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Ejemplo olímpico

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 29 de julio de 2012 a las 17:57

CADA cuatro años hay dos semanas en las que hasta el que más aborrece el deporte dedica al menos cinco minutos a verlo. Hay quien sigue las disciplinas que le gustan y ve sus pruebas y hay también quien no se despega de la televisión y amanece viendo natación, come con la hípica y cena con el voley playa. Hay para todos y en todos los gustos y colores encontrará uno a alguien en estas dos semanas con el que intercambiar conversaciones sobre lo entretenido que es el hockey hierba, lo elegante que es la doma clásica y lo plástica que es la natación sincronizada. Son los Juegos Olímpicos, el mayor acontecimiento deportivo del planeta, el único capaz de citar en su interior a los mejores de cada deporte. Es la fiesta del deporte.

En medio de esta ruina que nos fustiga a diario, encontrarse con este despliegue de esfuerzo, gloria, sudor y lágrimas es como alcanzar un oasis después de haber atravesado el Serengueti a pata coja y dándole lametones a las dunas. Y lo es por varios motivos. Está el obvio del orgullo patrio, el que nos pone una sonrisa en el rostro cada vez que uno de los nuestros se corona como ídolo mundial. Ya lo haga como campeón o como simple diploma olímpico en tiro con pistola de aire comprimido desde diez metros -apasionante para la siesta, por cierto-. Lo es porque si perdemos ante un fuera de serie mundial o ante alguien que ha realizado una prueba ejemplar somos capaces de reconocerle el mérito y olvidarnos de atavismos que enfangan otro tipo de competiciones. Lo es porque vemos correr lento o nadar peor a deportistas de países desolados y somos capaces de conmovernos y reconocer en ellos el esfuerzo, la superación y el amor a un ideal.

Porque las Olimpiadas son lo que son, sobre todo, porque nos trasladan el mensaje de que con esfuerzo, dedicación, capacidad de sufrimiento y amor propio se puede luchar por lo que se quiera. En tiempos como los actuales, en los que hay días en los que sería mejor no levantarse y semanas que deseamos que acaben nada más comenzar, el mensaje que nos traslada el olimpismo es el de que no hay nada imposible si creemos con fuerza en nuestras posibilidades. Es el momento en el que vemos que lo importante es no dejar caer nunca los brazos, es el instante en el que el compañerismo del que corre al lado nos enseña que valores como la solidaridad, el compañerismo y la ayuda al prójimo no pertenecen al pasado. Éste es el mensaje olímpico, el que nos dice que vayamos más lejos, más alto, más fuerte. El que nos dice que nada es imposible. El que nos demuestra que somos capaces de todo. El que, lamentablemente, nos hace ver que estamos dirigidos por individuos que no saben lo que es el deporte. Disfrutemos ahora, después ya habrá tiempo de penar.

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