Víctimas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 27 de octubre de 2013 a las 10:30

En la lucha contra ETA siempre han perdido los mismos: las víctimas. Y lo han hecho en innumerables ocasiones. La primera vez, cuando recibieron la llamada para saber que su familiar había muerto. La segunda, cuando tuvieron que andar mendigando por despachos las ayudas que en justicia les correspondían. La tercera, cada vez que veían en la tele o leían en los periódicos que los amigos de los de las pistolas utilizaban el sistema al que asesinaban como medio para tener voz democrática. La cuarta, cuando se convirtieron en instrumento electoral en manos de unos y otros. La quinta… La última, este pasado lunes, cuando un tribunal de derechos humanos ha otorgado a las bestias que asesinaron a los suyos la consideración que a ellos les arrancaron sin misericordia un día de infausto recuerdo.

En el terrorismo sólo las víctimas pierden y sólo ellas saben, cuando pasan los años y las aguas se apaciguan, cómo es el dolor de la ausencia y el vacío de la soledad. De eso no saben en Estrasburgo, ni deben saberlo. El fallo de esta semana es jurídicamente impecable por mucho que nos duela. Tan impecable como previsible, por mucho que el PP haga hoy el paripé y marche en Madrid junto a quienes deben caminar arropados siempre por todos los que tenemos corazón. Porque la doctrina Parot, tengámoslo claro, no nació para amparar a las víctimas sino porque en un momento dado, cuando ETA daba boqueadas asfixiada por el acoso policial, el asco ciudadano y el rechazo internacional, se vio que condenar a los más sangrientos de la banda a pudrirse en la cárcel unos años más era bueno para lograr que los asesinos  rindiera sus armas. Por eso nació esta doctrina, aunque luego se haya camuflado con discursos diferentes y palabras rimbombantes. Y por eso mismo ha caído, porque ETA está vencida y la dureza de hace unos años ya no es necesaria ahora. Así de claro. Quienes articularon esta ingeniería jurídica lo sabían; sabían que parían algo con fecha de caducidad. Pero entonces interesaba hacerlo y ahora interesa dejarlo caer. Aunque sea inmoral, aunque nos parta el alma. Precisamente porque es legal y eso es lo que nos diferencia de las bestias.

Hoy salen las víctimas a la calle a gritar su desesperación y su rabia. Y lo hacen con todo el sentido. Las víctimas de 40 años de salvajismo, pero especialmente las de los primeros años, las de los 70 y 80. Las víctimas que se revuelven hoy al ver salir de la cárcel a los asesinos de los años de plomo. Aquellos que les robaron la vida en una época en la que poco o nada se hacía en favor de quienes sufrían el golpe terrorista. Aquellas familias en las que el golpe etarra era una estigma social porque aún había quien decía que algo habrían hecho los caían víctimas de las balas y las bombas. Esas víctimas a las que hasta principios de los 90 no se les dio el trato que merecían. Ésas que han tardado casi 40 años en tener un estatuto especial. Ésas que son víctimas además de los complejos de un Estado al que le sonroja obligar a los animales a cumplir el máximo de sus penas; víctimas de los complejos de unos políticos miopes y acobardados. Son las víctimas de un país y merecen respeto, reconocimiento y admiración. Y menos palabras huecas.

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