Archivos para el tag ‘Torrijos’

La incertidumbre del ‘factor Vietcong’

Carlos Mármol | 21 de mayo de 2011 a las 6:15

La campaña electoral termina sin que ninguno de los grandes partidos tenga la plena seguridad de ganar. La victoria de Zoido depende de lo que hagan los indecisos. Los socialistas confían en que su electorado les dé otra oportunidad.

Punto y final con tres incertidumbres, tres. Cuando lean esto (si es que todavía tienen cuerpo) estarán en las silenciosas horas de la reflexión, el examen de conciencia democrático (la retórica cristiana siempre me ha parecido soberbia) que los electores debemos forzosamente hacer antes del día de la decisión trascendente: el voto. Tiempo han tenido (entusiasmo, evidentemente, no les he pedido nunca) para oír los mensajes y promesas, ver las sonrisas, testar las ideas (pocas) y comprobar los posicionamientos (muchos, quizás demasiados) de las distintas fuerzas políticas que se presentan a las elecciones de mañana domingo, en las que lo que se decide, les digan lo que les digan, es quienes va a gobernar Sevilla hasta el año 2015.

Después del largo itinerario oficial de esta campaña, e incluso tras el periodo previo de propaganda política (que empezó de forma más intensa tras las Navidades), probablemente muchos de ustedes estén todavía preguntándose cómo sacar algo en claro de semejante avalancha de palabras, imágenes, sensaciones (si han acudido a algún acto político) y tantas medias verdades, cuando no directamente mentiras.

Lo cierto es que en buena medida el circo electoral termina más o menos igual que comenzó: con un grado mayúsculo de incertidumbre (pese a todas las encuestas) y una indefinición sostenida que, lejos de significar un problema, en realidad es una de las grandes ventajas de la democracia (aunque sea tan formal e imperfecta) en la que vivimos. Durante estos meses han hablado únicamente los políticos. Ahora es el turno de los ciudadanos. No es raro que en los foros de decisión de los grandes partidos haya nervios. Y hasta miedo. Es la única ocasión en la que, por una vez, no son ellos los que quitan y ponen reyes. Excelente costumbre.

Los populares, que durante la primera fase de la campaña llevaron la iniciativa (fundamentalmente por la singular fórmula elegida por los socialistas para ir a esta guerra), llegan a la cita aparentemente con confianza en ganar, pero sin la esperanza de arrasar y, por tanto, sin que la Alcaldía esté totalmente asegurada. Zoido (Juan Ignacio), cuya estrategia de campaña ha consistido en no despertar del todo a los votantes socialistas (por mucho que retóricamente les pida el voto prestado) desvelando el verdadero fondo de su programa electoral, puede convertirse en el próximo alcalde si los indecisos (la clave de estos comicios) se quedan en su casa u optan, de forma significativa, por su movimiento interclasista como mal menor ante el hartazgo que, tras décadas de excesos, ha provocado la forma de hacer las cosas de los socialistas. Pese a su relato electoral (que incurre en el error de celebrar la victoria antes de tiempo) van a la cita con los dedos cruzados para que no se produzca un movimiento telúrico de última hora que les robe un triunfo que, en caso de pinchazo, será mucho más cruel precisamente por su falta de paciencia.

Izquierda Unida, en cambio, cierra esta campaña con la seguridad de que sus estimaciones de voto no se moverán demasiado, pero sin la seguridad política que les daría ganar un concejal más. A la coalición le faltan al menos 8.000 sufragios para soñar con tener un grupo municipal similar al que en su día encabezó Luis Pizarro, que logró las mayores cotas de representación (aunque en la oposición) de la coalición en la reciente historia municipal. La incógnita de su ecuación, pues, es si sus actos de resistencia política (en estos términos está planteada la cosa, dada la campaña de acoso del PP) serán suficienten para continuar en un gobierno de coalición con los socialistas o, en cambio, los devolverán a la oposición tras ocho años de poder.

Los socialistas son los que sufren en mayor medida la incertidumbre de su propia incógnita. A pesar del giro que lograron darle a la situación durante ciertos momentos de la campaña, saben que el alto grado de desafección ciudadana en relación a los políticos los coloca en una posición más frágil que nunca. Incluso tras haber gobernado durante los últimos doce años la ciudad. Los graves errores de gestión de Monteseirín condicionan sobremanera la situación política y son muy difíciles de salvar. Tan sólo les queda la esperanza del factor Vietcong. Me lo contaba el otro día el socialista más inteligente que conozco tomando una cerveza, aunque el término es invención (genial) del ex alcalde de Jerez, Pedro Pachecho:

–Yo creía que la situación electoral estaba completamente dominada. Que ganábamos sin problemas. Pero el día de las urnas, como de la nada, aparecían los malditos vietcong [votantes socialistas críticos que, a la hora de la verdad, volvían a votar al PSOE] y le daban un giro a la situación.

Los vietcong suelen ser votantes neutros, aparentemente no alineados. Gente que cuando se acerca un candidato de un partido contrario lo escuchan, le dan incluso la razón; algunos hasta le dicen que van a votarle porque están cansados del olvido de los socialistas. Después, en silencio, agazapados en la entrada del colegio electoral, casi como los vietnamitas, deciden que el corazón es más importante que la razón y terminan votando justo a quienes critican. Son, por así decirlo, la última gran esperanza del PSOE.

Así están las cosas. Mañana es el día cero. Es pues tiempo ya de cerrar (temporalmente) este humilde cuaderno de campaña que a lo largo de 76 días y casi un centenar de páginas, desde el 18 de enero, ha procurado narrarles la batalla por la Alcaldía de otra forma. Regreso a La Noria, desde donde seguiré contemplando la eterna rueda de la fortuna de Sevilla. Ha sido un placer. Me despido de ustedes al estilo de Woody Guthrie, el viejo trovador: “Salud gente, nací viajando”.

Vendedores de biblias

Carlos Mármol | 20 de mayo de 2011 a las 6:14

Los candidatos cierran la campaña con un debate en el que todos presumen de programa. El urbanismo marca el enfrentamiento final ante las cámaras. El tono del debate a tres se vuelve agrio.

Bueno, esto va terminándose. Y la verdad es que no hay sensación de pena (más bien de alegría) ni de nostalgia. Ahora bien, alguno, que no es necesario nombrar, empezará a sentir melancolía dentro de un par de días. Tiempo habrá de contarlo. Esta campaña electoral ha sido singular porque empezó mucho antes de lo que correspondía (para Zoido, por ejemplo, se inició el mismo día que perdió la Alcaldía; hace cuatro años) y ha estado trufada por los paréntesis (relativos) de la Semana Santa y la Feria. Ya se sabe: cuando Sevilla se pone mayestática.

El periodo de discusión electoral, previo a la jornada en la que los ciudadanos (algo más de la mitad;el resto no vota o tiene otras cosas más importantes de las que ocuparse, al decir de Cervantes) fijarán el nuevo mapa político de Sevilla, se marcha sin que el debate sobre el futuro de la ciudad haya sido profundo (raro es que la política actual permita hacer nada que no sea superficial) y sin que la dialéctica entre las distintas opciones haya aportado un rayo de luz a una población a la que, en buena medida, la brutal crisis está destrozando la vida.

No es por eso raro que el último enfrentamiento entre los alcaldables sevillanos, emitido ayer por el canal Giralda TV, se caracterizase por el tono bronco, los reproches y la ausencia de autocrítica por las tres partes en liza. ¿Ganador? Cada uno tendrá su propia opinión. Ami juicio, ninguno de los cabezas de lista estuvo especialmente brillante en nada que no fuera atacar al contrario. Se entiende que el consejo de los asesores ha sido expreso:a dar caña, que la cosa se termina. ¿Explicar propuestas? Poco, que eso no interesa a nadie. ¿Sacar pecho? Demasiado. Todos, claro está, estupendos.

Los candidatos empezaron presumiendo de programa. Cosa llamativa. Casi todos, salvo IU, que en esto es ejemplar (en otras cosas, para gustos los colores)no los han sometido al escrutinio de los votantes hasta esta última semana. Contienen muchos colores y muchas promesas, pero escasa metodología y menos detalles de cómo hacer lo que prometen. Eso sí:parecen como esos misales evangelistas que te encuentras en las mesillas de los hoteles. Ylos candidatos, sin ánimo de ofender, que esto se supone que debe ser simpático (aunque haya quien nunca tendrá sentido del humor), vendedores de biblias. In God we trust.

-Caballeros, aquí les dejo mi programa electoral.

Después de presumir de fondo (sin tenerlo), los alcaldables se metieron en el jardín, siempre proceloso, del urbanismo. Aquí sí hay tema. De hecho, es la única cuestión que en esta campaña es políticamente trascendente. Sobre el lápiz urbanístico, además de los males de la crisis, está la potencialidad del negocio que supone gobernar un pueblo, o una ciudad. Sentarse en la Alcaldía. Zoido quiere cambiar el PGOU con la coartada del empleo. Espadas lo quiere mantener, salvo ajustes puntuales. Torrijos pretende dejarlo como está.

No existe ninguna novedad: cuando se votó el PGOU los populares no levantaron la mano (se abstuvieron), el PA votó en contra y el documento se aprobó gracias a la mayoría PSOE-IU. No hay pues cambios de posición, aunque sí ilustrativas manipulaciones. Sospecho quelo que realmente crearía empleo en Sevilla es desarrollar los proyectos del libro urbano de la ciudad, no empezar ahora a cambiarlo a capricho. El empleo, además, no debería ser una coartada para que el diseño de la ciudad vuelva a ser decidido por nadie diferente a los propios ciudadanos. Que en parte (no del todo)ya lo hicieron en 2006.

Por otro lado, en esta campaña las promesas sobre la creación de empleo se han convertido en una coartada política para (casi) todo. En realidad, el margen real de acción del gobierno local en este campo es muy escaso. Limitado. Casi testimonial. Dejémonos de medias tintas: el empleo depende de que haya proyectos de emprendedores, formación y de que la economía general funcione. Y eso no lo va a arreglar de un día para otro, ni probablemente en cuatro años, ningún ayuntamiento, lo presida quien lo presida, que en sus presupuestos ordinarios de inversión apenas lleva dinero suficiente para hacer una obra tan básica como la primera fase del bulevar de Bellavista.

Las inversiones municipales de los últimos años, mal planificadas y ubicadas en sitios más aparentes que con verdaderas necesidades, han sido un espejismo coyuntural. No se volverán a repetir en lustros. La realidad a partir de ahora será mucho más parda. Prosaica.

Tras el empleo, de fin de fiesta, salió la corrupción. Mercasevilla, la célebre mariscada de Torrijos (yo a esto, más que corrupción, le llamaría gula marinera) y las habituales acusaciones de Zoido sobre la honradez ajena. Aquí es donde se produjo el momento más tenso y agrio del debate. Espadas cortó en seco al candidato popular, que probablemente no se esperaba tal reacción de un cabeza de lista que apenas unos minutos antes, tanto él como Torrijos, habían calificado como el nuevo. Supuestamente inexperto en las lides municipales. Más o menos igual que Zoido hace cuatro años.

Por lo demás, la discusión de los tres tenores no dio mucho más de sí, salvo por lo difícil que en esta ocasión se lo pusieron a Javier Bolaños, el periodista al que le ha tocado moderar todos los encuentros. “Fuera de tiempo”, repetía Bolaños constantemente para intentar que se cumplieran los límites pactados. A los candidatos parece que ya les cuesta hacerle caso a quien les habla. Mala cosa.

Zoido se toma un café (con leche)

Carlos Mármol | 19 de mayo de 2011 a las 6:05

El candidato popular renueva su ‘spot’ electoral a apenas 72 horas para el 22-M y tan sólo 15 días después de haber confiado su mensaje al tendero de Su Eminencia. El nuevo vídeo, rodado en un bar, calca el lema de los socialistas.

Existe una imagen, muy famosa, de un hombre sentado en la terraza de un bar tomando tranquilamente un café solo. Es una estatua. Célebre. El Fernando Pessoa del Café Brasileira del Chiado. En Lisboa. Está hecha de hierro y los turistas, que van a la ciudad del Tajo en busca de la saudade y del bacalao, y que maldicen las inmensas cuestas empedradas en cuanto bajan de los viejos tranvías –nada que ver con el nuestro–, acostumbran a hacerse fotos con ella. Representa a un gran poeta luso –aunque su relato sobre El banquero anarquista sea la mejor burla que se ha escrito sobre las trampas de la sociedad– pero ha quedado, a los efectos prácticos me remito, como asiento eterno de niños y grandes, indígenas y forasteros, apocalípticos e integrados. Es, lo que se dice, mobiliario urbano.

Me he acordado de la estatua de Pessoa –es increíble, lo sé; pero todo responde a la libre asociación de ideas, lo juro– al ver ayer el nuevo vídeo que el Zoido-team (el equipo de campaña del hombre que necesita Sevilla) ha colgado en el canal zoidiano del youtube, en internet. Qué cosita más extraña. ¿Un nuevo spot de campaña a apenas tres días para el 22-M? No sé. Resulta raro. Singular. ¿Preocupante?

–Hombre, Mármol, que todas las encuestas dicen que quien va a ganar la Alcaldía es Zoido.

Puede ser. No digo yo que no. Que me perdonen los santos y las vírgenes, pero, en mi ignorancia natural, no alcanzo yo a ver los motivos que han podido provocar que Zoido (a efectos audiovisuales) se decida a salir del armario (en sentido figurado, claro) 72 horas antes de la apertura de las urnas. Uno creía que el PP había confiado todo su mensaje de campaña a un humilde tendero –pequeño empresario, lo llamaría yo– del barrio de Su Eminencia. Estaba yo un día comiendo con un socialista, brillante y subjetivo, cuando le llama otro socialista (literario) y le dice:

–“Quillo (en Sevilla todavía decimos estas cosas), el vídeo que ha hecho Zoido para la campaña es buenísimo. Lo han rodado en Su Eminencia. Con un tendero. El tío además ni sale ya. Está más que sobrado. Vamos a hundirnos”.

Todos los periódicos, y las webs de los diarios, hablaban del susodicho: un humilde ciudadano anónimo (se llama Juan Gallardo) que, generosamente, se había prestado a contarle a una de sus clientas –Loli, a la que no se ve en todo el rato– las bondades del candidato popular, solución a los problemas de Sevilla. La pieza, que dirían en la tele, fue todo un éxito: rompía el tópico sobre el votante del PP (relativamente; todo depende de los prejuicios de cada uno) y parecía atacar al corazón mismo de los socialistas. Los votantes de los barrios más populares de Sevilla no tenían ya que ser forzosamente socialistas. También podían votar al PP. En esta ocasión, además, iban a hacerlo.

Zoido, tras cinco años de campaña interminable, dejaba todo su espacio a la gente de la calle –su tesis es que lo que él representa no es a un partido político, sino a un movimiento social interclasista bautizado con el nombre de YA– para que el mensaje del PP fuera mucho más creíble. No hacía falta decir nada más. Era perfecto, por lo visto.

Después ocurrió un factor imprevisto. Sobrevenido. Sorprendente.

El tendero, independiente zoidiano, el profeta de los tiempos que vienen, por lo visto, tuvo un día la ocurrencia de presentarse (en persona) en un acto que los socialistas celebraron en el barrio. En Su Eminencia. Estuvo escuchando a Espadas (el senador), analizó con detalle el programa de los socialistas para este barrio (no hay demasiado que mirar, pero, según algunos de los presentes, le dedicó su tiempo) y estuvo un rato hablando con el adversario político de su candidato. Hasta se dejó hacer una foto sin problema. Nada grave: un sencillo (y admirable, dado como están las cosas) acto de voluntad individual y libertad de criterio. El tendero pide el voto para quien quiere, acude a los actos políticos que quiere y, al igual que todos los sevillanos, irá a votar este domingo a quien le dé la gana. Faltaría más.

Alguien, sin embargo, ha debido ponerse, digamos, nervioso. O mejor dicho: inquieto.

–¿Y si al final le da por votar al PSOE? Menudo papelón.

Así que han hecho otro ‘spot’ de campaña (justo cuando se termina la campaña) para evitar los problemas y, de paso, reforzar el mensaje, por si no estuviera ya nítido. Ayer, siguiendo el enlace del twitter del candidato del PP, me puse a verlo. Buena calidad. Colores bonitos. Una banda sonora rítmica, de golpecitos como de caja flamenca, una voz en off con cierto acento andalucista (Pilar, esto hay que llevarlo a la junta electoral) y, por fin, el candidato.

Zoido (Juan Ignacio) se toma un café (con leche) en un bar y, a medida que el camarero le sirve, se van resaltando ideas asociadas a gestos: honestidad (los ojos), limpieza (la barra de un bar inmaculado), empleo (el camarero que sirve el café), seguridad (la mano de Zoido saludando, con su alianza de casado, a un elector), transparencia (una copa de agua), futuro (un Iphone), cercanía (el candidato mirando por la ventana) y eficacia (la cucharilla fuera de la taza).

Después imágenes rápidas de Sevilla entre las que, qué cosas, alguien ha metido como de rondón los inmensos carteles que instaló Rafael Pineda (PSOE) en los bloques de viviendas para renovar la imagen urbana del Polígono de San Pablo (esto debe parecerle bien al PP, supongo). Después, Zoido habla: “Juntos podemos hacer de Sevilla la mejor ciudad del mundo. Tú decides. Eres la llave”. ¿Los socialistas no tenían un lema que era algo así Conmigo tú decides”. Se parece bastante. Aunque, bueno, no es lo más grave. Lo que yo no entiendo muy bien es lo de la cucharilla. ¿Un mensaje cifrado?

De postre, endogamia

Carlos Mármol | 18 de mayo de 2011 a las 6:15

Zoido, tras el notario, centra su mensaje en quién ocupará el área de Economía . Espadas, en los desencantados. Torrijos se reivindica a sí mismo. Los ciudadanos piden más democracia.

A sólo cuatro días para el 22-M, todas las encuestas se han vuelto viejas. Los mensajes de cada uno de los candidatos a la Alcaldía de Sevilla están ya fijados. Escritos. Casi todos ellos, si se fijan, salvo excepciones momentáneas, en el fondo son endogámicos, aunque a priori no lo parezcan. Veamos un caso gráfico.

Zoido (Juan Ignacio), que ayer se comía los turnos de intervención en el debate de RNE sin respetar del todo el papel del moderador (esperemos que tal episodio sea anécdota en lugar de categoría), además de contar su tesis del cambio tranquilo –todavía tengo dudas de si este hombre habla de un cambio que al final no será más que protocolario o de una transformación más profunda que requiere cierto tiempo para que se noten los resultados– volvió a echar mano del gran hallazgo conceptual de esta campaña –junto a lo del notario– y se puso a sembrar dudas sobre, en el caso de un posible pacto PSOE-IU, quién va a ocupar el área municipal de Economía.

Tengan ustedes en cuenta que, justo en este punto, hablamos de un asunto totalmente clave, trascendente, sustancial. Dependiendo precisamente de quién ocupe el área de Economía y Empleo en el próximo gobierno local (lo presida quien lo presida; esto, como comprenderán, ya viene a ser lo de menos) depende el futuro y el bienestar de cientos, miles de las familias sevillanas.

Porque, estimados, convecinos, según el PP ustedes no deben votar analizando la gestión de estos últimos cuatro años, ni examinando tampoco los programas de los distintos partidos políticos; tampoco deberían decidir su voto en función de las promesas que los distintos alcaldables hayan hecho durante los últimos meses en relación a su barrio, al colegio al que acude su hijo, a las políticas sociales o a la oferta electoral sobre el transporte público. No, hombre, no. Ustedes, estimados ciudadanos, sevillanos todos, tienen que votar en función de quién vaya a ser el próximo concejal de Economía.

El PP formula siempre esta misma cuestión porque con ella quiere resaltar su mensaje de que el PSOE e IU son la misma cosa (obviaremos el sustantivo exacto en el que piensan los populares, digamos, acérrimos) y que, como van a pactar entre ellos, los muy canallas (el tono profundo de la frase viene a ser más o menos éste; no exagero nada), y no piensan ir al notario, como les pide Juan Ignacio, al final quien decidirá cómo gobernar la economía sevillana puede volver a ser “un comunista”. Y ya saben: los comunistas, por lo general, no creen en Dios, salvo que éste se llame Marx, Lenin o Gramsci.

A mí, tras constatar esta insistencia de Zoido, me surge una gran duda: ¿Se acuerda alguien de los nombres de los distintos ediles de Economía del Ayuntamiento? Yo llevo veinte años en este oficio y, la verdad, me cuesta. Recuerdo un tal Antonio Cabrera –un político de Jerez que fue capitular hispalense en un momento en el que Rojas Marcos se llevaba bien con Pacheco–, a Mar Calderón, a Teresa Garrido y, después, a Emilio Carrillo, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis y hasta Rosamar Prieto (nunca suficientemente ponderada, según sus fieles) pensando así, a bote pronto. ¿Cómo es posible que no tengan una estatua en Sevilla, dada su arriesgada labor? Inexplicable.

Segundo ejemplo: Espadas. El socialista, que ayer colgó en su web su programa electoral integral (algo tarde, la verdad), intentóo ayer atraer el interés de los socialistas desencantados. Todos. Zoido les pide el voto prestado y el alcaldable del PSOE, casi como en el anuncio aquel de la Coca-Cola en el que, con acento argentino, una voz en off recitaba una larga enumeración caótica de todos aquellos a los que le gustaba el refresco (para los altos, para los bajos, para los feos, para los guapos, para los inteligentes, para los torpes….) les dice:  “Es que yo tengo el corazón socialista”.

–Ah, bueno.

Sépanlo, que también esto es, al parecer, trascendente. Habrá que ver si el 22-M termina pletórico o con el corazón partío.

No desesperen:ya llegamos al caso de Torrijos. ¿Es endogámico el mensaje de Torrijos? Probablemente, el que más. Toda la campaña de IU, en realidad, ha pecado de este defecto. Es una fuerza política que habla, sobre todo, a los suyos y que, aunque no cierra puertas a nadie, a priori, parece llevar a gala su condición de defensora de un único sector de la población.

Es llamativo: proyectos como el carril bici, que ahora todos los demás quieren apuntarse, les hubieran permitido ganar el reconocimiento de un público, digamos, no ideológicamente tan afín, pero, lo mismo que el PP insiste en hacer un discurso desideologizado (lleno, en realidad, de ideología), la coalición hace lo contrario:verlo todo desde los principios programáticos. Torrijos, además, no para de reivindicarse a sí mismo en esta campaña –ayer con Cayo Lara, su jefe nacional– bajo el argumento de que el Tea Party local quiere acabar con su figura. Bromas aparte, la cuestión sí tiene un matiz serio:el candidato de IU tiene que moverse con un guardaespaldas. Mala cosa. Hace tiempo que alguien se excedió.

Mientras estos tres tenores luchan denodadamente por convencer a los indecisos –que tienen corazón; también cabeza– algo está empezando a ocurrir en plena calle. A la luz del día. El domingo: 5.000 personas en la Plaza de San Francisco. Ayer, cientos más en la Encarnación. Sevillanos anónimos que piden más democracia, respeto y ciudadanía. Un llamativo contrapunto para el final de este circo electoral.

¿Será por ponerse estupendo?

Carlos Mármol | 17 de mayo de 2011 a las 6:30

Los socialistas intentan quebrar el argumento esencial de campaña de Zoido planteando ahora la hipótesis de un gobierno local en minoría y sin IU. Torrijos siempre ha dicho que no pacta sin programa común. ¿Y sin cargos?

Ustedes eligen. O dan el voto prestado como si fueran algo así como los antiguos montes de beneficencia, que concedían hipotecas a un interés bajo, en este caso nulo, u optan por el llamado voto útil. No hay mucho más. Los dos candidatos a la Alcaldía de Sevilla han entrado en la recta final de la campaña abriendo una espiral divertida: la de la adjetivación del voto. Un voto siempre es un voto. Dos, acostumbran a ser dos. Hasta aquí, todo claro. De acuerdo. Ahora bien: ¿qué es un voto útil? ¿Para quién es útil? ¿Cómo se mide la utilidad?

Espadas (el senador), que tiene como única meta en los cinco últimos días que quedan hasta el 22-M darle la vuelta a las encuestas tardías –a los socialistas les preocupa sobre todo el efecto del último sondeo de casa, por el posible efecto desmovilizador sobre la tropa en plena fase final de la batalla–, quiso ayer quebrar el principal argumento de campaña de su adversario –Zoido (Juan Ignacio)– y llegó a plantear la tesis de un supuesto gobierno en minoría sin IU, aunque contando con ella. Después obviamente, la aritmética obligará, tuvo que aceptar la mayor: si no alcanza la mayoría necesaria para la investidura no tendrá más opción que negociar. Sólo tiene –si el PA no vuelve al Ayuntamiento– dos posibilidades:o Zoido o Torrijos. Y, según algunos históricos del PSOE, ninguna es muy buena. Las dos le darían la Alcaldía. La de Zoido es del todo imposible. Queda Torrijos.

Claro que hay formas de hacer lo mismo por caminos distintos. La hipótesis de un gobierno en minoría resulta interesante. Contra lo que pudiera pensarse, no es inaudita: ya lo demostró durante su segundo mandato el socialista Manuel del Valle, que gobernó en solitario gracias a apoyos puntuales con los comunistas civilizados. De momento no puede considerarse más que una cábala, porque serán las urnas las que permitirán hacer una u otra cosa, las dos, o la contraria. Pero la discusión tiene cierto recorrido, sobre todo si los andalucistas llegan a dar la sorpresa y entran en el Consistorio o, acaso, si los resultados electorales obligan al final a IU a tener que elegir a la hora de votar al futuro alcalde entre el PSOE o el PP sin tener una garantía expresa de cerrar un pacto de gobierno. Porque aquí está toda la cosa: ¿si PSOE e IU suman 17 ediles y los socialistas prefieren no pactar dejaría Torrijos que gobernase Zoido?

Evidentemente, si se cree la tendencia registrada por casi todos los sondeos –que sitúan al PP al borde de la mayoría absoluta, pero sin garantías totales debido al elevado número de indecisos–, lo que ayer dijo Espadas sobre el futuro gobierno minoritario no deja de ser una forma extraña de ponerse estupendo. A Espadas le faltan votos –él dice que 1.000;los expertos sostienen que al menos unos 3.000– y elucubra con la posibilidad de no depender de nadie todo el tiempo. ¿Quién se lo cree? Parece irreal.

Sin embargo, no es más que una posibilidad más entre otras. Remota, si se quiere ver así, pero sencilla de plantear. Entendible por todo el mundo. Incluso hasta razonable. Sólo requiere de una condición: que se cumpla la tesis del empate que desde hace unos días dice tener amarrado el PSOE. Igual que ahora. Un empate en número de concejales, claro. Empatar también en votos es evidente que sería un milagro.

En este escenario, sin un ganador con mayoría absoluta (aquí hay que recordar que quien gana la Alcaldía es quien más concejales consigue que estén dispuestos a votarle;no quien saca más votos), los socialistas podrían forzar a Torrijos y Cía a elegir entre dos variantes:o ellos o Zoido. No hace falta ser muy listo para saber qué es lo que haría el candidato de la coalición de izquierdas.

Lo ha dicho muchas otras veces en público:“Con Zoido no iría ni a coger billetes de mil euros”. Es comprensible. Si el hombre que necesita Sevilla es capaz de pedirte el voto prestado, sin ofrecer rentabilidad inmediata, más o menos de forma casi benéfica, imagínense lo que haría si tienes un billete de esta cantidad en tu bolsillo. Pedírtelo también para sacar a Sevilla del atolladero. Dado cómo va a dejar Monteseirín las arcas municipales, hasta sería del todo lógico. Natural.

Claro que Torrijos también puede ponerse difícil. Correoso. Lleva ya semanas marcando las distancias con el candidato socialista para resaltar la autonomía de su fuerza política y aparecer como el verdadero elemento decisivo del futuro gobierno local. Bueno, tampoco hay que preocuparse: es cosa de carácter. Le gusta darse importancia. Ponerse también estupendo.

Aunque la pregunta que habría que hacerle más bien es otra: “¿Qué es lo que va a pedir Torrijos al PSOE a cambio de apoyar una hipotética investidura de Espadas”. Si lo que se piden son cargos, compartir el gobierno, una alianza similar a la de los dos últimos mandatos, los socialistas saben que van a tener bastantes problemas en determinados asuntos a medida que pase el tiempo. Sin contar con el hecho de que el aparato del Comité Central (nunca mejor dicho) funciona con el dinero que reciben sus cargos en el Ayuntamiento. Alguien tiene que seguir pagándole el móvil a Juan de Dios Villanueva, secretario general del PCA en Sevilla.

Ahora bien:¿Y si lo que se pacta son determinados ejes del programa electoral y no la incorporación al gobierno?¿Tendría entonces credibilidad la apelación al miedo (comunista) que lleva dos años haciendo Zoido? Muchos creen que IU nunca aceptaría dar sus votos a un alcalde socialista sin poder gestionar sus propias áreas de gobierno, sueldos, dinero. Puede ser. Es difícil, claro. Su mensaje ante el electorado, sin embargo, es otro: garantizar la aplicación de un programa social que asuma determinadas políticas contra las desigualdades. Se puede hacer perfectamente desde fuera. ¿No es hora de poner a IU ante sus propias contradicciones?

El arte de ‘dar la chapa’

Carlos Mármol | 16 de mayo de 2011 a las 6:08

El buzoneo electoral es un arte en desuso, pero esencial en una campaña . Torrijos valora su propia gestión . El PP enseña a Rajoy y a Arenas más que a Zoido. Espadas: “Seré el alcalde”

¿Existe algo que genere más bostezos que el correo atrasado? Facturas, cartas del banco, la publicidad habitual de las compañías de telefonía móvil y, ahora, una repentina sucesión de cartas (personales, claro) de los candidatos a la Alcaldía de todos los partidos. No hay tregua. Los tenemos a diario en la televisión, en los periódicos, en la esquina y hasta en el buzón. Todo vale para acosar al frágil elector.

El buzoneo electoral es todo un clásico. En los tiempos actuales, donde todo se mueve ya por internet, a través de las redes sociales, cuando cualquier edil de pueblo cree ser capaz de emular a su propia escala el movimiento social que canalizó digitalmente Barack Obama, que uno todavía reciba una misiva de los alcaldables viene a ser un tierno milagro. Según algunos modernitos, dicha práctica es una antigualla.

Los perros viejos (que en política, como en todos los oficios, siempre son necesarios) saben, sin embargo, que aún hay bastantes votantes que hacen vida independiente (nunca mejor dicho) de tanto cacharro. Mr.Ipads, en realidad, no hay tantos. De hecho, sospecho que sólo hay uno, aunque éste es otro tema.

A los votantes de cierta edad, vitales en la apretada liza por la Alcaldía, hay que darles la mano, sonreírles y, evidentemente, tener el detalle de escribirles una antigua carta. En papel. Siempre en papel.

Los partidos, junto a la misiva, acostumbran a incluir su papeleta electoral y un sobre vacío. Poner las cosas más fáciles, le llaman. Abro la primera carta: Torrijos. Nuestro Júpiter tronante sale –cual columnista– con la mano en la barbilla y nos cuenta que hace cuatro años estableció “un pacto” con nosotros.

–¿Seguro? Yo, la verdad, no recuerdo nada de esto, pero en fin…

El candidato insiste. En el segundo párrafo incluye una frase en gallego: “Usted depositó, o no, su confianza en nosotros”. Vamos a ver: si es que sí, pues se justifica la explicación siguiente; pero, si es que no, huelga continuar, ¿no? Pues no: el alcaldable de IU te cuenta, quieras o no quieras, que él ha cumplido con su compromiso contigo (¿?) y que tiene la intención de sellar (¿una variante del síndrome del notario?) nuevamente este acuerdo conjunto “a través de tu voto”. Tantas vueltas para pedir siempre lo mismo.

Torrijos evalúa en su carta electoral su propia gestión –se aprueba, claro– y recuerda los principales ejes de su programa. Servicios sociales, un plan de choque contra el paro, un parque social de viviendas, participación, sostenibilidad.

–Muy bien, gracias, hombre.

Después rasgo la carta de Espadas (el senador). El socialista dice que mi voto “es importante” –para unos más que para otros– y que “marcará el futuro de Sevilla”. Tras intentar captar la benevolencia del destinatario de su misiva electoral, entra en materia. “Mira al futuro, no al pasado”. Y agrega: “Piensa en lo que hemos construido juntos, no sólo en los errores que hemos podido cometer”.

–¿El pasado? Monteseirín, ¿no?

Antes de aclarar a qué se refiere asienta otra idea: “Me presento con un proyecto nuevo, con un equipo nuevo y renovadas fuerzas, dentro de las siglas de siempre, las del PSOE, que son las que siempre han dado la cara por la transformación de esta ciudad”. Es una cosa muy personal, pero a mí me recuerda a aquel famoso verso de Pablo Neruda, que era comunista (esto es por si se pone nervioso el Zoido-team) pero también Premio Nobel: “Nosotros/los de entonces/ya no somos los mismos”.

A continuación me explica Espadas cuáles son las ideas-fuerza (que dicen los modernitos) de su programa. “Un distrito más participativo, cercano, dialogante, eficiente, la lucha contra el desempleo, la movilización para activar los sectores productivos, el liderazgo a la hora de atraer inversiones, la búsqueda del talento, la igualdad de oportunidades y el compromiso con los barrios con menos servicios y más problemas [sin nombrarlos] y sin dar ni un sólo paso atrás en las políticas sociales”.

–Está muy claro, sí señor. Me pregunto: ¿con qué dinero se paga todo esto? Y me acuerdo de la anécdota verídica que contaba Sabina, que afirma que su padre, en el lecho de muerte, agonizando, antes de morir, en lugar de buscar luz, más luz, como dijo Goethe a la hora del último suspiro, hizo otra pregunta trascendente: “¿De dónde sacarán tanto dinero las Diputaciones?”.

Bromas aparte, Espadas es el único que, sin nombrarlo, advierte de los peligros del populismo que guía la campaña de Zoido, su gran adversario. “Confía en quienes no se conforman con el inmovilismo, quienes apuestan por construir, no por criticarlo todo. Los que queremos la Sevilla de todos y no de unos pocos a los que no les falta de nada. La soberbia y la prepotencia son malas consejeras. Uno no nace alcalde, sino que lo hacen alcalde los ciudadanos. Con humildad, si así tú lo decides, seré el alcalde que Sevilla necesita”.

–¿Esto del hombre que Sevilla necesita no era cosa de Zoido?

Para salir de dudas, abro la carta del PP. ¿Dónde está Zoido? A color, folio completo, aparece Rajoy (Mariano) que me dice que “el cambio político es urgente y necesario para el empleo y la igualdad de oportunidades, para salir de la crisis y recuperar la esperanza”.

Le doy la vuelta a la carta. Cara B. Arriba (los periodistas lo jerarquizamos todo de arriba a bajo; de impar a par) sale Arenas hablándome de “lo que podemos hacer los andaluces para terminar con la crisis”. Bajo del líder regional del PP, sin titular propio (cosa sorprendente) por fin aparece Zoido (Juan Ignacio) que me promete “eficacia, transparencia, austeridad, servicios de calidad, seguridad, limpieza y, por encima de todo, empleo”. Eso sí. Me advierte: “necesito tu confianza”.

No sé cómo llamarían ustedes a semejante caudal de mensajes. Yo lo llamo sencillamente dar la chapa. Menuda tropa.

La cuesta arriba

Carlos Mármol | 14 de mayo de 2011 a las 6:05

Zoido, que ha estado siempre en cabeza en la pugna electoral, pinchó en el debate de TVE. El tramo final de campaña se le complica a un PP que confía en que el voto oculto le ayude.

Fue de noche. Bien de noche. De madrugada, más bien, como cuenta San Juan de la Cruz en su Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe: “Aquí se está llamando a las criaturas/y de esta agua se hartan, aunque a oscuras/porque es de noche”. Pues sí: lo que los tres candidatos a la Alcaldía de Sevilla hicieron en la madrugada del viernes en el debate televisivo de TVE emitido pasada la hora bruja fue eso mismo: llamar a las criaturas, léase los votantes, que están bastante hartos –¿cómo no van a estarlo?–, para que acudan con regocijo a las urnas el 22-M y les otorguen eso que se llama “la confianza”. Lo dice literalmente en su último vídeo Espadas (el senador). “Confía en mí”. No piden el voto –¿suena a atraco, verdad?–, sino nada menos que la confianza. Parece más fino, pero no sé yo, la verdad sea dicha, qué es más violento, si que te arrebaten un día el voto a pie de urna o la confianza. Y aunque algunos no lo crean, no es ni mucho menos lo mismo. Para nada.

¿El debate? Otro rosario de soliloquios sucesivos. En esta ocasión el interés (relativo) era puramente de índole quirúrgica: saber quién pinchaba. Bien, lo que se dice bien, ya se sabía de antemano que no iba a estar ninguno. Cuestión de experiencia. De trienios electorales. Más que nada la cosa se reducía a esta curiosidad malsana, porque el siguiente pinchazo ya será el definitivo y concluyente. Resultó evidente que el más perjudicado por semejante tertuliazo fue principalmente Zoido (el hombre que Sevilla necesita), que estuvo toda la noche con su programa en la mano (hasta ayer el PP no ha tenido a bien publicarlo en su web; gracias por hacer caso a este cronista) y resultó protagonista (involuntario) de varios lapsus bastante singulares. El peor: confundir los barrios. Asunto grave cuando lo que se busca es el voto de los socialistas que se supone desencantados. Muchos viven en ellos.

–Mármol, no seas injusto. Eso puede pasarle a cualquiera.

Hombre, confundir un nombre por otro, puede. Lo que ya no le pasa a cualquiera es corregir, en lugar de sobre la marcha, pasado ya el minuto y medio de discusión. Más que nada porque lo que entonces se enmienda no es simplemente el nombre de un barrio, sino todo un argumento. En este caso, la supuesta falta de atención municipal a los vecinos de Bellavista. Con razón la guardia de corps del aspirante popular a la Alcaldía se resistía –como se ha resistido a casi todo siempre– a mostrar la escena. No convenía. Y menos a sólo ocho días de la cita con las urnas, cuando todas las teorías se van a ir a tomar viento (nacerán otras; no se preocupen) y lo único que quedará tras la marea de la campaña será una ecuación numérica. Victoria o fracaso. Le pongan –unos y otros– todos los atenuantes que quieran.

La audiencia registrada, me susurra un colega de TVE, fue de 117.000 espectadores. ¿Serán todos indecisos o la cifra incluye a la tropa de los partidos? Por muchas cábalas que se hagan, y a pesar de la obsesión del PP por atenuar el efecto de estas situaciones de riesgo –que en democracia resultan obligadas–, lo cierto es que la gestión del debate es incontrolable. Un ejemplo: el share en cuestión equivale a todos los votantes del PSOE en 1999 y a algo menos de los sufragios que obtuvo el PP ese año. Son los ciudadanos que, en función del grado de participación, que es el marco de asignación, deciden el signo de entre 12 y 13 concejales. No es poco. Con que sólo una mínima parte de ellos hayan sacado una conclusión determinada del citado encuentro a tres ya puede moverse el edil clave para lograr la Alcaldía.

Que el PP está teniendo un tramo final de campaña cuesta arriba parece evidente. Sucesión de golpes de efecto contra la vela marinera de Zoido: la encuesta del CIS (que le discute la mayoría absoluta por primera vez en meses), las contradicciones sobre la Torre Pelli (votaron a favor de su construcción y ahora quieren revisar la licencia), el debate televisivo, su negativa a aceptar otras citas para discutir en un horario razonable o el último episodio judicial que afecta al PP, que parece ser algo así como un ejemplo ilustrativo de la teoría del cazador cazado. Sobre todo para quien ha basado parte de su estrategia en enjuiciar a los demás.

La seguridad previa (espejismo fruto del inexplicable error táctico de vender la piel del oso antes de cazarlo) se ha diluido en buena medida. Ahora el discurso más bien viene a contemporizar con la situación y a relativizar cosas que antes se consideraban inevitables. La tesis tiene pinta de ser defensiva: “Igual un porcentaje notable de los indecisos [que suman la mitad del electorado] al final terminan votando al PP. ¿Por qué hay que dar por seguro que todo el voto no confesado pertenece a las filas socialistas?”.

Según Zoido, todo lo que se hable ahora es pura charleta hasta que llegue el domingo de pasión, que diría el gran líder natural del PSOE de Sevilla. Puede ser. Aunque ningún un análisis histórico serio de las elecciones en Sevilla, ni los expertos que han hecho los últimos sondeos publicados, consideran lógica esta posibilidad, que se antoja remota, aunque no imposible. En política todo puede ocurrir. Potencialmente hablando, claro. Cosas más raras se han visto.

Las evidencias, a estas alturas, son otras: el electorado del PP está muy movilizado, no tiene miedo de confesar el sentido de su voto, ni tiene dudas. Pero en Sevilla suma lo que suma. Salvo incomparecencia masiva de la izquierda, el margen no ha dado nunca para una mayoría absoluta. IU no parece que vaya a caer. La cosa está pues en un puño. Pero quien hasta ayer reía, hoy resopla. En privado, claro.

Fundido en negro

Carlos Mármol | 13 de mayo de 2011 a las 6:05

Los partidos políticos dejan en suspenso la campaña electoral en Sevilla por el terremoto de Lorca. La vida real se impone por una vez al circo mediático. Un gesto que honra a todos.

Decía Séneca, el filósofo romano, que cuando más rara es en los reyes la moderación, tanto más hay que alabarla. Siguiendo su docto consejo, declaro: me parece digna de elogio la decisión colegiada de todos los partidos políticos para, tras el trágico terremoto de Lorca, que ha vuelto a demostrar que la rueda del destino gira y se detiene siempre donde le place, dejar en suspenso, al menos durante un día, la campaña electoral a la Alcaldía de Sevilla. El espectáculo, al contrario de lo que suelen sostener los actores de reparto, incluso los que encarnan los papeles principales, no debería continuar. Hay cosas más importantes. La vida real, por ejemplo.

La batalla por la Alcaldía es una pieza teatral irregular, a veces bajo la forma de un gigantesco sainete interminable, donde vienen sucediéndose desde hace ya algunos meses lo peor y lo mejor de la condición humana. Cosas de la política nuestra de cada día. En el primer apartado podría incluirse el cinismo, la falsedad, la mentira y la demagogia, previamente disfrazadas todas ellas de extremada amabilidad y de un sinfín de sonrisas. Diplomacia más falsa que un viejo duro de los antiguos.

En el segundo grupo se encontrarían determinados gestos como éste de mandar detenerse a los trabajadores del circo mediático en el que, más o menos, casi todos vivimos. Desinflar la carpa. Bajar por una vez el telón. Reflexionar en silencio. Guardar un poco de respeto ante el sufrimiento ajeno. Apiadarse de quienes de repente todo lo han perdido. Hoy les toca a ellos sufrir. Mañana, quién sabe, acaso nos suceda a nosotros. ¿Hay mejor mensaje para ganarse la confianza de los ciudadanos que dar ejemplo?

Con independencia de que este tipo de actos siempre estén condicionados por la corriente tan en boga de lo políticamente correcto, cosa que indudablemente ocurre, también vienen a demostrar que por muy escoradas que a veces parezcan las cosas, no hay que perder del todo la esperanza. Porque es en ocasiones como ésta cuando se aprecia, si se tiene la virtud de contemplar la escena con la mirada limpia, que todavía subsiste, enterrada, un mínimo de sensibilidad entre los políticos, a pesar de que su tarea habitual consista en luchar sin cuartel por el poder. Bienvenida sea la excepción aunque acostumbre a ser una fruta tan escasa.

En general, creo que muchos de los ciudadanos que irán a votar dentro de diez días, e incluso aquellos que no piensan hacerlo porque creen (no sin razón) que no hay diferencias sustanciales entre los distintos candidatos, y que en definitiva ninguno de ellos merece la pena, piensan que este tipo de cosas (la coincidencia de los representantes públicos en los asuntos esenciales) debería suceder mucho más a menudo. Sin necesidad de desgracias.

La gente, en general, no persigue los disensos, sino que desea los acuerdos. Y echa de menos que este tipo de pactos, generales, extensivos a todos sin excepción, se diría que intrínsecamente nobles, en lugar de ser una excepción constituyeran la norma por la que se moviera la vida pública.

Dicho de otra manera: que las alianzas políticas no se limitasen sólo a la partidaria tarea de hacerse con un ayuntamiento, con un gobierno autonómico, o con cualquier cosa al precio que fuera. O que no requirieran necesariamente episodios tan luctuosos como los seísmos de Murcia, donde los muertos ya están muertos y los vivos temen por su vida, su futuro o su patrimonio, sino que fueran mucho más habituales. Corrientes. ¿Por qué se prodigan tan poco los políticos a la hora de ponerse de acuerdo? ¿Tan difícil es? ¿Tan complicado les resulta?

La campaña electoral volverá hoy a sus cauces habituales, en cierto sentido nada edificantes. Los socialistas, que apuran el tramo final de esta campaña electoral con la esperanza de conseguir una remontada sobre la situación de partida de las encuestas, que no les son del todo favorables, endurecerán su discurso y apelarán al voto casi de urgencia. Los populares, nerviosos ante la cercanía de un poder virtual que puede esfumarse a última hora, intentarán aguantar el envite y llegar a la Alcaldía, más que por aclamación, por incomparecencia del electorado ajeno.

Izquierda Unida, una de las fuerzas políticas puestas más en cuestión en los últimos meses, llega a las urnas con el objetivo de demostrar que la campaña de acoso emprendida por el PP en los últimos tiempos en contra su candidato no ha conseguido su objetivo: erosionar a sus bases. Los andalucistas, antaño poderosos, se juegan la superviviencia en su intento de regresar a la Plaza Nueva. El resto de minorías (desde UPyD a Los Verdes) sencillamente optan a tener una mínima voz en el Consistorio.

Todos se juegan mucho. Desde su particular punto de vista, la cuestión del 22-M es trascendente. Es lógico. Respetando sin embargo su opinión, lo cierto es que lo que los ciudadanos en general nos jugamos en estas elecciones es sensiblemente menos importante de lo que nos jugamos, a diario, en nuestra vida ordinaria.

Sobrevivir a la crisis, pagar la hipoteca, cuidar a los tuyos, permitirte incluso el lujo de poder pensar en el futuro de la próxima semana. Cosas que, cuando uno contempla la fragilidad de la vida, como ha ocurrido en Lorca mientras los edificios que caían mataban a la gente, se antojan bastante más trascendentes que votar. Día de luto. Fundido en negro.

Te pido el voto, no pidas el programa

Carlos Mármol | 11 de mayo de 2011 a las 6:08

Ni PSOE ni PP han colgado su programa electoral para Sevilla en sus respectivas webs a sólo once días para el 22-M. Sus alcaldables presumen de proyectos pero no los enseñan . Sólo IU muestra su catecismo político.

Por lo visto, en la vida no sirve de nada pensar por uno mismo, sino que conviene tener líderes, guías, referentes. Alguien que te diga qué pensar, hacia dónde mirar y, tratándose de unas elecciones locales, a quién debes votar. Pues bien: esta semana esta función –la de guía espiritual del Occidente Hispalense– se la ha arrogado Beltrán Pérez, candidato en la lista municipal de Zoido (Juan Ignacio). Decía el lunes este concejal: “los ciudadanos tienen que acudir a las urnas sabiendo a qué candidato votan, a qué equipo de concejales apoyan y qué programa respaldan”. Cierto. Obvio, como dicen en la Argentina.

A los ciudadanos les gustaría mucho poder hacer esto. Claro. Pero resulta imposible, principalmente por culpa de los partidos. Entre otros, el suyo. Vayamos por partes. De los candidatos a alcalde algo intuimos ya después de meses de precampaña, aunque en realidad los interesados por la cuestión somos una minoría. Las encuestas señalan con rotundidad que más de la mitad de los electores no tienen ni idea (ni falta que les hace) de quién es Espadas, Torrijos o Zoido. Una cura de humildad para los egos revueltos de los periodistas y los políticos. No somos el centro del orbe. El mundo real es otro muy distinto, cosa que explica demasiadas cosas.

Dado que resulta estéril tratar de conocer a los candidatos en persona (tarea que llevaría años y daría disgustos, como ya nos enseñara Rimbaud) queda la opción de reflexionar sobre sucedáneos: sus particulares perfiles políticos. Claro que éstos tampoco son de fiar. Todos ellos están contaminados (algunos dicen que mejorados) por los equipos de campaña, obsesionados por recubrir con almíbar el rostro de sus alcaldables.

Si sobre los cabezas de lista sólo contamos con una mera fotografía en la memoria, algún que otro cartel, un leve indicio entrevisto, en el caso de los integrantes de las listas electorales la cosa es mucho peor. ¿Quién conoce de verdad a sus componentes? Nadie o casi nadie, salvo sus familias. No lo digo como reproche. Lo natural es que a uno lo conozcan en su familia.

Estas elecciones locales PSOE y PP han abrazado (con éxito dispar) la moda de encabezar sus respectivas candidaturas con “profesionales independientes”. Independientes en el fondo no parecen serlo mucho –si lo fueran no se posicionarían con sigla alguna, sino que actuarían en función de su conciencia más que en base a los habituales argumentarios– y lo de profesionales el tiempo lo dirá. Los independientes, sobre todo en el caso de los socialistas, siempre reciben críticas por parte de los militantes de toda la vida, el otro sector, que cree disponer del derecho eterno a permanecer en las candidaturas de su partido. Ellos, claro, lo justifican así:

–Es que nosotros somos los referentes en nuestros barrios.

–Ya.

Habría que ver cuántos lo son realmente más allá de la usual peña bética (o sevillista). Lo dijo hace tiempo el refranero castellano: no es lo mismo ser que parecer.

Eliminadas pues las dos cuestiones principales que, según Pérez, los electores deben clarificar antes de votar –¿cómo es el candidato?¿cómo es la lista?– no queda más que el programa electoral. El catecismo que cada candidato debería repartir entre aquellos cuyos votos pueden llevarlo al poder.

Los alcaldables de PSOE y PP, sin embargo, hasta ahora no han repartido programa alguno, sino octavillas, compendios. Folletos. Cosas a colores para los barrios, donde ellos aparecen bien grandes y, a lo sumo, se reflejan dos o tres conceptos simples, sencillos. Los llaman compromisos. Llamarlos ideas resulta un exceso.

–No se complique usted la vida. ¿Para qué quiere usted saber más de lo que haremos en su barrio?

La verdad es que a apenas once días para el 22-M ninguna de las dos grandes fuerzas políticas en liza por la Alcaldía de Sevilla tienen a disposición del ciudadano anónimo (el que vota, el indeciso) su programa electoral integral, algo que debería ser la clave de la elección y que en otros tiempos era algo obligado. Ni siquiera cuentan con eso que ahora se llama un “resumen ejecutivo”, término bastante llamativo: ¿es que los ejecutivos no leen? Lo máximo que uno puede encontrar en sus webs son notas de prensa (objetivas, claro) de sus visitas, donde algo se dice de algunos asuntos. Poca cosa, en general.

Asombroso. Y una muestra ilustrativa del respeto a la inteligencia ajena (que también vota el 22-M) que la dirección de algunas fuerzas políticas tienen hacia los ciudadanos normales. La cosa podría resumirse con una frase:

–Te pido el voto, pero no me pidas el programa. Es que todavía lo estamos pasando a limpio.

En realidad, no es que haya una agenda oculta –como dice el PSOE del PP– o se esté atrapado en los brazos de ideologías radicales –como dice el PP del PSOE–, es que no parece haber mucho cerebro. Inteligentsia. Todo es una absurda lucha por el poder que no interesa más que a los contendientes. ¿Alguien se sorprenderá de una baja participación o de los votos en blanco?

Claro que, por otra parte, en estas cosas es donde se nota que vivimos en una época posmoderna: todo es imagen (sin fondo) y apariencia sin sustancia. ¿Para qué va uno a escribir un programa electoral si al final gobernar sólo es cumplir una agenda protocolaria? Aunque hay excepciones: Izquierda Unida. Su programa sí está en su web. Intento bajármelo.

–Coño, esto tarda. Y eso que uso el Chrome. Con el Explorer…

El ordenador zozobra. Por fin termina. Abro el pdf: 210 páginas de catecismo. Caramba. Unos tanto; otros tan poco. Definitivamente el mundo está mal repartido.

Notarios sin lirios y fruteros tristes

Carlos Mármol | 10 de mayo de 2011 a las 6:05

Zoido promete no defraudar a los socialistas que le presten el voto en Sevilla mientras en Tomares el segundo teniente de alcalde del regidor José Luis Sanz le acusa de engañarle. ¿Resistirá la burbuja electoral del PP en Sevilla?

La campaña electoral del 22-M, definitivamente, se ha convertido en uno de esos concursos de la televisión (preparados al milímetro, sin posibilidad de espontaneidad alguna, rotundamente falsos, en los que todos sonríen mirando al vacío) a los que para darles cierta sensación de credibilidad se enseña de vez en cuando a un supuesto notario.

–Que venga el notario.

–Buenas.

–Levante usted acta de que aquí no engañamos a nadie, por favor.

–Bueno, yo lo que puedo hacer es decir que usted dice que no engaña a nadie, pero entrar en el fondo de la cuestión no es la responsabilidad de un fedatario público. Yo certifico sólo lo que diga, no que sea cierto.

¿Sirve de algo un notario? ¿Tiene utilidad en las lides políticas? Si se presta oídos al ilustre colegio del ramo (que siempre lleva estos adjetivos mayestáticos; los periodistas no tenemos más que una asociación silvestre) se diría que sí, que son los auténticos garantes de la legalidad en España. Palabra de notario, verdad revelada. Cualquiera que haya firmado algo alguna vez en una notaría quizás no muestre tanto entusiasmo: los notarios tienen fama de caros y se limitan, salvo notables excepciones, a mirar el carné de identidad y a cobrar los correspondientes honorarios. Cobran el folio más caro que Ken Follet, que, como es sabido, es millonario. Hay una notable excepción en el viejo dicho de Larra –escribir en España es llorar– que se llama notaría. Quienes allí escriben facturan por línea bastante más euros que muchos best-sellers. No es raro que Pablo Neruda soñara con asustarlos con “un lirio cortado”. ¿Hay algo que sea menos lírico que un señor (o señora) notario?

Pues bien. Zoido (Juan Ignacio) ha llamado a un notario con la pretensión de que sus dos adversarios políticos en la lucha por la Alcaldía –Espadas (el senador) y Torrijos (el Júpiter tronante)– se avengan a razones y se comprometan por escrito a dejar gobernar la ciudad a la lista electoral que resulte más votada el 22-M. Parece como un juego infantil. Y probablemente lo sea, a tenor de las declaraciones que ayer hizo Beltrán Pérez, uno de los más jóvenes candidatos de la lista electoral del PP. “Quienes se niegan a que gobierne la lista más votada están reconociendo su derrota”, dijo. Y agregó: “Zoido tiene confianza en alcanzar la mayoría suficiente para ser alcalde, pero los ciudadanos tienen que acudir a las urnas sabiendo a qué candidato votan, a qué equipo de concejales apoyan y qué programa asumen para evitar que un pacto de perdedores varíe el equipo al que votan y el programa que apoyan”.

Volvamos el asunto por pasiva, como suele decirse: ¿En unas elecciones no son los políticos los que deben someterse a la opinión libre de los ciudadanos? Por lo visto, según Pérez, en Sevilla los votantes sólo pueden apuntarse a una única cofradía: la de los zoidianos proclamantes. Por eso, antes de que hablen en las urnas, lo suyo es ir todos juntitos al despacho del señor notario a ponerlo bien clarito y por escrito.

–Tranquilo, Juan Ignacio, que sí, que te vamos a dejar gobernar aunque no tengas al final los votos suficientes. Total, ¿qué nos importa lo que decidan los sevillanos?

Verdaderamente, la escena parece algo surrealista. La burbuja Zoido, que todavía no se ha roto, y quizás no llegue a hacerlo nunca, lleva unos pocos días dando la asombrosa sensación de estar a punto de pinchar. A los hechos me remito: Primero, el patinazo con los carteles electorales colocados antes de tiempo en plena Feria. Después, los debates electorales selectivos (en momentos de escaso impacto y sin auditorio que replique). Por último, la historieta del notario. Desde que el CIS sacó su célebre sondeo parece que la rotunda seguridad en la victoria es ahora algo menos entusiasta en las filas populares, a las que además ayer se le abrió un inesperado frente en Tomares cuando el segundo teniente de alcalde mandó a la prensa una carta abierta en la que sostiene que el alcalde de la localidad (José Luis Sanz, presidente provincial del PP) le engañó y denuncia que el gran referente popular en la provincia –al decir de Arenas– se ha gastado “240.000 euros en un teleférico imposible que no sirve para nada”. En el PP se insinúa que el edil está resentido porque no va en las listas. Puede ser. Claro que eso no le impide llegar a tener razón o ejercer la libertad de decir lo que piensa. La credibilidad siempre es una cualidad personal, no resultado de ninguna bandera o carné.

La cosa tiene interés sobre todo desde el punto de vista estético. Por contraste: Zoido pidiendo en Sevilla a los socialistas desencantados que le presten su voto para poder gobernar y prometiendo no decepcionarles nunca, poniendo como portavoz de su movimiento interclasista a un tendero de barrio y, al mismo tiempo, alguien que respondería precisamente a este mismo perfil de derecha amable –tradicionalista y popular– sosteniendo en público que el presidente del PP de Sevilla se ha aprovechado de él. Con nombre y apellidos. Sin ocultarse tras los seudónimos. Firmado: Faustino, el frutero.

En el PP, la verdad, nunca han acertado con los fruteros. Es el segundo que les sale rebelde. El anterior –Manolo García, hoy Hermano Mayor de la Macarena, concejal con Becerril, comerciante de la Encarnación– nunca llegó a escribir una nota similar expresando su cabreo. Pero lo tuvo bastante parecido. Desfogaba en foros con pretensiones clasistas el enfado que cogió tras ser sacado de las listas debido a su nefasta gestión al frente de la grúa municipal. Su gran problema: peligraba el cobro de su pensión política. Al final, terminó su carrera política como edil en un pueblo aljarafeño para evitar la merma económica. Vanidad, dineros e intereses lo explican casi todo en la vida. Incluso entre tan buenos cofrades. Laus Deo.