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Diálogo de sordos

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 18 de noviembre de 2012 a las 10:45

No hice huelga el miércoles. Dos motivos me llevaron a ello. El primero, pese a lamentar los recortes del Gobierno, que no estoy de acuerdo con las tesis de sindicatos ni partidos de la oposición. El segundo, que creo que la labor de un periodista es informar de lo ocurrido el miércoles. Es como si en una guerra uno cogiera el fusil y soltara la pluma. A cada uno su función: unos denunciar y otros contar lo que se denuncia. No fui el único que pensó así.

Si hay un mensaje que quedó claro el miércoles es que este país, sus trabajadores, pasan de ir a la huelga tanto como de seguir los postulados del Gobierno. Les guste a los sindicatos o no, el paro fue muy cortito. Tuvo incidencia en el primer turno de la industria –lamentablemente escasa en Córdoba–, pero no había más que darse una vuelta por la calle a mediodía para ver que los comercios o bares vivieron su día con absoluta normalidad. Es más, cabría decir que hubo más huelga de consumo que de la otra, quizás porque el personal no quiere salir a la calle en días como esos por temor a que los piquetes informativos les informen la cara. Así que de medianoche a las ocho hubo huelga y luego poca cosa. Que hasta el propio Rafael Rodríguez pidió la final de la manifestación a los suyos que no se fueran de cañas y mantuvieran la presión hasta medianoche. Agua.

Manifestación sí hubo, y mucha. Miles de personas, decenas de miles, salieron a la calle a denunciar lo que se considera ya una política abusiva por parte del Gobierno. A gritar en voz alta que la reforma laboral es un abuso, que el recorte a la sanidad es indecente y que corremos el riesgo de volver al pizarrín en materia educativa. Allí estuvieron juntos jóvenes y viejos, empleados y parados, madres e hijas. Todos hartos de que el Ejecutivo dicte medidas que machacan a las clases trabajadoras y eludan apretar allí donde más hay –en los fraudes de grandes corporaciones y fortunas–. Fue bonito, democrático y pacífico.

Sin embargo, después del miércoles no parece que nadie haya sacado conclusiones. El PSOE sigue haciendo el ridículo, apoyando una huelga que nace de la modificación de la Constituciónque aprobó el último zapaterismo. Los sindicatos aún no se han dado cuenta de que ellos representan a los trabajadores –empleados y desempleados– y no a los partidos. Miren el rechazo de CSIF o ANPE al paro y verán algo de coherencia. Y el Gobierno sigue a lo suyo. Como los monos, ni ve, ni oye, ni habla. Bueno sí habla, para decir que no se mueve y que los centenares de miles de españoles que se manifestaron no saben lo que quieren.

Y usted y yo seguimos cada vez más hartos y menos representados. Testigos impotentes de un diálogo de sordos de unos aprendices de brujo. Pena de país.

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