En otra galaxia

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 18 de mayo de 2014 a las 10:49

EL pasado jueves por la noche vi el debate de los candidatos de los dos principales partidos a las elecciones Europeas. Sí, de verdad, aunque no se lo crea lo hice. No sé si por obligación o por cierta tendencia al masoquismo, pero ahí que me planté ante la tele la horita y pico que duró la cosa. Porque fue una cosa. Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano nos ofrecieron una hora de monólogos insulsos, carentes de ideas, basados en hechos sesgados, con la mirada puesta en el pasado y sin una sola propuesta en condiciones de lo que pretenden hacer ambos para mejorar este pequeño solar en el que habitamos. En resumen y tras un sesudo análisis al que dediqué cinco segundos puedo decir que aquello me pareció auténticamente un coñazo, un acto absolutamente prescindible y la demostración de que los partidos viven en este país al margen de la realidad.
DEBATE CAÑETE - VALENCIANONo es la primera vez que desde aquí insistimos en que quizás nos iría algo mejor si nuestros políticos, en lugar de vivir en la corte rodeados de estirachaquetas, vivieran un poco la realidad que palpamos los demás a diario. No estaría mal que a Cañete y Valenciano, y a otros muchos, los pasearan por una oficina, un mercado, una redacción, un colegio o un hospital camuflados para que supieran lo que realmente está pasando. Como esos programas de la tele en los que el jefe se disfraza para saber mejor qué es lo que pasa dentro de su empresa y se da cuenta de que sus trabajadores echan más horas de las que deben, se escaquean o cobran poco. No estaría mal un reality de este tipo, pero sin cámaras, que ya sabemos cómo se ponen nuestros próceres cuando ven un foco.
Lo mismo en Europa que en España, igual en Andalucía que en Córdoba. Vestir de hombre o mujer normal a quienes mandan para que sepan que cuesta la vida ser autónomo y ganar lo suficiente para vivir y cubrir los excesivos impuestos; o para que conozcan la carga laboral de nuestros médicos a los que se contrata al 75% para que trabajen al 120%; o para que pasen por casa de un albañil y le escuchen lamentarse por la de tiempo que hace que no coge un palaústre, o para que escuchen en el bar la opinión que les merece a los parroquianos oir hablar en esta ciudad de Rem Koolhaas.
Vivimos en realidades paralelas, en líneas que nunca se cruzan y que además van camino de convertirse en divergentes. Si lo que debemos esperar de nuestros representantes en Europa es lo que vimos en el debate del jueves, lo que se escucha a diario en mítines y entrevistas o lo que se propone de vez en cuando mal, muy mal, vamos. Y no es una cuestión de colores políticos, ni siquiera de competencias personales, es simplemente una cuestión de que quienes supuestamenhte nos gobiernan están cada día más alejados de nuestra vida. Porque pensar que tras esta demoledora crisis los ciudadanos se van a seguir tragando los argumentos y las formas de actuar de siempre es creer que aún nos chupamos el dedo. Urge una reforma mental de los partidos, una nueva forma de comportarse y una bajada a la realidad. De lo contrario, la más que previsible abstención del próximo domingo se va a convertir en norma. Y eso es muy peligroso.

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