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Lecciones del ébola

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 26 de octubre de 2014 a las 14:05

Barack Obama recibe en el despacho Oval de la Casa Blanca a Nina Pham apenas unas horas después de que esta reciba el alta hospitalaria. La enfermera de 26 años ha superado el ébola, que le fue diagnosticado el 13 de octubre -sólo nueve días antes-, y sonríe emocionada al ser estrechada en los brazos del hombre más poderoso del mundo. Otra enfermera, Amber Vinson, espera su turno de salir del centro hospitalario en el que está ingresada para hacer, previsiblemente, la misma visita. Ambas sanitarias trataron a Thomas Eric Duncan, el primer fallecido en EEUU por el maldito virus. Mientras esto ocurre, el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, llama a la calma y la tranquilidad tras detectarse el primer caso de contagio en la Gran Manzana. Se trata de Craig Spencer, un doctor de 33 años de Médicos sin Fronteras que acaba de volver de Guinea. Mensaje claro: nada de miedo, nada de pánico, estamos preparados. Igual que aquí.

Teresa Romero ha superado esta semana el ébola en el hospital Carlos III de Madrid. Un equipo médico de talla mundial, nacido, criado y formado aquí, ha logrado salvarle la vida y comparece ufano para dar la buena nueva. Cuando terminan de hablar los periodistas irrumpen en una ovación que expresa a las claras la sensación de tranquilidad que deja esta curación. Los médicos, los técnicos, demuestran lo preparado que está este país para todo y afrontan el día a día del virus con seriedad, rigor y profesionalidad. Tres palabras que sólo a ellos pueden aplicarse. Los demás, para matarnos.

La primera, la ministra Mato: imagen perfecta de un Gobierno en el que mandan dos y que se ve superado cada vez que hay una crisis. Hasta la aparición de superSoraya, nada de nada. Inseguridad, silencios, declaraciones desafortunadas de cargos públicos y un lío de mil demonios. Luego, la comisión técnica y a otra cosa. La oposición tampoco se escapa, aunque a sus gruñidos de los primeros días sucedió una llamada a la responsabilidad que es muy de agradecer. No todo es culpa de la política, hay males que no tienen que ver con las urnas.

Después estamos los medios, que cada vez que ocurren estas cosas nos volvemos locos -aunque cada cual por su lado-. En este mes hemos visto de todo: mucha basura y alguna excepción. En ocasiones, casi pornografía informativa y algún que otro patón que ha matado e incinerado a la enfermera. No aprendemos, sobre todo algunos a los que cualquier cosa les vale para montar un circo.

Y, por último, la sociedad. El pánico lógico que provocan estas cosas ha sacado lo peor de cada casa. Hemos visto a personas pegarse con la Policía por salvar a un perro, mientras se venía a decir que los dos misioneros españoles no tenían que haber vuelto y debían haber muerto como perros en África. Los mismos que claman por los saltos de la valla de Melilla casi han pedido el cierre de fronteras a la negritud por miedo al virus. Solidaridad de boquilla.

Este país no aprende. La naturaleza manda, los virus se transmiten y en África se muere por cualquier cosa. La vida manda y es así de dura. Ojalá hayamos aprendido algo.

Copago inhumano

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 29 de septiembre de 2013 a las 11:05

Con nocturnidad y alevosía, el Ministerio de Sanidad se ha sacado de la manga una nueva orden en la que establece el copago sanitario para algunos medicamentos dispensados en las farmacias de los hospitales para el tratamiento de algunas enfermedades graves y crónicas. Casi sin que nadie se enterase y sin consultar con las comunidades autónomas, el departamento que dirige la nunca bien ponderada Ana Mato ha establecido que haya que soltar 4,13 euros para hacerse con determinadas medicinas indicadas para diversos tipos de cáncer de mama, hepatitis C, tumores cerebrales o artritis, por ejemplo. Todo ello por mor del tan cacareado plan de ahorro y eficiencia sanitaria que impulsa el Gobierno de Rajoy. La medida, por supuesto, no ha tardado en levantar ampollas y en encontrarse de frente con la determinada oposición de profesionales sanitarios , políticos  y, sobre todo, pacientes. De hecho, la Junta ha anunciado, y con razón, que no piensa aplicar una medida tan controvertida y carente de corazón.

Porque si hay algo que puede decirse de esta decisión del Ejecutivo central es que carece de corazón. Cierto es que en las cosas del gobierno hay que pensar más con la cabeza que con el órgano motor, pero no lo es menos que obligar a pasar por caja a quien afronta un trance de esas características es realmente impresentable. Porque imagínese usted la imagen: va usted al médico, que le dice que tiene una de estas enfermedades, que va a luchar con todas sus fuerzas por salvarle o por mitigar su dolor y le manda a por las medicinas que le van a ayudar a sobrevivir. Usted llega a la farmacia y cuando lo tiene todo le dicen “son 4,13”. Increíble.

Que Ana Mato es una ministra cuya mejor contribución al Gobierno sería la dimisión es algo que todos sabemos desde que conocimos lo caro que le sale el confeti para los cumpleaños familiares, pero lo que somos incapaces de entender es cómo su jefe no la ha puesto ya de patitas en la calle. Esta buena mujer, que se gasta 1.200 euros en una entrada para ver a Nadal en el US Open, pretende ahora que personas que atraviesan por durísimos momentos paguen de sus bolsillos parte de los tratamientos que deben salvarles la vida. Eso es completamente inmoral y roza el sadismo.

Cierto es que en este país hay un exceso de gasto farmacéutico y que la cultura sanitaria deja mucho que desear, pero de ahí a castigar a quienes sufren va un trecho. La sanidad es un derecho humano, un bien público y preciado al que no hay que ponerle precio porque hacerlo es superar absolutamente todos los límites. Cobrarle a una persona que ve la muerte o el dolor a la vuelta de la esquina no puede plantearlo más que quien carece de ningún tipo de entraña ni trato con la realidad. Cobrar por seguir vivo es vomitivo. Claro que quien lo propone se gastó más de 4.000 euros en una fiesta de cumpleaños y todavía sigue en su cargo. Una vergüenza. Una indignidad.