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Sus recortes

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 8 de julio de 2012 a las 10:00

Vaya uno donde vaya en los últimos tiempos, la conversación que se repite con más frecuencia es lo mal que está todo, lo dura que está siendo la crisis y la necesidad de salir adelante a través de acuerdos y decisiones que nos hagan el menor daño posible y nos rescaten cuanto antes. No hay bar, restaurante, tienda, gran superficie, piscina o cola en la que uno no escuche al prójimo quejarse amargamente y maldecir la suerte que nos ha tocado vivir. Eso y señalar a los culpables.

En eso, esta semana, la Audiencia Nacional ha decidido imputar al anterior consejo de Bankia, con Rodrigo Rato a la cabeza, por una retahíla de posibles delitos que se sustancian en que no hicieron lo que debían hacer en el gobierno de su entidad. El mismo día, la Fiscalía de Barcelona ponía el ojo en los directivos de Catalunya Caixa y sus retribuciones y demás cobros. Ser banquero se ha convertido en profesión de riesgo últimamente y parece que hemos encontrado un nuevo chivo en el que expiar las culpas. A raíz de las imputaciones de Bankia, además, hemos vuelto a ver las vergüenzas de nuestros representantes públicos, divididos casi a partes iguales entre considerar prematura la decisión de la Audiencia o defenderla y reclamar que se llegue hasta las profundidades abisales que nos llevaron al presente crack económico. (Que tiemble Felipe II).

Políticos y sindicatos. Sindicatos y políticos. Todos piden responsabilidades al tiempo que dicen que estamos así porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Usted y yo, no ellos, que son unos sufridos trabajadores que sólo miran por nuestro bien y porque no nos ocurra nada malo. Ellos no estuvieron sentados en los consejos de administración de las cajas de ahorros aplaudiendo las decisiones que llenaban de ladrillos y suelos los balances de las entidades; ellos no supieron nunca nada de los créditos dudosos o amistosos que se concedieron por doquier; ellos nunca aplaudieron el incremento desmesurado de la concesión de hipotecas al precio que fuera. No, ellos no estuvieron allí.

Tenemos la mala suerte, no sólo en este santo país, pero como somos de aquí hablaremos de lo nuestro, de ser víctimas de una clase política cuyo principal problema es precisamente ése, ser clase. Nuestros próceres de la patria –ya sea ésta local, provincial, regional o nacional– son unos inocentes servidores públicos que se dedican a bregar con esta crisis empeñados en sacarnos a toda costa. Debemos apretarnos el cinturón, perder pagas, renunciar a derechos y abonar más impuestos. Es cierto, debemos hacerlo. Por responsabilidad. Ellos, a cambio, se comprometen a llenar los escaños del Congreso, pagarse sus viajes, sus móviles, sus ipad, renunciar a las dietas por comisiones y, por supuesto, rebajarse sus paupérrimas nóminas. Incluso están dispuestos a adelgazar los cargos y recuperar el amor a la política como servicio y no como medio de sustento. Se van a aplicar los recortes…. y después se pondrán las mechas. 

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