desde Madrid suena ya una sinfonía de reconquista que viene hacia el Sur y que, salvado Despeñaperros, pasa por Jaén y se alimenta con las periferias (Cádiz, Almería) y con la envolvente sevillana. Lo cual nos lleva a la segunda cuestión: ¿cuánto tiempo les queda a algunos? Depende de las andaluzas.

Zapatero ya dio por terminado su tiempo en Sevilla. No sólo el suyo. El órdago de esta guerra era demasiado zafio para no provocar una revuelta a pie de urna. “O me votas o al paro”. Tiene gracia. Los muertos vivientes de hace una semana ahora están algo más vivos. Y ciertos cadáveres lucen una tez juvenil.

La reconquista

Carlos Mármol | 4 de febrero de 2012 a las 18:46

Comienza la reconquista. Desde el Norte bajará hacia el Sur. La rotunda victoria de ayer de Alfredo Pérez Rubalcaba, o su honómimo electoral –RbCb–, en el congreso socialista de Sevilla pone fin a la incógnita: el fondo de comercio de la marca PSOE pertenece a la vieja guardia y los efectos renovadores tendrán que integrarse –si les dejan– o comenzar una nueva vida, se desconoce aún si con visos de éxito.

A pesar de los gestos y mensajes a la unidad, obvios cuando el último reducto socialista –Andalucía– está en juego, las consecuencias del resultado congresual no tardarán en notarse. Don Pelayo se va a quedar corto. Lo único que puede salvar al aparato regional del PSOE, que apostó por Chacón pregonando una neutralidad que nadie creyó sincera, sería una victoria electoral en marzo. Se antoja difícil, dadas las encuestas. Si San Telmo cae, todo va a estallar. Si, en realidad, no ha estallado ya.

Los exiliados –el clan de Chaves y Zarrías– van a exigir la reparación de los desplantes que, por propia supervivencia, hace tiempo se convirtieron en la tónica del griñanismo, probablemente con razón: los viejos amigos ni se hablan y se sabe, desde antiguo, que no hay nada más cruel que un conflicto familiar.

La reparación consistirá en bajar hacia Despeñaperros: primero, en el futuro congreso regional; después, en los provinciales. Los movimientos serán telúricos. Terremotos. Sobre todo porque los temblores que vienen pueden producirse sin que la dirección regional –que es la gran perdedora del congreso federal– tenga en su mano la gran baza: una cuota suficiente de poder que poder compartir. El órdago del congreso se basó justo en esto: en las cosas de comer. No ha funcionado. El voto es como la dignidad: secreto. Y se usa sólo cuando hace falta. Ante la urna.

El nuevo liderazgo socialista, en todo caso, no garantiza, en términos electorales, nada. Se vio en noviembre, cuando RbCb encabezó el cartel electoral. El poder reciente de los socialistas queda cada vez más lejos. Andalucía está en el alambre. Y lo único que asoma por el horizonte, si los peores augurios se cumplen en las andaluzas, es un colosal ajuste de cuentas. No había nada más que ver la cara de Chaves el primer día del 38 congreso. Un témpano de hielo. Con ganas de venganza.

La guerra del 38 ©ongreso

Carlos Mármol | 4 de febrero de 2012 a las 6:05

Quizás todo se deba a una casualidad. Un mero capricho gráfico. De diseño. La imagen corporativa –nunca mejor dicho– del 38 congreso de los socialistas tiene como motivo principal el logo del copyright, la nomenclatura de los derechos (legales) de autor. Casi una involuntaria declaración de principios. Lo que se dirime en Sevilla estos días en realidad es la propiedad de la marca PSOE. Un fondo de comercio. El conflicto irresuelto entre los derechos morales y los patrimoniales. Los dos sectores enfrentados –la vieja guardia y el zapaterismo reinventado– aseguran querer representar los primeros pero sus hechos expresan que más bien persiguen los segundos.

La política es un negocio. Una guerra sucia. Y en los negocios no existe el copyleft: derechos de autor de libre circulación. No se comparte nada. Ni siquiera el odio. La guerra púnica federal –a la que seguirán la regional y las provinciales, mucho más crueles por ser a cuchillo entre gente de casa– comenzó ayer con posturitas, fotos, besos, abrazos impostados y algunas caritas (como la de Chaves) que decían todo lo que los discursos negaban. ¿Unidad? Ni en broma. ¿Cordialidad? Escasa.

Si alguien pensó que un congreso federal en Sevilla sería la catapulta para conservar la Junta que Dios le conserve la vista. El PSOE que se vió ayer en el Hotel Renacimiento (curioso nombre ahora que entramos en la Edad Media, lo que supone que para llegar a la Florencia de los Médicis aún tenemos que pasar por la Alta y la Baja edad de las tinieblas) parecía todo menos una organización cohesionada, capaz de dar respuestas, justo lo que promete el lema congresual. Se trata de un duelo, pero no entre los dos aspirantes, sino de difuntos. Un sepelio a la vista del mundo.

El histórico dirigente Pepe Caballos leía ayer en un auditorio vacío las esquelas de un periódico. Horas después el rey destronado (Zapatero) se despedía con sobriedad e involuntaria melancolía. Los próceres pudieron permitirse ser generosos con él porque hoy el senado socialista elegirá al cónsul que regirá la travesía de Roma por el desierto. El Imperio, incluso en proceso de derribo, siempre se ganó y se perdió por las armas.

Sucesión

Carlos Mármol | 19 de noviembre de 2011 a las 6:02

Desde el principio se percibía que Rubalcaba –los socialistas, en realidad– estaba en otra cosa. Esto es: en lo suyo. Los viejos patriarcas quieren recuperar el poder, perdido en favor de Zapatero cuando a alguien se le ocurrió la idea de dejar a los militantes opinar libremente. La democracia tiene estas cosas: la gente decide. Y puede que opine lo contrario a lo que deseas. Mañana se consumará la muerte política del ganador de aquel congreso que parecía haber articulado una salida generacional razonable a la cuadrilla de Suresnes, que en realidad nunca dejó de ser la de la famosa foto con tortilla de Pablo Juliá.

Aquellos muchachos, hoy convertidos en abuelos (algunos puede que incluso felices, quién sabe) no quieren dejar el poder, aunque sea el orgánico. El mando debe ser adictivo: sólo se abandona con los pies por delante. Nadie quiere renunciar a los cetros reales aunque el reino cada vez sea más reducido: sin ayuntamientos de enjundia, sin comunidades autónomas propias (a tenor de lo que dicen los sondeos de las andaluzas) y sin otro asidero que los grupos políticos de las Cortes, los parlamentos regionales y las delegaciones municipales. “Alguien debe gestionar la derrota”, dicen. Algunos de ellos son los que han precipitado el fracaso. ¿O es que Zapatero gobernaba solo?

Los fracasos no suelen ser atractivos salvo para los valientes (pocos) y quienes (muchos) prefieren la mediocridad como caldo de cultivo. No forman una buena combinación. Estos días, mientras el país se encuentra al borde del ictus económico, los socialistas, conscientes de que el péndulo ya hace tiempo que viró en favor del PP, empiezan a tomar posiciones para la guerra púnica del 21-N. Rubalcaba dijo lo mismo que la canción de Antonio Vega: “No me iré mañana”. Le faltó añadir: “Tendrán que echarme”.

Acto seguido Carmen Chacón, la heredera del zapaterismo, nos recordó que ella es mujer y catalana. Al parecer, dos atributos (en ninguno de los casos elegidos, sino sobrevenidos) que deberían disuadir a todos los posibles aspirantes. Rubalcaba tiene detrás a la vieja guardia. Chacón, a los jóvenes caídos demasiado pronto. La cosa va a estar entretenida. Si es que cuando empiecen a matarse todavía queda alguien vivo y con tiempo para contemplar el espectáculo.

Vértigo

Carlos Mármol | 17 de noviembre de 2011 a las 6:02

El baile se va acabando. Y la música dejará –pronto– de sonar. Mientras el socialista Rubalcaba se pone la camiseta de Marathon man para apurar los últimos días de la campaña, que está muerta desde la noche del famoso debate, cuando quedó claro que el PP no va a pinchar y los socialistas están más desesperados a medida que corre el reloj, Rajoy ha empezado a tener un extraño ataque de realismo. Acaso de vértigo.

Probablemente haya ocurrido después de ver el paisaje –desolador– de los muros de la patria, que diría Quevedo, tras los saltos del célebre mitin de hace unos días. “La cosa está negra”. España no va a salir de la crisis a medio plazo. Ni lo ha hecho con el PSOE ni, a tenor de lo que dicen todos los expertos, lo va a hacer con el PP. Hasta 2013, muerte clínica. A partir de entonces, ruina.

La inminencia del acceso al poder acostumbra a provocar en determinadas personas, una vez pasado el entusiasmo inicial, un cierto regusto amargo, una incomodidad, un imprevisto: se llama responsabilidad. Y suele beberse en vaso corto y en soledad. Sin hielo. No siempre sienta bien.

Al llegar a la Moncloa, lo más probable es que veamos al hombre que quieren los españoles como presidente –por el que hace unos años ni en su propio partido ponían la mano en el fuego;ahora tendrá más poder que Aznar, que fue quien lo designó– culpar de ciertas cuestiones a su antecesor. La táctica suele servir durante un tiempo, aunque algunos, sobre todo por el Sur, todavía piensen que es como la fe: eterna. Después, en lugar de beneficiar, más bien perjudica. Sobre todo si has prometido a todo el mundo solución para su problema esencial:la falta de trabajo, el miedo.

Rajoy, antes o después, tendrá que enfrentarse al espejo. Durante los días electorales, arropado por todas las encuestas, aparece como el ganador in pectore antes incluso de abrir las urnas. Ha adelgazado. Parece más liberal. Más centrista. Alguien en quien –según algunos– se debería confiar.

Claro que no ha tenido ocasión de gobernar: cuando empiece a tomar decisiones –o a ponerlas en escena; aquí quien manda son los mercados– el perfil amable irá esfumándose, las contradicciones argumentales aparecerán y la comedia se tornará estafa. Para entonces no habrá vuelta atrás. El vértigo será el nuestro.

‘Vietcongs’

Carlos Mármol | 16 de noviembre de 2011 a las 6:05

La esperanza –dicen– es lo último que se pierde, aunque uno siempre ha creído que el valor supremo es la honra. La dignidad. Los socialistas, que en esta absurda campaña en la que todo parece estar decidido de antemano aspiran a fracasar con cierto honor, presentando desigual batalla, que diría El Quijote, han optado en los últimos días del camino hacia el Calvario por intentar combatir la guerra psicológica, que tienen perdida desde hace dos años. Por eso insisten en que las encuestas conocidas no son del todo exactas –ninguna lo es– y proclaman que los indecisos todavía pueden comprar su mensaje: Rajoy no dice lo que va a hacer; ergo será malo.

No es por quitarles la ilusión, ni tampoco la razón (que quizás en esto la tengan), pero lo cierto es que la victoria de el PP es imparable no tanto por la diferencia –sideral– de votos que le otorgan todos los sondeos, sino por un aspecto en el que muchos, acaso, no habrán reparado: una buena parte de los votantes del PSOE ya no ven con malos ojos que Rajoy gane. Los votantes de la izquierda también forman, como decía Baroja tras su dura etapa como industrial panadero, una burguesía del proletariado. Y la burguesía, con independencia de los adjetivos que gaste, al final siempre es conservadora.

La moral de los socialistas sigue perdida en algún punto del subsuelo. Enterrada. La situación es crítica, lo que explica ciertas estampas de desesperación: a Felipe González (el estadista) criticando en los mítines a Cayo Lara (el agricultor) o a todos los hombres fuertes del socialismo –salvo Zapatero– rogando a sus electores que les voten incluso aunque estén “cabreados” con ellos. De donde se infiere una extraña lógica:votadnos aunque en realidad queráis matarnos. Como el personal es de natural pacífico, incluso a pesar de la desesperanza que se percibe en la calle, lo lógico es que hagan algo peor: voten a Rajoy. Es el mayor castigo.

La clásica apelación de los socialistas al voto vietcong –esos simpatizantes del PSOE que a pesar de no estar de acuerdo con los suyos al final van a votarlos por eso: por ser los suyos– denota que el socialismo de campaña no es capaz de romper con sus propios tópicos. Los vietcongs existen, pero son una guerrilla. La guerra ya está perdida. Sólo queda negociar la rendición.

Tecnócratas

Carlos Mármol | 15 de noviembre de 2011 a las 6:05

Tras el éxito de la operación transalpina, con caída y debacle de Il Cavaliere, los mercados internacionales prosiguen su ataque contra el euro apuntando –de nuevo– hacia España. La prima de riesgo patriótica (aunque el dinero nunca ha tenido patria) vuelve a los niveles de agosto. Y rompe uno de los escasos argumentos que le quedaban a los socialistas para atenuar su previsible batacazo: si Zapatero no hubiera empezado a recortar el gasto en su fatídico viraje político estaríamos igual o peor que Italia. Pues bien: ya estamos otra vez en el mismo sendero en el que –no se olvide– llevábamos ventaja hasta que Berlusconi nos adelantó. Deo gratias.

Los socialistas plantearon ayer una fórmula para reconducir el dispendio de las autonomías –uno de los grandes problemas de España, según los mercados– basada en que sólo se ocupen del gasto de índole social. Hay quien aplaude la idea. No sé muy bien el motivo. Lo que quizás habría que preguntarse, dado el sobreendeudamiento bestial de familias y empresas, y la secular dependencia de lo público –sobre todo en Andalucía–, si existe alguna partida presupuestaria en las cuentas públicas que, en realidad, no venga a ser en el fondo un gasto social. ¿Quién no vive, de una u otra manera, del presupuesto? Únicamente las empresas que exportan y trabajan en el exterior. Pocas. Sobre todo en el Sur.

Rubalcaba trata de multiplicarse para intentar reducir la distancia –sideral– que le separa de la Moncloa. Vano intento: se puede decir lo mismo muchas veces sin conseguir los objetivos. Los mensajes del PSOE son pólvora mojada por la gestión de Zapatero. Ayer comenzó a llover. En Ferraz intentan recuperar a la desesperada los votos que se les escapan por la izquierda –IU sacará once diputados, según los últimos sondeos– mientras el PP, anticipándose al deseo del poder financiero, y visto el ejemplo griego e italiano, postula ya un gobierno con caras sin perfil político.

Sería más correcto decir tecnócratas, que es lo que reclaman los mercados. Gente con formación y decidida capacidad para, sin molestos principios políticos, acometer las reformas. “Dios aprieta pero no ahoga”, dicen. Yo pienso aquí lo mismo que decía el gran Pepe Guzmán: “a nosotros no nos ahoga, pero tampoco nos suelta”.

Dictadura 2.0

Carlos Mármol | 12 de noviembre de 2011 a las 6:05

Rubalcaba cada día tiene más cara de místico de Ávila, pero sin chuletón a la sal, que es lo propio de los pagos amurallados castellanos. El candidato del PSOE, al que todas las encuestas dan por probable perdedor (“ya estoy remontando, ya estoy remontando”, repite el hombre), fue objeto ayer dos magníficas impertinencias de campaña.

En primer lugar, no le dejaron responder a las preguntas de una entrevista digital hablando durante más de nueve segundos seguidos. En segundo, le preguntaron por Almunia y por cómo piensa gestionar el día después. Hay que ser bastante cruel. De la Moncloa, niente.

El aspirante socialista salió más o menos airoso del último trance. “¿Dimitir? Yo no soy secretario general; Almunia sí lo era”. Es cierto: la inevitable situación bélica que se abrirá en el PSOE tras el 20-N recuerda mucho a la letra del viejo tango de Aníbal Troilo, Pichuco para los amigos:“Hay quien dice que yo me fui de mi barrio. ¿Pero cuándo, si yo siempre estoy llegando?”.

Efectivamente: el viaje de RbCb –lo moderno ahora es denominarlo así– no termina en las elecciones. Más bien comienza con ellas. Se trata de la reconquista de la dirección del partido por parte de los viejos patriarcas, que no quieren otros herederos más que ellos mismos. La obstinación zapaterista les ha salido demasiado cara.

En la entrevista de twitter lo pasó algo peor. Cuentan las crónicas que el profesor resoplaba a los diez minutos de empezar porque no podía extenderse en las contestaciones. Le obligaban a concretar. Algo lógico tratándose de un político en campaña, pero injusto si lo que se espera de un candidato es que te haga reflexionar.

La dictadura 2.0 es así: si piensas en más de 140 caracteres no sirve de nada. No interesa, lo que no deja de ser absurdo. Claro que Rubalcaba no tiene motivos para protestar: los políticos han aceptado el mito de las redes sociales –importantes, pero una parte más del mundo, que es ancho y ajeno, como decía Ciro Alegría– sin rechistar, como si no hubiera vida inteligente fuera de estos canales. Y la hay. Como la hubo siempre.

Lo escribió Ortega y Gasset: “Toda opinión que se tenga por justa es larga de expresar”. Ni twitter es el universo (a pesar de estar lleno de trolls y monaguillos) ni es la calle. Adictivo, quizás.