No tengo palabras

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 2 de septiembre de 2012 a las 9:14

Hay artículos que uno jamás querría escribir. Ocasiones en las que el ejercicio del periodismo se convierte en un reto especial por la magnitud de los hechos sobre los que uno está obligado a hablar. La más que probable demostración de que dos niños de 6 y 2 años pudieran arder en un crematorio casero a unos 800 grados centígrados es una de ellas. Expresar las sensaciones que le recorren a uno el cuerpo cuando asiste durante diez meses a la lucha de una familia por no enfrentarse a la abyección extrema del ser humano le mueve a uno inconscientemente a pensar insultos, frases duras y condenas nada legales contra el ser –es difícil decir humano– que un día decide llevarse por delante la vida de sus hijos de esta manera. Dos niños de 6 y 2 años, la misma edad que tenían mis hijos cuando Ruth y José se perdieron para siempre en las sombras d de la  ignominia.

Estos días me ha venido a la memoria una de las primeras labores que me tocó realizar en mis inicios profesionales. Fue la edición de la sentencia contra los asesinos de las niñas de Alcáser. Nunca se me ha olvidado la náusea que me recorrió el cuerpo al leer las aberraciones que unos salvajes cometieron sobre esas indefensas jóvenes. Recuerdo que estuve a punto de vomitar, conmovido por los hechos y porque la juventud aún no me había conducido a esa especie de callo emocional que esta profesión nos hace crecer alrededor de los sentimientos con el paso de los años. El mismo callo que esta sociedad tiene tras tantas noticias demoledoras en casos como el de Marta, Mariluz, Maddie, Yéremi o, ahora, Ruth y José. El ser humano es capaz de acostumbrarse a todo. Nos conmovemos, pero cada vez nos sorprendemos menos.

En estos días en los que las llamadas al periódico me daban noticia de nuevas y terribles revelaciones mientras disfrutaba (con perdón) del fin de las vacaciones con mis hijos ha habido tiempo para reflexionar sobre esta barbarie. Para comprobar que uno es incapaz ni por un segundo de comprender qué puede mover a una persona a semejante animalada; que no es posible entender qué recorre una mente en ese momento. Tampoco es posible, por mucho que lo diga nadie, imaginar qué siente Ruth Ortiz ahora, qué sensación de abismo interior debe padecer esa madre, cómo le es posible levantarse cada mañana. Una vez escribí aquí que un padre jamás debe sobrevivir a sus hijos; hoy lo creo más que nunca. Es por eso que no creo que éste sea momento ni lugar para hablar de condenas, culpabilidades ni causalidades. Creo que éste es el momento del silencio, de la reflexión, de intentar trasladar un hálito de esperanza a un corazón vacío. Descansen en paz Ruth y José. Y descanse también, si es posible, su madre. No tengo palabras.

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