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Al fondo hay sitio

Carlos Mármol | 27 de enero de 2011 a las 6:35

Espadas persigue los votos de la Sevilla cofrade, sección bandas de cornetas y tambores, con una propuesta para ubicarlas en el monasterio de Santa Clara. Zoido sólo les prometió un local en Arte Sacro.

Cambio nave en un polígono industrial del Norte de Sevilla por parte de un convento restaurado en pleno Casco Histórico. Razón: candidato a la Alcaldía en las elecciones de 2011. ¿Ustedes qué responderían?

En el afán, casi se diría obsesión, de los alcaldables por agradar al personal (perdón, a los electores) la larga precampaña nos ha deparado ya algunas estampas singulares. Entre ellas, sin duda, está aquella célebre foto de Zoido, el predestinado líder del PP municipal, apoyando a las bandas de rock duro –mediante un plan de ayudas económicas a salas de propiedad privada; la dureza no excluye la subvención– y la que Juan Espadas se hizo ayer con el llamado consejo de bandas de música procesional de Sevilla, que, como la cita era de trabajo, fueron sin tambores y sin cornetas. Menos mal.

Este colectivo, que dice agrupar a algo más de 2.000 sevillanos que disfrutan en su tiempo libre tocando marchas de Semana Santa, reclamaba al candidato socialista lo mismo que en su día ya pidieron al del PP. Un espacio propio. Un lugar para ensayar. Lo de siempre. Una petición que, cualquiera que quiera dedicarse a la música en Sevilla, sabe que no es nada fácil de lograr. Salvo en campaña electoral.

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Sevilla es una ciudad paradójica. Teniendo toda una familia de equipamientos culturales de uso más bien limitado –Estadio Olímpico, Auditorio de la Cartuja, salas teatrales, bares– carece al mismo tiempo de espacios suficientes para ubicar al músico de base. Aquel que sólo toca un instrumento. Una de dos: o no aprovechamos lo que tenemos o los lugares disponibles se otorgan por aquello que dijo el clásico –ser vos quien sois– en lugar de con criterios objetivos.

El caso es que los músicos cofrades llevan décadas tocando en la calle. Casi siempre torturando al vecindario, incluso a aquel al que pudieran gustarle un rato las marchas militares y la música de las procesiones, que a mí, como dijera Brassens, ambas nunca me supieron levantar. Como en esta ciudad hay gente para todo –cosa que en ciertas ocasiones no quiere admitirse desde determinados sectores– el problema es tan común como independiente del género musical del que se trate. La Sevilla tradicional y la Sevilla rockera comparten idénticas carencias. Aunque, claro está, en las escalas modestas. Las altas, como ya sabemos, no tienen problema

La cuestión clave es cómo solucionar la vaina. El objetivo de los candidatos de ganar sufragios en estos sectores –el tiempo dirá con qué éxito– hizo ayer que Espadas penetrara, con aparente talento, en un territorio que, según ciertas lecturas sobre la sevillanía, a priori le debería resultar ajeno. El de la Semana Santa. Es lo que tienen las lecturas patrimonialistas sobre Sevilla.

El candidato del PSOE no sólo se reunió con las bandas de música cofrade, sino que les dijo que en lugar de a una nave en Arte Sacro –el polígono previsto junto a San Jerónimo– él les llevaría y daría cobijo en el convento de Santa Clara. Espadas quiso argumentar su propuesta por el lado del empleo –escuela de luthiers– pero la idea suponía un tiro a la candidatura de Zoido, que prometió lo mismo –incluida la red de locales en los distritos– hace meses, salvo que en su caso no llegó a hablar nunca de Santa Clara.

Habrá a quien la iniciativa le parezca bien. Y quien considere que es un desperdicio, otra muestra más del extraño interés de los socialistas por encandilar a los sectores más tradicionalistas. Es natural que la cuestión produzca por igual rechazo y entusiasmo. La Semana Santa es metáfora –para lo bueno y para lo malo– de Sevilla.

A mí sólo me gustaría apuntar, incluso a riesgo de que los pontificadores morados empiecen a disparar, que la propuesta presenta de origen dos reparos. El primero: vuelve a insistir en la perspectiva centrípeta que los políticos, y una buena parte de la ciudad oficial, tienen sobre Sevilla. ¿Por qué hay que ubicar este espacio en el casco histórico? ¿Por qué se acepta que en los barrios basta con hacer locales menores? Debe ser porque en el mundo cofradiero, salvo excepciones, todavía se habla por collaciones. Segundo: el plan inevitablemente implica la desnaturalización definitiva del plan de usos del Monasterio de Santa Clara, convertido ya en una macedonia tan variopinta como contradictoria.

El convento, cuya restauración debió terminar hace cuatro años, se lo han adjudicado hasta ahora a la Casa de los Poetas –los poetas no tienen casa ni patria, pero éste es otro tema–, al llamado Centro de las Músicas Históricas, al Festival de Música Antigua, a la Orquesta Barroca, a la entidad que administra el legado de Manuel Castillo, a parte de la Fundación Mario Maya, al archivo de Cansinos Assens, a los manuscritos de Machado, al Coro Barroco, a la Orquesta Bética e, incluso, a la Asociación de Periodistas Culturales. Debe ser para que a nadie se le ocurriera decir lo obvio: ¿no cabía allí nadie más?

Santa Clara, como explicó en su día el arquitecto responsable de su recuperación –García Tapial– necesitaba un proyecto cultural único para volver a renacer. Y eso es lo único que no tenemos: un proyecto participativo, dinámico y global. Integral.

En realidad, ni la ciudad ni por supuesto los candidatos saben qué hacer con esta joya. Lo mismo que con la Fábrica de Artillería, cerrada desde que los militares nos la dieron tras cobrar las recalificaciones del PGOU. ¿Cuántos proyectos se han planteado para tan fabuloso espacio? ¿Cuántos han prosperado? Es el sino de Sevilla, mucho más en elecciones: vender humo o, sencillamente, coger al primero que se presente.

Por cierto: ¿Y aquel Museo de la Ciudad del PA? ¿No era mejor idea?

Aviones, barcos y bicicletas

Carlos Mármol | 22 de enero de 2011 a las 6:15

Los candidatos a  la Alcaldía, ante la falta de propuestas propias en materia de empleo, tratan de capitalizar en beneficio electoral cualquier iniciativa ajena que tenga la mínima viabilidad.

Les digan lo que les digan durante los próximos cuatro meses no se engañen: un alcalde tiene poco que hacer en términos de creación de empleo. Puede colaborar para que una determinada iniciativa industrial se asiente en la ciudad, pero su hipotético papel como salvador frente el problema del paro, que es el que marcará el resultado de las elecciones locales, autonómicas y nacionales, depende en realidad de otros ámbitos de decisión.

Esencialmente de dos: el Gobierno central y la administración autonómica. Ambas instituciones se reparten casi todas las competencias en la materia, por lo que a los consistorios sólo les queda el urbanismo como única herramienta para poder atraer inversores. También algo de políticas de formación (los cursillos) y el capítulo de la promoción, sobre todo si es capaz –cosa que en Sevilla hasta ahora no ha ocurrido– de mirar fuera de sus fronteras para plantear este tipo de iniciativas en clave metropolitana.

La creación de empleo depende de la salud de la economía –ahora en fase de derribo–, del ambiente reinante y de la decisión de los únicos que contratan: los empresarios. Un alcalde puede influir, animar, persuadir, insistir y un sinfín más de acciones retóricas. Pero, salvo en las empresas municipales, no tiene la solución. Las arcas municipales, además, no están para alegrías. Ya hacen lo mismo que las empresas: amortizar plazas.

Siendo esto así, como ha sido siempre, resulta pertinente analizar los pronunciamientos de los candidatos a la Alcaldía en favor de la creación de empleo. Conscientes de que los electores tienen al paro en primer lugar en la lista de preocupaciones, Zoido, Espadas y Torrijos, cada uno a su manera, han querido en los últimos días capitalizar la atención de la audiencia con algún tipo de idea, iniciativa o actitud favorable al asunto.

Lo malo es que casi ninguna de sus propuestas son originales. Esto es: no se les han ocurrido a ninguno de ellos. Como pedir ideas a un político, por lo visto, va camino de convertirse casi en una quimera –se le puede pedir una sonrisa, una promesa, un mail, cualquier cosa menos una iniciativa sólida– pues la tónica dominante es apuntarse a lo que traiga la corriente del río, el cielo o el azar.

CUADERNO DE CAMPAÑA 5 baja

Zoido, por ejemplo, mira obsesivamente al Guadalquivir. Ayer se hizo una foto con un pastel junto a la Torre del Oro y el jueves se fue al antiguo Callejón de la Inquisición para presentar su propuesta de crear una Zona Franca en Sevilla. El equipo del candidato del PP, que suele trabajarse las puestas en escena, debió pensar que no merecía la pena ir a contar la historia al actual espacio portuario y, como si estuviéramos en el Siglo de Oro, presentó la idea junto al Puente de Triana, donde el puerto es historia.

Claro que la propuesta de la Zona Franca en realidad no es ninguna novedad. Los empresarios sevillanos y la actual dirección de la Autoridad Portuaria llevan tiempo acariciando dicha idea, lo que pasa es que hasta que no se despejen las dudas sobre el dragado del río –esclusa nueva ya tenemos– la cosa parece prematura. Y permite el ataque del enemigo, que sólo tiene que relacionar el término –Zona Franca– con los escándalos de corrupción que se sucedieron en la institución homóloga de Cádiz. Si alguien desea aplicar a Zoido su propia medicina –las denuncias sobre la honra ajena– tiene base, aunque el argumento sea demagógico. ¿Acaso importa?

Si Zoido apuesta por los barcos para combatir el desempleo, Espadas ha optado por los aviones. Desde luego, la iniciativa tampoco es suya. En su web el candidato socialista alaba la apuesta de la Junta por el sector aeronáutico que, gracias al proyecto del avión militar A400M, puede permitir mantener la incipiente industria auxiliar. Lo mismo hizo en su día Monteseirín, que se arrogaba la paternidad total de esta apuesta estratégica.

En honor a la verdad hay que decir que los primeros que, en un Pleno municipal al menos, hablaron de la aeronáutica como futuro para Sevilla fueron los chicos de IU. No se asusten: no fue Torrijos, sino el añorado Luis Pizarro. Las carcajadas del resto de concejales retumbaron aquel día en el viejo salón de Plenos. Lo que son las cosas: cuántos padres tienen las victorias. Espadas parece apuntarse a ser uno de ellos: insiste en que la solución al empleo puede venir por avión. Que sea militar o no –adjetivo que puede inquietar a cierta parte de su electorado– ha pasado a un segundo plano. Es lo que tiene ver a Sevilla sólo en positivo.

¿Y Torrijos? El empleo es una de sus líneas argumentales favoritas. Si hablamos de medios de transporte (barco, avión) al candidato de Izquierda Unida le queda la bicicleta, proyecto que el PSOE lleva tiempo intentando fagocitar. ¿Crean empleo? Depende. Es cierto que en Sevilla existe un servicio de bicis que antes ni hubiéramos soñado. Y que funciona muy bien. Pero el negocio de JCDecaux es la publicidad, no las bicicletas. ¿Qué le queda? Las empresas municipales, de cuya privatización no quiere ni oír hablar. Así se lo está diciendo a todos los comités de empresa. Para crear empleo, todos al Ayuntamiento. Otra cosa es que, si las cosas siguen así, haya dinero para pagarle a nadie.