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Las ficciones hipotecarias

Carlos Mármol | 6 de noviembre de 2011 a las 6:07

Decía el Arcipreste de Hita que todo el mundo trabaja por ganarse el sustento y tener juntamiento (ustedes perdonen) “con hembra placentera”. Como hablamos de un clásico, las feministas sabran comprender que en el siglo XIV ciertas cosas todavía se veían así. La cita, sin embargo, es de Aristóteles, máxima autoridad filosófica. No podemos pues sino darle la razón, aunque sea con los matices que quieran.

Para poder cumplir estos dos objetivos vitales (del espíritu nos ocuparemos en otra columna), es necesario, o al menos facilita las cosas, contar con un techo propio. Y para lograr tan demencial deseo antes o después uno tiene que entrar en un banco. A los bancos –dicho así, en general, no se vaya a molestar nadie– se entra pensando en convertirse en propietario: alguien que trata con notarios, registradores y gente de orden. Y se sale (además de pagando, siempre pagando) con una lápida que suele condicionar la existencia venidera. Motivo suficiente para que la cuestión se haya convertido en materia de disputa electoral.

A grandes rasgos, las propuestas que plantean PP y PSOE sobre este asunto se resumen en dos conceptos:la diplomacia y la contricción. La presencia del tema en los programas sólo se explica por la crisis y por la estrategia selectiva de emulación (relativa) que los dos grandes partidos han hecho –a su manera– de algunas proclamas de movimientos civiles como Democracia Real Ya. Los agitadores posmodernos.

El 15-M exige, igual que en el 68, lo imposible: la dación en pago, que liberaría a los hipotecados de una deuda eterna y de la marginalidad económica. A los bancos no les gusta la idea. Y esto supone, ya se imaginan, que no llegará muy lejos digan lo que digan Rajoy y Rubalcaba en los mítines.

El primero habla de liberar a las familias (¿uno solo no vale?) de estas deudas con una norma para las quiebras personales. No da más detalles. El PSOE busca votos a la izquierda prometiendo una ley que en ocho años de gobierno no ha hecho. Ambas promesas son política-ficción. Todo lo opuesto a las hipotecas, que no se irán con el viento. Seguro.