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Rajoy el triste

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 14 de diciembre de 2014 a las 12:14

“En muchos aspectos la crisis ya es historia. (…) La recuperación se vive en los mostradores de los pequeños negocios, en los pedidos de los proveedores, en las barras de las cafeterías, en las mesas de los restaurantes, en las nóminas de muchos españoles y en el interior de sus hogares. (…) Estas serán las primeras navidades de la recuperación”. Esto dijo Mariano Rajoy el jueves ante un aforo de empresarios. El presidente del Gobierno, con esa tendencia que tiene a convertir en plomizo y aburrido todo discurso que pronuncia, dio por finiquitado este desastre y auguró un futuro de esperanza, sol y buen tiempo. Sin pestañear, sin inmutarse, el gallego que manda en La Moncloa transmitió sus buenas sensaciones con la misma falta de sintonía con la humanidad con la que transmitía las malas. Estuvo lejos de la vehemencia de Zapatero al anunciar los brotes verdes o de ese tono catecumenal de nuestra Susana cuando quiere explicar que todos los males de Andalucía se gestan Despeñaperros arriba. Así es Rajoy, triste y aburrido como el orballo de su tierra. Dicen las malas lenguas que hubo una vez que sonrió; yo no me lo creo mucho.

Rajoy ha dicho que la crisis se ha terminado y al escuchar esto uno se pregunta en qué tipo de realidad vive este hombre. Es cierto que hay pequeños síntomas de que la cosa va un poquito mejor, igual que parece que en estas fiestas vamos a soltar algo más la cartera que en años anteriores. Pero decir que la crisis se ha terminado con casi cinco millones de parados en el Inem, con la inflación en negativo, con los sueldos –quien los haya conservado– tiritando por los ajustes empresariales y con decenas de miles de personas dependiendo de la solidaridad de los demás en estos fríos días, me parece una obscenidad. El presidente del Gobierno debería tener presente que cuando manda sus mensajes no lo hace sólo a los miembros del Íbex 35 o a los grandes gurús bursátiles, sino que hay 45 millones de españolitos de a pie que andan pendientes de saber lo que dice. Y lo que dijo, al ciudadano medio, a la familia trabajadora, al que vive de las peonadas del campo o al que vende pañuelos en los semáforos, se le antoja muy lejano.

El Gobierno de Rajoy se ha caracterizado estos tres años por su distancia de la realidad. O, mejor dicho, por su frialdad a la hora de afrontar la dureza de la crisis. A un presidente del Gobierno se le exige, además de que haga bien las cosas –y algunas se han hecho bien para que haya indicadores en positivos ahora–, que sea capaz de conectar con el estado de ánimo de sus conciudadanos. Hay que hacer posible que quienes padecen los recortes, el paro o las rebajas salariales se sientan mínimamente arropados por quienes están llamados a sacarlos del hoyo. Y eso no ha pasado ni con Rajoy ni con ninguno de los suyos. Más bien al contrario, más de un ministro ha dado muestras de una frialdad casi despreciativa cuando se le preguntaba por la situación y las perspectivas de futuro. No es que haya que ir de optimistas patológicos, que para eso ya tuvimos a ZP, pero sí que hay que exigir algo de empatía. Que el jueves parecía Rajoy el mismo Carlos Arias Navarro cuando dijo aquello de “españoles, Franco ha muerto”. No me sea más triste presidente. Que sonreír es gratis.

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