A la espera de un beso

Diego J. Geniz Velázquez | 1 de marzo de 2012 a las 12:37

Esta imagen que ven aquí no corresponde a la cola de una oficina del INEM. Las personas que esperan no lo hacen para pedir un trabajo. En tiempos de crisis hay gente dispuesta a soportar días y noches sobre la acera para dar un beso. Si no acaban de situarse tampoco crean que se trata de una calle de Sevilla. Con la entrada de un nuevo mes este blog se monta en Santa Justa para apearse en Atocha. A no mucha distancia de allí hay decenas de españoles que desde el domingo ya aguardan su turno para visitar a Jesús de Medinaceli en la cita de cada primer viernes de marzo, “el viernes de los favores”. Aunque la mayoría viven en Madrid, son muchos los que proceden de otros puntos de la geografía española, en esa especie de imperio devocional donde todos los caminos conducen hacia un Hombre que con los brazos cruzados supo conquistar las almas.

En la cabecera de la cola dos mujeres se encargan de imponer cierto orden. Tarea oficiosa que se ejecuta sobre una mesa plegable que ha conocido más de un verano la arena de esas playas que quedan tan lejos de Madrid. Allí se dan los “números”. A su vera, varios cartones sirven de refugio al frío que impera en las calles capitalinas cuando el sol se esconde y el viento susurra desde la sierra. Toda una gama de sillas sirven de reposo a los devotos que cuentan los minutos para que sus bocas sellen peticiones sobre los pies de este Señor Cautivo al que primero salvaron los trinitarios de la mofa en África y luego Picasso de la barbarie del 36 (esto último no es una paradoja, es la historia cierta y verdadera que escapa de estereotipos).

La imagen de Jesús de Medinaceli es una de las más peregrinas de España. Siempre fue -perdonen por el juego fácil de palabras- Cautivo del destino. Salió de un taller sevillano en el siglo XVII (muchos atribuyen su autoría a Ocampo) para acabar al otro lado del Estrecho. Allí logró rescatarla la orden trinitaria, de ahí su escapulario, que la devolvió a España. Una vez comenzada la guerra civil, cuando el célebre pintor malagueño aún era el director del Museo del Prado, los franciscanos le piden que interceda para que no sufriera ningún ataque. Picasso, conforme a su palabra, logra incluir esta talla en el listado de obras que pone a salvo enviándola entre lienzos de Goya, Velázquez o el Greco a Ginebra.

Cada primer viernes de marzo son famosas las colas que se forman para besar sus pies. Dos por cada uno. Lo que ven aquí es un pequeña muestra tomada el pasado martes, cuando aún quedaban tres días para este culto. La espera para quien llegue el viernes puede ser de nueve horas, ya que la fila de devotos alcanza hasta Atocha, lo que en la comparativa hispalense equivaldría al espacio comprendido entre la Plaza Nueva y la Alameda.

Hay quien piensa -la ignorancia suele ser bastante atrevida- que es difícil encontrar estampas de devoción popular más allá de las colas que cada Domingo de Ramos se forman para besar las manos del Gran Poder. Supino error. En Madrid, sin ecos de tambores ni del cacareado olor del azahar, se produce todos los años por estas fechas una imagen a la que le sobran palabras. Entre el olor a cocido de mediodía y al del café de la tarde, cientos de personas aguardan el momento de cumplir con la promesa que busca la madera gastada por el fervor. Ese sentimiento que no entiende de cortas ni de medias distancias. Va por directo. Sin aditamentos. Sin farfolla.


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