Cartas marcadas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 17 de julio de 2011 a las 10:50

Recuerdo la ilusión de la ciudad el día 28 de junio por la mañana y me parece que han pasado veinte años. Rememoro la decepción de esa tarde y no tengo sensación de que hayan transcurrido más de dos días. Paseo por la ciudad, sembrada aún de banderas azules en balcones y ventanas, y me parece que lo que he vivido ha sido una pesadilla de la que acabo de despertar y que el fallo del jurado está aún por llegar. Me siento a trabajar en el despacho y me doy cuenta de que no, de que el sueño quedó atrás y hay que seguir adelante. A escasos metros de mi redacción alguien recibe un sobre sellado en Francia, lo abre y los ojos se le quedan como platos. Corre al despacho contiguo y, casi sin llamar,  le presenta el contenido a su jefe: varios folios y un CD que traen de nuevo a la memoria lo sucedido hace apenas tres semanas. Son las pruebas de un posible amaño, la constatación digital de que alguien del jurado pudo haber trabajado en silencio en favor de quienes nos arrebataron el trabajo de una década. Las alarmas se disparan y en apenas 72 horas, tras recabar los datos necesarios para asentar bien la demanda, el alcalde comparece para denunciar los hechos y exigir una investigación que se anuncia menos de cinco horas después. Toca esperar.

Mientras, una llamada de teléfono advierte de que el informe final del jurado ya está disponible en internet. Son apenas once folios escritos sin florituras ni adornos que vuelven a golpearnos fuerte en la herida aún no restañada. En ellos no hay ni una sola referencia a la convivencia, a la paz, al final de la violencia. Sólo una simple palabra, “excelente”, justifica una decisión que ha afectado a miles de personas. De lo dicho el infausto día 28 en Madrid, ni una mención. San Sebastián, dice el informe, gana por su “excelente” programación cultural frente a la simplemente “buena” que ofrecen los demás. Fin de la historia. Arrecia la polémica.

La Capitalidadha sido un sueño precioso de unidad, de progreso y de futuro. Su espíritu era limpio, alejado de los desencuentros de la triste vida política diaria. Su influencia, maravillosa en una ciudad poco acostumbrada a unirse y caminar de la mano. Hoy,la Capitalidadestá manchada, como la flor de las jóvenes medievales, y los padres de la muchacha exigimos que se nos reponga la honra. No porque no sepamos perder, como dicen en las montañas, ni porque seamos incapaces de asumir la derrota. Simplemente, porque tenemos derecho a saber si hemos perdido en una batalla justa o si nos han hecho trampas con la baraja. Sólo reclamamos justicia, real no poética. Si hemos de asumir la derrota lo haremos, pero tenemos derecho a saber si hemos perdido porque las cartas estaban marcadas.

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