Es el turismo

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 20 de abril de 2014 a las 9:50

Salvo que haya vivido en otro planeta o haya estado de vacaciones toda la semana –de lo que no diré lo que me parece– si usted ha estado en Córdoba en la semana que hoy se cierra habrá podido comprobar de primera mano cuál es la primera industria de esta ciudad y cuál debe ser el camino para salir de la crisis. Porque, salvo que usted haya caminado con orejeras y no haya ido al kiosco ni por error –sobre estos prefiero no hablar– se habrá percatado de los miles y miles de cordobeses y turistas que del Sábado de Pasión hasta hoy mismo, Domingo de Resurrección, han tomado nuestras calles, plazas y avenidas para disfrutar de una Semana Santa que ha sido espléndida. Esta es la realidad, que seguro que habrá comprobado si alguno de estos días ha tenido la peregrina idea de dejarse a caer a cenar en algún sitio sin reserva previa. Lleno. Todo lleno. Llenísimo hasta reventar.

Después de varios años en los que la meteorología se empeñó en profundizar en los efectos del agujero económico, este año hemos tenido la suerte de disfrutar de una de esas escasas semanas primaverales que ofrece la ciudad, con sus días largos y sus noches templaditas y agradables. Un lujo al alcance sólo de los pocos que vivimos aquí y de los iniciados –cada vez más– que tienen la buena idea de dejarse caer por aquí cuando los capirotes anuncian tiempo de procesiones. Córdoba ha sido un lujo estos días y sólo quien no quiera verlo podrá ponerle pegas.

Ahora llega el tiempo de hacer balance, de aprender de lo que se ha hecho bien y de hacer propósito de enmienda de aquello que estuvo algo peor. Porque bien han estado los bares, que por fin parecen haber captado que los precios también pueden bajar; los hoteles, aunque a estos lo de las tarifas les cuesta más; los vendedores de pipas, bocadillos y latas; los de los tambores de juguete y los globos de helio… Algo peor hemos estado los comedores compulsivos de pipas en época procesional, los enemigos de las papeleras, los cenizos, los que en las bullas se ofenden e insultan como si fueran propietarios de las calles, los camareros impertinentes, los golfos que se van sin pagar y algún que otro taxista empeñado en mantener la mala fama del colectivo. (Menos mal que por ahí hay sangre joven que funciona de otra manera).

Y dicho esto, uno se pregunta a qué viene tanta pelea de centro de recepción de visitantes, tanta bronca de aeropuerto y tanto rifirrafe a costa de la gallina de los huevos de oro. Porque admito que cada día entiendo menos a todos esos que andan permanentemente a la gresca en Córdoba en supuesta defensa del turismo y sus posibilidades. Son como ese bombero que camina hacia el incendio pidiendo a todos que salgan de la casa mientras porta en la mano un bidón de gasolina y un mechero. En el turismo de Córdoba quedan muchas cosas –casi todas– por hacer, pero esas cosas las deben hacer los empresarios y quienes se juegan los cuartos. Los demás debemos estar en los nuestro. Los políticos, en promocionar mucho y molestar poco y los ciudadanos, en viajar mucho y consumir más. Y lo demás es filfa.

 

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