La mesura perdida

Diego J. Geniz Velázquez | 8 de abril de 2018 a las 7:08

Hace una semana la melancolía nos invadía. Resucitaba la ciudad de siete días que pudieron salvarse al completo pese a la constante amenaza de lluvia. Una fiesta marcada por un severo plan de seguridad que ha recibido el elogio hasta del ex alcalde hispalense, actual ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. Medidas que no han satisfecho a todos. Los bares han visto afectada la caja registradora y hubo quejas, muchas, de los abonados de la carrera oficial, que lo tuvieron bastante complicado para encontrar dónde tomar un café o ir al baño en la Madrugada. Y sin dejar de lado el experimento del Martes Santo, que gustó mucho a las cofradías y no tanto a los cofrades de a pie.

1. El domingo más hortera. Vencido el tópico machadiano del día azul y el sol de la infancia, esta esperada jornada se ha ganado por méritos propios el título de la más hortera. Alguna vez había que decirlo. La belleza se reduce a los cortejos penitenciales. Es el domingo de los atuendos imposibles, de los zapatos con plataforma de doble altura, de las chaquetas chirriantes, de las minifaldas que dejan entrever más allá de lo que imagina el avivado pensamiento. En suma, del niñateo. Cierto es que el frío atípico de este año restó público en las horas centrales de la tarde. Lo mejor, de nuevo, llegó por la noche. Los regresos de la Cena, San Roque y la Hiniesta. La Amargura por Cuna. El Amor entrando en el Salvador.

2. Los estrenos. Aunque algo gafado por la caída de la bambalina delantera, hay que reconocer que el palio del Polígono de San Pablo es una de las mejores obras de cuantas se han realizado los últimos años. Excelente el diseño y la ejecución por parte de Javier Sánchez de los Reyes y Charo Bernardino, respectivamente. Sin duda, la pieza más destacable, el techo de palio, por su original dibujo y el juego de luces, pensado para una cofradía que se pone en la calle a la hora del Ángelus y que en sólo diez años ha logrado otorgar una digna solera a sus dos pasos. Otras corporaciones, con mucho más tiempo, aún no la han encontrado.

3.El experimento. Lo del martes gustó y disgustó a partes iguales. El cambio salió a la perfección respecto al horario establecido. Todo ajustado y puntual. Como un reloj suizo. Hubo bastante empeño por parte de las cofradías del día para que así fuera. Cuando se quiere, se logra. Las más beneficiadas por el adelanto de las entradas fueron la Candelaria, la Bofetá y San Benito. No se puede decir lo mismo de San Esteban, que tuvo que comprimirse como un sándwich. Otro cantar es el de los cofrades de a pie, de los que se recorren la ciudad de punta a punta para ver pasos. Hubo momentos en los que el centro se convirtió para ellos en una ratonera. Atrapados por los cortejos penitenciales. Se liberó la Alfalfa de aglomeraciones y se creó otro punto crítico: la Encarnación y su entorno. Mejor quedarnos con el sol que redescubrió el restaurado manto de la Virgen del Dulce Nombre.

4. A solas con la ciudad. La Madrugada era la prueba. Todo un año preparando el plan de seguridad para una noche que desde los incidentes de 2000 ha dejado al descubierto sus frágiles costuras. El centro de la ciudad estaba sitiado por las Fuerzas de Seguridad. El público supo responder con prontitud y calma al único conato de avalancha. El temor a que se repitieran los sucesos de 2017 despobló muchas calles, como si la fiesta no hubiera conocido la bulla de los 80 y 90. Un revival en toda regla.

5.Los gurús del tiempo. Pesados a más no poder. Llegando la Cuaresma brotan los meteorólogos como la flor del naranjo (valga el tópico). Con las redes sociales, la obsesión por la predicción del tiempo se multiplica como el milagro del pan y los peces. El tuit de “lluvia inminente” por parte de la Aemet (el ente estatal que quería cobrar 50 euros por informe) prendió la mecha del pánico. Hace 20 años, con una información más escueta, brillaba la sensatez que ahora se echa en falta.

6. La muy poca pulcra. Seguimos siendo igual de guarros. Acabado el paso de las cofradías por la carrera oficial, las calles quedaban convertidas en un auténtico estercolero. Resultaba interesante fijar la mirada en los desperdicios. Envoltorios, en su mayoría, de comida rápida y franquiciada. Las entrañas de la fiesta. El estómago de una ciudad revestida de oropel.

7. Las luces. Debe afinar más el Ayuntamiento en el sistema led, que pasa de la luminaria del siglo XIX (¿había luz eléctrica ya por aquel entonces en Sevilla?) a la del día. Cambios en algunos casos tan bruscos que se prestaban más a la hilaridad que al recogimiento.

8. Los bares. Dicen haber sido los más perjudicados por las medidas municipales. Muchos cerraron después del almuerzo, al retirarles los veladores, lo que permitió, eso sí, que al menos al mediodía mantuvieran su carta habitual, incluidas las tapas, esa especialidad que había quedado vetada en Semanas Santas anteriores.

9. La música. Hubo de todo, como en botica. Algunas formaciones pecan de innovaciones propias de bandas sonoras de película norteamericana. También en la saeta se escuchó una gran variedad. No siempre para bien. El Sacri, garantía de calidad. Sin gorgoritos exagerados.

10. Multicolor. Hace 20 años nadie habría imaginado que en un paso de palio se colocaran flores amarillas. Este año las hubo. El cromatismo de los adornos ha alcanzado su cénit y se ha abierto el abanico en las especies. Hasta alcachofas han conformado algún que otro monte. Una variedad que convierte en reliquias los pasos donde impera el clavel. Las alfombras están en declive.

11. Elegancia. La de la Virgen del Subterráneo y del Socorro, con la acertada disposición de las joyas. La arrebatadora belleza de la Esperanza de Triana o la expresividad dramática de la Soledad de San Buenaventura.

12. Amaneramiento. No hablamos de cuestiones priosteriles ni del reino del alfiler, sino de la Semana Santa en general, donde el almíbar destilado vuelve empalagoso cualquier ámbito: desde ciertos capataces con vocación pregoneril hasta determinadas retransmisiones televisivas a las que de vez en cuando hay que apagarles el sonido. Insulina pura. Y barata. La mesura perdida.


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