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Gracias a la afición

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 22 de junio de 2014 a las 13:05

A las siete y media de la mañana de ayer un grupo de irreductibles -aficionados para unos, majaretas para otros- se concentraba a las puertas del estadio de El Arcángel para despedir a la plantilla del Córdoba Club de Fútbol en su viaje hacia la ilusión de Las Palmas. No eran muchos, pero cantaban y coreaban a sus ídolos como los 20.000 que el pasado jueves dieron una lección de cordobesismo en las gradas del coliseo ribereño. Ilusionados como un niño en la mañana de Reyes y esperanzados, allí que acudieron para trasladar a los suyos que no estarán solos esta tarde cuando salten al terreno de juego del Insular. Junto a ellos, junto a los 11 valientes que hoy nos harán soñar, estará el empuje y el impulso de toda una ciudad que sueña, como dice el cántico fervoroso, con volver a Primera División 42 años después. Más de cuatro décadas, toda una vida, para volver a encontrarnos a las puertas de la gloria futbolística. Qué pasada, que ocasión para que la ciudad recupere el lugar que no debió perder hace tanto tiempo. Qué gran metáfora de lo que debe ser nuestro afán.

Porque lo que hoy se juegan los blanquiverdes en Canarias es más que un ascenso. Es la capacidad para devolver la ilusión a una ciudad que durante mucho tiempo ha vivido de espaldas a su club, como ha vivido de espaldas a tantas cosas que la podrían haber catapultado hacia adelante y que al final quedaron en el olvido o fueron sepultadas por rémoras, lastres, complejos, compadreos o, directamente, incapacidades. El CCF de hoy es la perfecta escenificación de que si se cree firmemente en algo, si se comparte un objetivo, todo se puede conseguir. Nadie lo habría dicho hace tres meses cuando un catalán de fama internacional en esto de la pelota, Albert Ferrer, aterrizó en la ciudad para recoger las cenizas de un equipo hundido, sin autoestima, víctima de sus propios miedos y de la gestión desastrosa en los despachos. Pero eso ya es pasado y lo que toca ahora es mirar hacia adelante, soñar con la gloria y pensar en un futuro mejor, más bonito y de la calidad que esta ciudad atesora.

Hoy el Córdoba, y con él Córdoba, se juega la vida a cara o cruz en territorio enemigo, a unos miles de kilómetros de los suyos, en una isla apartada y rodeados de un ambiente hostil. Si logra el ascenso, si consigue tocar el cielo en Las Tendillas, serán decenas de miles los cordobeses que saldrán a la calle, que vitorearán a los suyos, que harán colas después para abonarse, que disfrutarán domingo a domingo del regreso a un lugar reservado para los más grandes. Y Córdoba saldrá ganando, saldrán ganando sus hoteles, saldrán ganando sus tabernas y restaurantes, saldremos ganando los periódicos, las radios y las televisiones y, sobre todo, saldrán ganando esos fieles que nunca han abandonado a su equipo. Esos seis u ocho mil que nunca han abandonado las gradas por mal que lo hiciera el equipo o los tratasen desde los despachos. Hoy es el día de esos locos del blanco y el verde, hoy les toca tocar el cielo y por eso hoy hay que agradecerles que siempre estuvieran allí. Sin perder la fe, sin ceder ante nada ni ante nadie. Gracias a todos ellos. Gracias a la afición. ¡Volveremos!

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