La rampa del tiempo

Diego J. Geniz Velázquez | 16 de marzo de 2010 a las 12:09

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Cuando ya parece que se ha arriado el paso del mal tiempo, cuando se ha traspasado el equinoccio de la cuaresma (marchando una tapa bien servida de rancia cursilería), cuando son menos los días que faltan que los que hay esperar, cuando las horas ya están tomadas, cuando es definitiva la victoria de la luz…entonces y sólo entonces empieza a levantarse esta efímera ciudad de viejos tópicos tan reiterativos como necesarios para construir el paraíso de unos y el infierno de otros (para los que Matalascañas es siempre un edén al final de Doñana).

Y en esa urbe de una semana no podía faltar este armazón de madera y hierro.

Sirve para dar descanso a los cuerpos y al recipiente cristalino con espumoso y líquido elemento en su interior. También de pasatiempo infantil. Jamás hubo mobiliario urbano con mayor servicio público. Así será hasta que un Dios decida estrenar la Semana Santa a lomos de una burra. Lo han visto. En el Salvador la cuenta atrás tiene ya su rampa.

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