El otro morado

Diego J. Geniz Velázquez | 4 de marzo de 2010 a las 12:17

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Estas personas que ven aquí no esperan, flanqueando los caprichos del cielo, entrar a un templo donde hay montado un besamanos para gozo de la vista (y de lenguas ponzoñosas). No aguantan una cola para gloria (o penitencia) de los priostes. Estas mujeres que llegan hoy de la capital y allende el Aljarafe aguantan el tipo y todo lo que haya que aguantar para renovar el rito que trae marzo.

Cuando la primavera asoma ya por la esquina, aunque este año más bien lo que parece que asoma es el mes de los difuntos, la antigua calle Alcázares es un río de promesas depositadas junto a una humilde tarima, donde la sobria madera fue el último cobijo para un cuerpo que nunca conoció la corrupción del tiempo.

Albas tocas las reciben con una media sonrisa que dibuja una virtud llamada caridad y una condición que muy pocos alcanzan: la humildad. Sobre sus pechos la cruz que les da el apellido. Y en las manos una flor que escapa de liturgias procesionales: la violeta. El otro morado de la Cuaresma.

El mejor cartel

Diego J. Geniz Velázquez | 3 de marzo de 2010 a las 12:18

03marzo_capirotesLa Cuaresma y sus cultos. Los quinarios y sus traslados. No hay Semana Santa sin pasos ni vísperas sin andas. A esa hora en la que el sol se deja entrever con timidez, en ese momento justo en el que se traspasa el ecuador de la jornada viene un Cristo rezando por las calles del antiguo arrabal. Lo hace de forma humilde, con las manos juntas como pidiendo al Creador de lo infinito que sostenga un cielo preñado de nubes amenazantes.

Es Dios y podría pasar por el más humano de los hombres, por un vecino más del barrio que sabe de cruces impacientes. Alrededor, una masa anhelante de cofradías en la calle, de escuchar los primeros sones de una banda (a ser posible con el amarillo, espumoso y líquido elemento como acompañante). Remata la estampa una bambalina que confeccionó la genuina publicidad sevillana. El más certero anuncio de lo que está por llegar. El mejor cartel. Sin colorantes. Sin farfolla.

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Un Gólgota muy sevillano

Diego J. Geniz Velázquez | 2 de marzo de 2010 a las 12:19

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Cuando febrero marcea suben Dios y Su Madre a cobijarse bajo un dosel de oscuros terciopelos. Les acompaña el Discípulo Amado. Siempre tan cerca, siempre tan fiel. De la oscuridad surgen estos puntos de luz que van formando una estela en zig-zag que remata el trío más representado en la Historia del Arte.

En este Calvario no hay calaveras. Ni romanos que muestren lanzas y blancas plumas (a las del casco me refiero). Sólo les acompaña el viejo oro que el tiempo fue tamizando y que la oscuridad ahoga en un segundo plano hasta apagar su protagonismo.

Es tiempo de quinarios y en la Magdalena las almas suben en espiral a un Gólgota más cerca de la gloria que del frío (y encharcado) suelo que pisan estos días los sevillanos.

Barroco efímero. Alardes de priostía que convocan al espíritu. Y a la pestaña.

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Dios de la ciudad

Diego J. Geniz Velázquez | 27 de febrero de 2010 a las 11:15

27febrero_diosciudadSe sienten en esta estancia los instantes que pregonan la agonía. Bajo la manta de acentuada mezcla cromática (una de vena sensible) se esquiva la humedad de los días sumidos en este invierno que no acaba de marcharse. Les han anunciado que tienen que abandonar su casa. Su hijo los pone en la calle. Papeles asientan leyes que escapan a la razón del corazón. Y a la de la propia mente. La cruz de los años ha encontrado otro puñal para hurgar en la cicatriz que no supura. Aquel niño que llevaron de la mano a ver cofradías es hoy quien les enseña el camino más corto para llegar a una residencia. Extrañas manos cuidarán sus cuerpos, que el alma ya está herida de muerte. La pena es honda, cabal. Sólo un rostro ennegrecido conoce el peso exacto del dolor. Dulce consuelo cuando todo parece perdido. Dios de la ciudad.

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Paisaje de interior

Diego J. Geniz Velázquez | 26 de febrero de 2010 a las 11:17

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Ya llegaron. Ya se ven. Ya están aquí los tubos que anuncian los días grandes. En esta ciudad no hay vísperas sin metal. Están los tubos de la Carrera Oficial y los tubos de la portada de la Feria (mejor no hablar de la de este año).

En la urbe mariana hay un ceremonial de esqueletos que luego se revisten de estéticas tradicionales para ojana del prójimo. Se montan los hierros en la carrera oficial y en las casetas que luego se adornan de cornucopias y farolillos para que los feriantes contemplen a sus efímeros inquilinos bajo lujosos visillos. Ser visto antes que ver es una de las máximas del hispalense (distinguir de sevillano) que la pone en práctica sobre el albero y la tarima de los palcos de la Plaza de San Francisco.

Lujo y apariencia que esconden un desolador paisaje de aceros y puntillas, muchas puntillas. Al fondo, la Giralda coronada por una veleta. Sevilla eterna.

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Escena costumbrista

Diego J. Geniz Velázquez | 24 de febrero de 2010 a las 11:24

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Bajo un cielo de gris hormigón el pastor de almas bendice la madera. Coros con guitarras y otros instrumentos musicales sin clasificación entonan cánticos con ecos de campamentos parroquiales. Letras pueriles para este domingo de Cuaresma donde el morado anuncia tiempos de preparación. Dura penitencia para unos vecinos que suben cada día al Gólgota de su barrio.

El manojo de romero esparce el agua bendita sobre estas imágenes (con estilo aún por definir) de imposibles expresiones. Adornan la escena rosas rojas que dejaron sus espinas en cada calle, en cada casa de la feligresía. Hubo quien sacó sus mejores galas para este recibimiento. Vino un trozo de Dios a cargar con su madero entre quienes ya tienen la espalda cansada de portar las cruces diarias. Y se trajo de compañera a una Madre que siempre llora las desgracias del destino. Escena costumbrista del Polígono Sur. Calvarios cotidianos.

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Muerte y victoria

Diego J. Geniz Velázquez | 23 de febrero de 2010 a las 11:26

23febrero_carreteriaCae la noche sobre las viejas entrañas de la ciudad. El telón oscuro cubre el cielo del primer lunes de Cuaresma. La lluvia es una constante amenaza. Miradas en vertical que interrogan a un universo huérfano de estrellas. Sobre el negro manto del infinito emerge una columna de luz con brillos más o menos dorados. Hace viento, mucho viento. Aires que apagan cirios sostenidos por manos que aguantan la humedad y el frío.

El luto lo anega todo. Abrigos, chaquetas y trajes femeninos que se olvidaron de ceñir el cuerpo (pura abstinencia para la vista). No hay más color que el morado de unos lirios que acarician los pies que son ya presos de la muerte. El Cristo carretero va camino de la Catedral por el rincón más bello del mundo. Allí le esperan catorce estaciones que le recuerdan el sendero andado. A los pies de la Giralda la cabeza de Dios inerte. En su cúspide, la Fe que pregona la victoria: la vuelta a un tiempo que nunca se fue.

La República Independiente

Diego J. Geniz Velázquez | 22 de febrero de 2010 a las 11:27

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No se asusten. Hoy no toca hablar de nacionalismos. Aunque sí quizás de colonialismo. El imperio Ikea ha llegado también a la Semana Santa. La novelería sevillana ha sido su blanco perfecto. Emvisesa pone la casa y los suecos la embellecen. Son los priostes de los hogares donde hay que echar el cuerpo a tierra para que el sueldo llegue a fin de mes.

El diseño de interior, tal como se le conoce en el argot decorativo (y sensiblerías similares), superó los límites de las VPO. En las casas de hermandad se dejaron los muebles barrocos (con ciertas polillas) por este vanguardismo nórdico en busca de una funcionalidad que nos hace más útiles y más globalizados (para ir siempre con los tiempos). Aquí se acabó el eslogan trianero. No hay más República Independiente que la contenida en las hojas de un catálogo, donde también se ofertan velas que purifican el espíritu. Religión de masas con catedral en primera línea del Aljarafe y función principal los sábados.

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Gloria a Dios en las alturas

Diego J. Geniz Velázquez | 19 de febrero de 2010 a las 11:46

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Con abrigo, chaqueta y corbata. Con los últimos turrones y los primeros pestiños (esto último sin doble sentido). Y con mucho frío. Así se presenta el inicio de las vísperas, donde un aire cargado de latines e inciensos embelesa al devoto, capillita o fiel esteta de altares tridentinos que son testigos de largas homilías (algunas con bostezo incluido) y solemnes ceremonias de doradas casullas y baile de ciriales. Sobre un fondo de rojos terciopelos suena el decrepitar de cirios morados que apuntan como flechas a un infinito perdido bajo la bóveda que contempla esta tradición de siglos.

Llega febrero y en San Antonio Abad hay a quien la cervical le pasa factura de tanto mirar a un cielo que muestra su cruz al revés. Ardientes velas y gélidos mármoles. Pies sobre el reclinatorio de bancos que buscan el calor que el invierno les niega. Gloria a Dios en las alturas. Y en la tierra, un poquito de sol a los hombres, que falta hace.

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Lo tuyo es puro teatro

Diego J. Geniz Velázquez | 18 de febrero de 2010 a las 11:53

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Se dejó caer Albert Boadella por la collación de la Magdalena. Vino a representar una obra y acabó sentándose a los pies de un Calvario donde se prometen paraísos y otros bienes celestiales. Dijo el dramaturgo catalán en la hermandad fundada por sus antiguos paisanos que la Semana Santa sevillana es “una representación pura y profunda de la fe”. Nada de parques temáticos e inventos similares que algún que otro político proyectó a orillas del Guadalquivir (esto último ha quedado muy de pregón, o de sevillana de los 80).

Con un poco de misticismo, que nunca viene mal, Boadella destacó el “magnetismo” que se produce entre el público cuando llega un paso. Lo que traducido al sevillano modo significa: “poner los vellos de punta”. Puro teatro de sentimientos. Opiniones que oxigenan las conferencias de las hermandades, donde últimamente proliferan en demasía ciertos periodistas con frustración literaria y aficionados al uso.